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Yo te pago, tú me pegas

 

La imagen de la “Marca España” estos días es la nueva carga de los mamelucos: policías pegando a ciudadanos que ejercían su derecho constitucional a la libertad de expresión. Al margen de la presencia en esas manifestaciones de infiltrados, agentes provocadores, membrillos o simples descerebrados del cuanto peor mejor, ese es  “el cartel” que ha llenado las primeras páginas de la prensa internacional y abierto muchos informativos de las televisiones. Pero dicha instantánea tiene también una lectura en clave de contrato social(...)

Rafael Cid


Esta: los contribuyentes que pagan a la policía para que garanticen sus derechos y libertades apaleados por esos mismos funcionarios sin miramientos. Pagamos a los que nos pegan.

Más allá del juego de palabras, la metáfora da en la diana del nuevo paradigma, el de unas instituciones y unos representantes que “no nos representan”, un sistema que “llaman democracia y no lo es”, y un Congreso que se blinda con vallas y anti-disturbios (agentes de la Unidad Policial de Intervención) para repeler al pueblo. El mismo pueblo en el que, según proclama la vigente Constitución, reside “la soberanía nacional, del que emanan todos los poderes del Estado” (Art. 2). Otra versión del te pago para que me pegues. La comparación no es baladí. Refleja la usurpación de la política por los profesionales (mercaderes) de la política, los políticos de escalafón, Y ello gracias al cheque en blanco de las elecciones convertidas por doctrina de la casta dominante en la expresión casi exclusiva y excluyente de la democracia. Usurpación, robo, expolio, saqueo, pongamos los calificativos “al dente” que queramos, el significado no cambia. Se trata de una subversión venal de la identidad democrática. Su epicentro más sonoro, aunque no el único, está en ese rutinario incumplimiento de los programas de los partidos, a derecha e izquierda, cuando alcanzan el ansiado poder...¡por nuestro propio bien! El despotismo ilustrado resulta un pobre infeliz ante estos modernos matapobres que con tanto desvelo nos gobiernan.

Pero hay un método en su locura: lo quieren todo. Humillarnos y que les queramos. Otra vez pago para que me pegues. Aunque no es un invento patrio, por más que entre nosotros tenga el rostro rancio y casposo que caracteriza a la oligárquía hispana. Está en la lógica de la última dominación económica-financiera. La crisis que estamos sufragando las víctimas es otro ejemplo del mismo siniestro contrato anti-social realmente existente. Una especie de nueva “devotio ibérica”, pero sin muerte del jefe en vanguardia, al grito de “todo por la patria”. Como si se tratara de bombas de neutrones, respetan físicamente a las personas pero las desvalijan y someten...¡por su propio bien! Claro que presidiéndolo todo emerge el argumento de necesidad de la cesión de soberanía a instancias extraterritoriales (FMI,BM,BCE,UE; ahí si que rige lo de “quien paga manda”, por eso quieren hacernos deudores-rehenes de por vida) para lograr esa prometida prosperidad de los mercados globalizados. El porvenir siempre por venir. Injusticia preventiva hoy a cambio de libertad duradera en el futuro. Pago para que me pegues.

El Estado taumaturgo

Desde que en aquella Atenas clásica, los ciudadanos corrientes se autodeterminaron inventando la política que llamaron democracia, con todas sus imperfecciones y limitaciones, la especie ha ido degenerando. Ciudad-Estado primero. Luego Estado-Nación con la burguesía centralista. Y ahora Estado-Corporación con la globalización de los negocios, que es la etapa funeral a que conduce fidelizarnos con el Estado taumaturgo que canibaliza a las personas. La deriva antihumanista es clara. Al principio la ciudad (polis) es el sustantivo y el Estado su agregado. Más tarde, al despuntar la economía fabril y con ella la juridización de la propiedad privada y la irrupción de la burocracia, el concepto Estado pasa a primer término, se hace statu quo. Por supuesto, siempre enfundado en su condición de Estado de Derecho y tan presto a conculcar las libertades de la mayoría social más humilde como a blindar el reverenciado don de la propiedad de la minoría. El resultado es la suplantación del pueblo como entidad performativa por la docil masa, creando la ficción de que lo público es lo común-social, cuando en realidad lo público es ya un atributo del Estado gracias a la irresponsable delegación de esas mismas masas que son la voz de su amo. La legalidad mortificando a la legitimidad. Ante tan poderoso señor estamos que el mismo “enviado de Dios”, el Papa, atesora su propio Estado del Vaticano para manejar sus altos intereses en la Tierra.

Todo conduce al mismo sumidero. El ser humano, aquel hombre destinado a ser la medida de todas las cosas, y su hábitat social sostenible, ceden ante la irrupción de un Estado Leviatán cada vez más elitista, privado, jerarquizado, depredador, patriarcal y autoritario. No es verdad que en las sociedades modernas, con todo su arsenal de innovaciones tecnológicas y de consumo, en sus radiantes economías de escala, no sirvan aquellos modelos de democracia de proximidad de referencia. La realidad indica lo contrario. Ahí están, con todas sus diferencias y limitaciones, los casos de la pequeña y dinámica Islandia, superando la crisis económica por acción directa del pueblo contra la mafia bancaria y sus aliados gubernamentales, y la próspera Suiza, cantonal y confederal, con sus órganos de democracia participativa y autogobierno, como el referéndum y la inciativa constitucional. Dos ejermplos de como la democracia se construye de abajo-arrriba y la servidumbre voluntaria a la inversa.

A medida que se aumenta el volumen del artefacto Estado, con su inevitable correlato de concentración política y económica, la democracia mengua y se envilece. El ya insalvable abismo entre gobernantes y gobernados, representantes y representados, dirigentes y dirigidos, opinión pública y opinión publicada, pueblo y masa, que nuestras actuales democracias globales de consenso soportan indica que la virtud está justo en lo contrario. Lo local federado, la polis vivida y compartida, la democracia directa o cercana, en suma, eso que hoy se llama sin demasiado aprecio “principio de subsidiaridad” llevado a sus últimas consecuencias, eso tan escaso y con tan “mala prensa” es la única garantía de genuina democracia, El gobierno del pueblo, no el de sus empleados. Lástima que la izquierda que sobrevivió a su totalitarismo siga reclamando más Estado (Hegel inspiró a tirios y troyanos), para solaz de los nuevos inquisidores. Alguna reflexión al respecto debería producir a estos nostálgicos de la centralización paternalista, el hecho constatable de que la crisis se esté resolviendo a favor del Capital porque los neoliberales han recurrido al proteccionismo estatal para superar la coyuntura.

Reiniciar la demo-cracia no sólo es posible sino urgente y necesario. Una democracia no raptada por caudillos, famosos, ricos de cuna, sabiondos, profetas, charlatanes, celebridades o personajes providenciales. Una democracia de la gente de la calle, entre libres e iguales, en la que nadie sea más a costa de que otros sean exponencialmente menos. Una democracia que no haya sido previamente jibarizada. Donde el 1 por 100 de la población acapara el 40 por 100.

Para conseguir una ruptura democrática que dé paso a un proceso constituyente necesitamos una nueva mentalidad, y eso a su vez exige desmontar algunos mitos y trolas políticas que limitan nuestro entendimiento y nos atan a la cultura dominante (que es la de los que dominan). Por ejemplo, la gran superstición de la legitimidad de la “representación”, en una relación en la que el representado se convierte en cobaya del representante. Y otras, como la trágala del referéndum no vinculante (tan de moda ahora como munición del Poder ante las justas reclamaciones de autodeterminación), cuando precisamente la ”sagrada Constitución” con que se coronó la “modélica transición” se rubricó con una referéndum (vinculante porque todo estaba atado y bien atado para que saliera lo que sus promotores deseaban). Hecha la ley (una Constitución aprobada en referéndum), hecha la trampa (la misma Constitución que impide el referéndum para derogarla).Una vez más: “pago para que me pegues”.

Somos antisistema porque el sistema es antinosotros.

Somos el 99 por 100.

¡Si se puede!

Rafael Cid

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