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El trabajo no nos hará libres

 

La multinacional Renault concede más “carga de trabajo” a su factoría de Palencia previa aceptación por la plantilla de una reducción salarial y ajuste laboral. El Gobierno proyecta dar la residencia española a los extranjeros que compren una vivienda por más de 160.000 euros. Se ha aprobado la imposición de tasas judiciales para los pleitos civiles. La Comunidad de Madrid piensa aplicar el euro farmacéutico, en la línea de lo ya hecho por la Generalitat catalana, ampliando así el copago sanitario. Y, lo último hasta ahora, van a cobrar por acceder a la información del tiempo de la Agencia Estatal de Meteorología.

Rafael Cid


¿Qué tienen en común todas estas modernas involuciones? Al menos, tres cosas. En primer lugar, que se hacen por nuestro propio bien, por aquello del “interés general” (para que no decaiga el empleo en la Renault; para que la Administración aumente sus ingresos fiscales y la banca reduzca su exposición al ladrillo; para agilizar la Justicia evitando el abuso de litigios; para reducir los costes sanitarios disuadiendo la acumulación de medicamentos y, en fin, para que el Estado haga Caja y volvamos a usar calendario El Zaragozano). En segundo término, la confirmación de que lo publico-estatal, aquí y ahora, es un secuestro de la común, ya que a su través se obliga a una doble tributación para el disfrute de los servicios sociales, vía impuestos y mediante tarifa. Y en tercer lugar, que todas estas disposiciones están inspiradas en criterios de rentabilidad económica con merma de justicia social.

Ellos, que tienen el aparato del Estado en su mano, deciden qué es lo que más nos conviene: ajustarnos el cinturón, prostituir el patriotismo constitucional, dejar la tutela judicial efectiva en una caricatura, convertir la salud en un desideratum y que nos caigan chuzos de punta o nos ahoguemos por la sequía. Pero por encima de todos estos daños colaterales existe un asunto de mayor trascendencia, el verdadero leit motiv que oculta este misterio envuelto en un enigma (el porqué aceptamos ser cobayas del laboratorio social del neoliberalismo cuando en teoría nosotros somos el pueblo soberano).

Y el secreto está en que asistimos al triunfo del capital sobre el trabajo, a la disipación del conflicto de clases, en una batalla que tiene sus registros tanto en el terreno económico como en el jurídico. La nuevas estructuras del neocapitalismo rampante exigen nuevas infraestructuras. De ahí esas puertas giratorias del Estado regulando y desregulando, legalizando y deslegalizando, pero siempre en una dirección única: la que determina el capital. Es una batalla que estamos perdiendo, porque los baremos con que calibramos la realidad social están caducos, se alimentan de prejuicios y perjuicios, y participan del fetichismo del “trabajo” y del “Estado”.

El más canónico Marx, que tantas reflexiones decisivas aportó a las ciencias sociales, se equivocó de plano en dos asuntos esenciales a la hora de analizar el capitalismo de su época y pronosticar su evolución: la centralidad del valor trabajo y la naturaleza impostada del Estado. Dos hechos decisivos para explorar alternativas reales al sistema de explotación y dominación realmente existente. Respecto lo primero, no se trata ya de que la evolución de la economía productiva haya probado la debilidad científica de la teoría del valor trabajo en favor de la teoría de la utilidad marginal, como ya casi nadie seriamente discute en la comunidad académica. Sino de que el “fetichismo del trabajo” impidió al pensandor atisbar una sociedad capitalista en la que el factor trabajo apareciera como una especie en peligro de extinción. Lo cierto y verdad es que a la altura del primer tercio del siglo XXI, 145 años después de la publicación de El Capital, el trabajo está siendo subsumido como centro de gravedad del modelo productivo por el capital campeador.

Por eso el paro de dos dígitos que padecemos ha venido para quedarse. Y por eso también el mundo del trabajo está pasando a ser arqueología, llevando a los sindicatos de trabajadores (mejor dicho de empleados) a una condición zombi al representar preferentemente los interés de un sector minoritario de la sociedad (no a los jubilados, no a los parados, no a los jóvenes inactivos, no a las mujeres: la verdadera mayoría social). Este es un hecho sustancial que determina y contamina todo el entorno, dando ventaja a los agentes del capital. Tanto que incluso se nota en el crédito y en el descrédito que ambos conceptos, trabajo y capital, van adquiriendo respectivamente en el lenguaje común.

El no trabajo empieza a ser sinónimo de marginalidad, exclusión, paro y desamparo a la vez. Es decir, la sociedad acepta asumirlo como una fatalidad irrecuperable porque no concibe que un parado es un trabajador a la espera de trabajar, o dicho de otra manera, un parado involuntario, una persona condenada a no trabajo forzado. El desempleado, por el hecho de serlo y padecerlo, pasa a la casilla del no retorno. Por el contrario, el sobrevenido prestigio del capital impacta en él incesto que denota su cohabitación con su viejo antagonista, bajo las significativas denominaciones de “capital humano”, capital social”, etc. Por tanto, la obsolescencia del “homo faber” en el reino del capital monopolista de Estado anuncia también la “prescindibilidad” de los seres humanos en el proceso económico.

La prueba más evidente de esta deriva está en que la vigente crisis del capitalismo, sistémica porque conmueve todos sus marcos de referencia, se plasma como una derrota del mundo del trabajo, sus pompas y sus honras. En este sentido, como explicación ignota de tan extraño fenómeno, valdría aquella expresión del redicho Ortega y Gasset “lo que nos pasa es que nos sabemos qué nos pasa”. Lógicamente tamaña identidad de intereses entre el capital y el trabajo, en la que el capital lleva la batuta (los salarios se bajan voluntariamente para que el capital facilite “carga de trabajo”), significa de contrario que el capital, convertido ya en centralidad social, haga a través del Estado una transferencia de recursos de lo público a lo privado (esa es la expresión del famoso equilibrio presupuestario elevado a la Constitución). Porque el vector que hoy tutela la dinámica social es el sector privado. Por eso las purgas de caballo decretadas por el capital son asumidas resignadamente como inevitables por sus pares del decadente mundo del trabajo. Llegan con el rodaje hecho del visto bueno previo dado por la vanguardia sindical-laboral. De ahí también que esta Gran Recesión esté protagonizada por el ocaso de la economía productiva y la hegemonía del capital financiero, que es el capital metafísicamente puro.

Así que habrá que sacar las consecuencias oportunas. Como dijo el Marx que se declaraba beligerantemente no marxista, no podemos permitir que “la tradición las generaciones muertas oprima como una pesadilla el cerebro de los vivos”, porque “todo lo sólido se desvanece en el aire, todo lo sagrado es profanado, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas”.

Rafael Cid

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