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Partidos, kaput

 

Artículo de opinión de Rafael Cid

Rafael Cid


“Que el fracaso no se te suba a la cabeza”

(Pintada callejera)

El canto del cisne del bipartidismo yin-yang. Esa es la conclusión sumaria de las últimas elecciones celebradas  en Francia. La primera vuelta de las presidenciales ha puesto fuera de juego a republicanos y socialistas (R.I.P.). Los dos actores hegemónicos de la alternancia en el poder no han superado la prueba de fuerza. Los ciudadanos han preferido opciones sin pasado de gobierno en su haber. Lo que hasta hace pocos años era un influyente activo, administrar el poder, se ha convertido en un lastre. Marine Le Pen, por el ultranacionalista Frente Nacional, y Emmanuel Macron, por el neoliberal En Marcha, serán quienes se disputen la titularidad del Estado. Un descalabro histórico que permite hablar por primera vez en esta década de auténtico declive de la democracia representativa. Y no tanto por el huevo como por el fuero.

Primero porque el vuelco ha sido completo y radical. No parcial, como en España, donde PSOE y PP, aunque muy disminuidos, siguen ocupando posiciones dominantes. Hasta el punto de que el partido socialista, en el poder en el país vecino, ha alcanzado la insignificancia en esos comicios. Y en segundo lugar, y lo que es más decisivo, porque lo ocurrido en el hexágono galo confirma tendencia: la creciente irrelevancia de la institución “partido” como  “instrumento fundamental para la participación política” (art. 4 C.E.). Tanto En Marcha, de Macron, como Francia Insumisa,  de Jean-Luc Mélenchon, la gran revelación de aquella jornada, son movimientos sociales y coaliciones improvisadas, no grandes partidos con pedigrí histórico. La honda del pequeño David derribando al coloso Goliat.

Algo que ya empieza a ser costumbre en muchos países de la Unión Europea (UE) golpeados por la crisis y humillados por el austericidio. Podemos en España y Cinco Estrellas en Italia ostentan esa condición de amalgama ideológica militante. También Syriza en Grecia y el Bloque de Izquierda en Portugal, ambos en sus respectivos Ejecutivos. La desconfianza de la sociedad civil respecto a los partidos-aparato ha provocado incluso que Marine Le Pen haya “cesado provisionalmente” como líder del FN cara a la segunda vuelta, para tratar de ampliar su marco electoral más allá de las siglas. Robert Michels y su tesis sobre las tendencias oligárquicas de los partidos están de plena actualidad. El relevo viene de formaciones postpartidistas. Organizaciones informales, sin apenas estructura estable,  donde el nexo entre dirección y base se articula fundamentalmente a través de las nuevas tecnologías. Un ubicuo Mélenchon ha empleado su holograma para dar mítines durante la campaña en diferentes sitios a la vez.

Esto no significa que la carcoma alcance (de momento) al corazón del Sistema Parlamentario ni quisiera al Estado de Partidos. Tampoco estemos ante otro revival del “fin de las ideologías”. Pero sin duda “representación política” y “partido político”, en sí mismos, son conceptos en plena decadencia porque hace tiempo que dejaron de dar respuesta, no ya solución, a los problemas de la gente. O sea, han abdicado de su principal atributo: ser realmente “representativos” y “políticos”. La esencia del modelo reinante, en cuanto cauce para la representación mediante partidos adscritos a corrientes ideológicas en competencia, ya no engatusa a la gente. Las políticas de consenso entre teóricos adversarios, que en la práctica sirven para tejer auténticos cárteles bajo cuerda, por una parte, y el férreo control de los aparatos de dirección cooptados desde instancias económicas, por otra, han hecho que el sistema de partidos sea hoy visto como indeseable  por amplios sectores de la población.

Y como la mayoría social sigue siendo población trabajadora, la  principal diana de esos reproches y desencuentros recae sobre los grupos socialdemócratas. De ahí la pasokización en cascada que sufren sus émulos en toda Europa, y la relativa fidelidad con que las organizaciones conservadoras aguantan la embestida. Una impugnación que también alcanza a sindicatos y medios (siempre en duopolio: Mediaset y Atresmedia; CCOO y UGT), compañeros de viaje de la tangentópolis hacia ninguna parte (el descenso a tumba abierta en afiliación de las “centrales” va parejo a la caída de venta de ejemplares de los principales diarios). La precepción que anima esta actitud es que, mientras la derecha actúa en coherencia  con  su ideario, la izquierda no ha dejado de derechizarse. Lo que ha provocado en esta no solo la defección de sus seguidores habituales, sino una auténtica implosión de múltiples y a veces contradictorias consecuencias. Prueba de esa viscosidad es el hecho de que tanto Macron como Mélenchon, los líderes de la derecha extrema y de la extrema izquierda, sean “tránsfugas” del Partido Socialista Francés por su condición de  ex ministros en diferentes etapas.

Nada de lo expuesto cabe interpretarse como síntoma de avanzada social. Nada que celebrar. Solo significa un cambio de agujas en el proceso. Todavía no se han definido los caminos que transitaran esas nuevas entidades nómadas. Cabe que actúen de tropas de refresco del sistema. Recordemos el fiasco que supuso la irrupción de los hasta entonces combativos partidos verdes (ecopacifistas) en el gobierno alemán. Y lo que supone hoy el trasvase del voto comunista a formaciones xenófobas europeas, buscando otro salvador que garantice sus intereses de clase. El problema radica en la ausencia de valores democráticos en la sociedad civil. Ni la corrupción ni la limitación de derechos y libertades interesan demasiado (ahí sigue el PP tan pimpante), la ideología dominante es el eterno “ande yo caliente”. Porque, como analizó Castoriadis, la coincidencia de capitalismo y marxismo en privilegiar lo material como determinante de la historia ha  troquelado una mentalidad adquisitiva entre la mayoría social (homo oeconomicus).  Como siempre el secreto está en la masa, ese oscuro objeto de deseo de la “representación” y del “partido”.

Rafael Cid

 

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