Artículo publicado en Rojo y Negro nº 387 de marzo

Las guerras terminarán cuando los hombres
se nieguen a luchar
(Albert Einstein)

Mundiales, nacionales o locales, todas las guerras son guerras civiles. Porque quienes las padecen son siempre los mismos. La gente, los de abajo, la población, víctima de los manejos del poder y sus representantes, los gobiernos y los grupos económicos que les sostienen. Como si la historia criminal no enseñara nada, el oficio más antiguo del mundo vuelve a desplegar su patibularia calavera. En este el siglo XXI, con maravillas científico-técnicas que ni el más exaltado visionario pudo imaginar, la inteligencia artificial comparte credenciales con la barbarie exponencial.
Aunque en realidad el ardor guerrero que resurge en la actualidad tiene largo aliento intelectual. La simbiosis entre poder y violencia no es patrimonio de ninguna ideología en concreto, más bien forma parte constitutiva de todas las tendencias políticas con vocación de dominación por encima de los tiempos y los sistemas. Esa propuesta aberrante confundió a las mejores cabezas. Nicolás Maquiavelo, en coherencia con su afirmación de que el fin justifica los medios y de que la política no tiene relación con la moral, sentenció: «la guerra justa es aquella que es necesaria». Thomas Hobbes justificó su teoría del Leviatán porque sin la fuerza del Estado «el hombre es lobo para el hombre». Carlos Marx consideraba que «la violencia es la partera de la historia». Mussolini hizo su tesis doctoral sobre la obra Maquiavelo. Max Weber definió al Estado como «aquella comunidad humana que dentro de un territorio reclama para sí el uso legítimo de la violencia». «¿Cuántas divisiones tiene el Papa?», fue la respuesta que lanzó Stalin al pedirle que bajara la tensión con el Vaticano. Y Mao Zedong tenía claro que «el poder político nace de la boca de un fusil».
Una «paideia» caníbal que la ósmosis cultural de la pirámide social convierte en obediencia debida al transitar del olimpo de los estadistas a la gente corriente en la práctica diaria de sus usos y costumbres. Un troquel de servidumbre voluntaria que disciplina a los ciudadanos en el ordeno y mando, y en la rivalidad como axioma de promoción educativa y profesional. Panóptico que, al verse reproducido cotidianamente en series televisivas, películas, videojuegos y demás medios de alienación de masas, militariza y ahorma la mentalidad para toda clase de sacrificios en el altar del Estado. Kropotkin demostró en El apoyo mutuo que el Darwin de El origen de las especies no había dicho ex cátedra que la adaptación al medio se hiciera exclusivamente por la competitividad, sino que junto a ella el mundo natural también avanzaba a través del instinto de solidaridad. Pero esta vía sigue en barbecho dado que resulta incompatible con el modelo utilitarista de dominación y explotación político-económico establecido. A esta anomalía no solo se debe haber normalizado el estado de guerra permanente (si vis pacem, para bellum: si quieres la paz prepara la guerra) en que viven los pueblos, sino también esa otra violencia estructural que permite que «menos de 300 millonarios sean más ricos que la mitad de la población mundial, es decir que 3.000 millones de personas» (Luigi Ferrajoli, Razones jurídicas del pacifismo, pág. 144).
Hoy de nuevo el mundo se encuentre al borde del abismo de otra gran masacre, que, de estallar, y dado la capacidad destructiva de las armas en poder de las grandes potencias, puede dejar en una anécdota los 50 millones de víctimas provocadas en la Segunda Guerra Mundial. El conflicto bélico desatado hace ahora casi dos años al invadir Rusia a Ucrania en lo que Putin denominó una «operación militar especial» para «desnazificarla y desmilitarizarla», y la brutal agresión de Israel sobre la franja de Gaza en lo que Netanyahu calificó como una intervención defensiva contra los terroristas de Hamás, puede derivar en un conflicto generalizado a las puertas de Europa y del Mediterráneo. Las guerras que son utilizadas por Estados pantalla para debilitar a sus competidores, se sabe cómo comienzan, pero nadie puede aventurar cómo pueden acabar, porque el botón del pánico lo tienen otros, off shore. Máxime cuando los interlocutores en la sombra compiten geoestratégicamente por la hegemonía global.
Incluso si el proceso de desgaste de los bloques contendientes les obligara a buscar un punto de fuga que evitara la colisión definitiva, las consecuencias ya habrían sido irreparables para las sociedades afectadas, cebando una regresión humanitaria de amplio espectro. Porque la «cultura de la guerra» implica una involución democrática, la imposición de la fuerza sobre el derecho, la fanatización de las conciencias y la usurpación de los recursos sociales. Estigmas que ya se están haciendo presentes en unas sociedades por los demás redundantemente castigadas en su autoestima por las pasadas crisis, la financiera de 2008 y la de la pandemia del 2020, que cayeron como una maldición sobre los sectores más vulnerables.
Se producen gestos de involución democrática cuando los Estados toman medidas sobre el conflicto al margen de la ciudadanía, valiéndose de la complicidad de los partidos políticos integrantes del sistema del que se dicen sus representantes. Por poner un ejemplo de proximidad, el actual gobierno de coalición de izquierdas sedicientemente progresista decidió, sin siquiera someterse al veredicto del parlamento, ayudar militarmente a Ucrania con envió de material, cuando España no solo es un miembro destacado de la OTAN, sino que alberga una de las sedes de Escudos Antimisiles de Estados Unidos (ampliada también por decisión unilateral de Pedro Sánchez), lo que redobla el riesgo-país. Lo mismo podría decirse del hecho de no haber cancelado los acuerdos de tráfico de armas con Israel tras el salvaje e indiscriminado asedio a Gaza. Esa doble vara de medir alcanza hasta los medios de comunicación, capaces de clamar públicamente por la distensión en sus titulares mientras por otro lado hacen negocio con la industria de la muerte. El Grupo Prisa, próximo al Ejecutivo PSOE-SUMAR, está controlado por una sociedad de inversión que ostenta una posición accionarial preferente en la empresa Indra, una de las mayores corporaciones armamentistas. Junto a eso hay que hablar del intento de militarización de la población civil, que en Gran Bretaña podría concretarse próximamente con el restablecimiento del servicio militar obligatorio; el desprestigio de las instituciones internacionales creadas para la resolución pacífica de los conflictos, como la ONU, paralizada en esa función esencial debido al veto cruzado de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad (Estados Unidos, Rusia, China, Gran Bretaña y Francia); o el atraco a la economía contributiva que supone el incremento galopante del presupuesto militar en lógico detrimento de las partidas destinadas a servicios de la comunidad.
Desgraciadamente Heródoto erraba cuando escribió: «Nadie es tan necio que prefiera la guerra a la paz: en esta los hijos entierran a sus padres, y en aquella los padres a sus hijos».

Rafael Cid


Fuente: Rojo y Negro