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Mercados inteligentes, personas inútiles.

 

La introducción en la Constitución española de la prioridad del cumplimiento con las obligaciones de la deuda (contraída por los gobiernos) frente al rescate de los ciudadanos, inserta en el derecho positivo al más alto nivel una suerte de pensamiento mítico que consagra a medio plazo el fin de las sociedades humanas a favor del capital financiero. Esta mutación, que reincide en la actual prevalencia de las personas jurídicas sobre las personas físicas, proclama al mismo tiempo el ocaso de la política democrática que ejercen hombres y mujeres en su diaria convivencia para encumbrar a la economía del beneficio privado como la gran entidad decididora global del siglo XXI.

Rafael Cid


La doctrina del capitalismo neoliberal, su alfa y omega, se basa en la supuesta capacidad innata de “autorregulación de los mercados”. Unos entes que para sus propagandistas aparecen como seres inteligentes, superdotados, que se autodeterminan sin necesidad de tutelas externas. Aunque cuando vienen mal dadas, como en la presente crisis sistémica, ese purismo económico queda a un lado y se acude a la ayuda del proteccionismo puro y duro. Sublime paradoja que se asume con normalidad gracias a la gestión gubernamental del aparato del Estado, ora regulando ora desregulando, al servicio de los intereses dominantes. Según el discurso convencional, la economía capitalista no sólo sería el medio más eficaz de asignación de recursos, sino que incluso tendría una dinámica interna autónoma y autosuficiente. Se trata, en resumen, de un dechado de virtudes que viene a ratificar las bondades de ese sistema y, por lo tanto, a proclamar su inevitabilidad.

Sin embargo, la ideología que proclama la soberanía de los mercados-drones se compadece mal con la tesis dominante en el plano político que reclama la heteronomia de las personas (y no su consustancial carácter responsable) como condición sine qua nom para la cohesión social. La representación democrática, o sea la heteronomia de los individuos, el rechazo de la acción directa, la no autorregulación de las personas, es lógicamente la contraparte artificial que justifica el histórico dominio de la economía realmente existente sobre la política al uso. A esta conclusión se llega cuando se extrapola el método concursal oferta-demanda del libre mercado al ámbito de la política. Al jibarizar la rica axiología democrática en el coto cerrado de los comicios reglados indirectos, se cumple la Ley de Say en tierra extraña: es la oferta partitocrática quien crea la demanda entre el cuerpo electoral.

El balance entre esa milagrosa autorregulación de los mercados (vía precios) y la vedada autorregulación de la política (vía representación) es un déficit democrático estructural, que en momentos de crisis sistémica (si en vez de presión popular hay claudicación) puede cerrarse con una nueva fase de explotación y pérdida de derechos fundamentales. Este desfase inoculado en los hábitos de conducta de la sociedad crea su propia cultura de sometimiento que culmina con la reproducción del modelo económico vigente con un plus depredador que lo relegitima más allá de sus propios límites fundacionales.

De la compleja trabazón entre la ficción de una maquinaria económica perfectamente engrasada, sofisticada tecnológicamente y exageradamente eficiente en cuanto a la producción de mercancías y cachivaches, y el terreno casi baldío de una ciudadanía clientelar respecto al modelo productivo e incapacitada para su autogestión, nace la dificultad histórica de la revolución y la reforma. Primero porque el grado de resistencia que tiene la propia inercia del sistema hace que para consolidar cualquier reforma se necesite empeñar casi la energía necesaria que para un proceso revolucionario. En segundo lugar, porque como los dos planos de la transformación social -el político y el económico- se retroalimentan, es muy dudoso concluir un cambio en el plano político que no haya tenido su revalida en el plano económico. Y en tercer y último lugar, y lo más importante, porque al tratarse de mutaciones individuales, colectivas y psicológicas en línea, el tiempo de maduración del cambio en profundidad es lento y accidentado.

Lento y accidentado porque hay resistencias metabolizadas a título personal, como la que proporciona la religión, que devienen en notorias fortalezas del sistema. Con su prédica de prejuicios y supersticiones, la iglesia institución redimensiona en el plano interno las negatividades esenciales del modelo dominante. Toma del lado económico su ambición de trascendencia (espuria autoridad moral) y del político su anhelo de heteronomia, al confirmar desde su magistratura “espiritual” el sentido de no autonomía de las personas y el paradigma de un buen pastor que dirija al rebaño (la representación). Por eso, el último capitalismo neoliberal cohabita con suma facilidad con lo religioso, bajo el modelo blando de los neocons o el más aguerrido de los teocons. Todo ello conforma una suerte de placa tectónica dispuesta para asfixiar la experiencia propia de los seres humanos y el ejercicio de la memoria colectiva. Y como somos animales de costumbres, una secuencia prolongada en territorios de dominación y explotación nos aleja de nuestra primera naturaleza y alumbra el “hombre viejo” de la servidumbre voluntaria. Cornelius Castoriadis lo expresa así: “la institución heterónoma de la sociedad y la institución heterónoma de la religión son de esencia idéntica” (Los dominios del hombre: las encrucijadas del laberinto)

Vistos estos condicionantes, el mundo nuevo tendrá que venir después de una larga marcha. Con avances y retrocesos. Evitando partir de principios inmutables, porque ese condicionamiento podría ser paralizante, pero al mismo tiempo siendo inflexibles en su cumplimiento final, sin ningún tipo de abdicación ni paliativos. Para que esa rectificación regeneradora sea posible hay que aprovechar lo que los antiguos griegos llamaban el kayros, la oportunidad crítica, esa coyuntura que puede facilitar la palanca para actuar a contracorriente con akguna garantía de éxito. Como en la crisis que nos encanalla, donde su punitivo correlato de calamidades para las personas está cuarteando la confianza en el modelo hegemónico, y al mismo tiempo favorece una de las etapas históricas en que la deslegitimación del formato político ha alcanzado mayores cotas.

Nos movemos en un terreno resbaladizo, pero no por eso debemos dejar de avanzar hacia esa utopía de justicia, libertad, prosperidad, sostenibilidad y equidad que hoy más que nunca es posible dado el nivel de desarrollo tecnológico de la humanidad en conectividad. Pero ese reto conlleva derogar las distopías que nos gobiernan, esos auténticos horrores cotidianos convertidos en moneda de uso común. Como la bondad e inteligencia de los mercados y la nulidad e incompetencia de las personas. Como que la guerra lleva a la paz. Como que la opulencia de la minoría más desarraigada exige el holocausto de la mayoría más humilde. Y además no dejarnos enredar en la propaganda autoculpatoria que pretende anularnos para la lucha por la dignidad porque nosotros somos en algún grado cómplices del sistema, en tanto criaturas clonadas en sus entrañas. No hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, como dicen los púlpitos del sistema, porque hace tiempo que ellos expoliaron nuestras posibilidades. La emancipación es una tarea de acumulación de fuerzas, de influyentes minorías activas, un imperativo ético que actúa como la gota malaya sobre el pedernal para provocar una incontenible y subversiva marcha verde.

Lo actuado por los gobiernos europeos para gestionar la actual crisis sistémica, al margen de su ideología nominal, poniendo en perfecto orden de combate las armas de destrucción masiva del Capital y el Estado nos ha llevado al errático exorcismo ritual de inmolar a las personas en el altar de los mercados. El futuro, para que exista como realización humana, pasa por rechazar, combatir y vencer el absurdo criminal y ecocida de esa ilógica de personas inútiles e inhumanas y mercados superdotados, inteligentes y con alma. Pero, ojo, las variantes en oferta que no sean radicalmente democráticas sólo escenificaran nuestra posible capitulación como especie.

Rafael Cid

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