Artículo publicado en Rojo y Negro nº 383 de noviembre

Con motivo del V Encuentro de la Red Sindical Internacional de Solidaridad y Luchas —organismo del que la CGT es fundadora— del pasado mes de septiembre de 2023 celebrado en São José dos Campos en la provincia de São Paulo, Brasil, queremos hacer un artículo que sitúe el contexto laboral en el país carioca.
Las palabras son mágicas, es oír Brasil y nuestra voz interior recibe flases de samba, caipiriña en un coco, playa cristalina, acalorada sexualidad, aquel episodio de los Simpson y muchos más estereotipos que el fútbol y las agencias de viaje han ido construyendo a base de distorsionar la realidad. Ciertamente, Brasil tiene una cara amable de lugares muy concretos para el placer turístico, sin embargo, también está la trastienda con 8’5 millones de km2 de desigualdad social y recursos naturales desvalijados. Un país que lo puede tener todo, pero que solo reparte miseria.

La historia de un país expoliado desde dentro

Tras el Tratado de Tordesillas (1494), el Reino de Portugal fue el dueño legítimo de estas tierras y de su expansión, se crearon los principales puertos para extraer el azúcar y traficar con la esclavitud africana y, posteriormente, desde la costa se inició una muy complicada expansión territorial hacia el interior debido al clima y a la extensión de la selva amazónica. Durante las guerras napoleónicas a principios del siglo XIX, la monarquía lusa se refugió en Brasil y, más tarde, debido a varias circunstancias, el rey Pedro I se negó a regresar a Portugal por lo que Brasil se independizó convirtiéndose en el Imperio Brasileño con un soberano de corte liberal y constitucional. Las alianzas políticas y económicas con el imperio anglosajón siempre fueron vitales en su desarrollo. El Imperio estaba asentado en una oligarquía enriquecida por la producción y la exportación que siempre se opuso al modelo centralizado y, por ello, hoy Brasil es un Estado Federal y conserva las antiguas estructuras clientelares con posos de corrupción institucional. Constituida la república se continuaron con las mismas estructuras.
El momento de mayor progreso fueron los años ‘20. Por entonces, el país exportaba el 50% del café mundial seguido del azúcar y del caucho, llegó mucha inmigración blanca y nuevas ideas de clase. Los hacendados excluyeron a cualquier grupo emergente, la oposición surgió desde la escala media del Ejército; un movimiento llamado Tenentismo que recibió apoyo de la burguesía, del movimiento obrero e incluso del Partido Comunista.
Getúlio Vargas llegó tras un golpe de Estado en 1930 y, aunque su sistema inicialmente no tenía una base ideológica, se le conoce por crear posteriormente el “Estado Novo” de corte fascista. Durante sus mandatos se eliminaron fronteras económicas internas, se crearon nuevas empresas de sectores estratégicos como la siderurgia, motores, etc. y se nacionalizaron algunas empresas consideradas sectores estratégicos. Pese a la represión y el modelo de sabor fascista recibió gran apoyo de las masas, quienes, tras el fin de la dictadura, le reeligieron como presidente de la República. Vargas inició el modelo llamado “Populismo”, imitación de un patrón —conservador y derechista— que mira siempre por los subordinados frente a la oligarquía y aplica las medidas necesarias en amplios sentidos. Una forma para desacreditar al movimiento obrero fueron sus leyes laborales que incluían la prohibición del trabajo infantil, horarios, descansos semanales, etc. Pese a este “oasis” los problemas económicos y la inflación brotó y, en medio de una crisis política, Getúlio se suicidó.
La ola de golpes de estado en América de los años ‘60 supuso para Brasil una sublevación militar y la guerra contra las guerrillas, un periodo oscuro con el desarrollo de Escuadrones de la Muerte para perseguir a los grupos opositores a las oligarquías del Estado, incluidos los sindicalistas. Los militares gobernaron durante 25 años hasta la restauración de la democracia parlamentaria. En el siglo XXI, la llegada de Lula da Silva y el Partido dos Trabalhadores supuso un plan socialdemócrata para crear servicios sociales especialmente en la sanidad, auxilios sociales y educación; además de convertirse en una nación emergente económicamente hablando.
Tras abandonar el poder y el escándalo Petrobras, después del gobierno de Dilma Rousseff, primera mujer presidenta de Brasil, llegó el gobierno de Bolsonaro, otro icono de los jinetes del apocalipsis neoliberal. Se inició una economía que liberalizó al mercado, sin regulación, desarticuló los servicios básicos y sociales, unidos al racismo y clasismo institucional, la negación del cambio climático y la violencia de género, posturas teócratas, privilegios a la plutocracia, etc. Parte de su ascenso se debió al descontento con Rousseff y Temer, su sucesor: sus gobiernos se preocuparon más en derrochar para el Mundial de Fútbol (2014) y las Olimpiadas (2016) que en invertir esos presupuestos en el país, por ello aumentó la pobreza, las desigualdades y la corrupción.
La vuelta actual de Lula Da Silva se debe a la unificación y reacción de múltiples grupos políticos con el único objetivo de derrocar a Bolsonaro. Según el testimonio de las delegaciones de la Red Intersindical se debe a la necesidad de movilizar el voto solo con este objetivo, pero que tiempo después ya se está viendo que Da Silva es la cara amable y sonriente de las políticas más neoliberales de Bolsonaro y del expolio de los bienes naturales del país.

David Blanco (Sº. RR.II.)
Alberto García Lerma (FESIM)


Fuente: Rojo y Negro