Artículo publicado en Rojo y Negro nº 386 de febrero

Parece paradójico, incluso una contradicción a todas luces, que nos hayamos forjado de silencios siendo como aún somos, un Medio de Comunicación. Aprendimos a callar primero para hablar después, a escuchar despacio como solo las de antes, nuestras abuelas sabias, nos enseñaron. Estuvimos siete años de hormiguitas, chinijas y desapercibidas, comprando cada cable necesario, cada tecla y cada equipo que nos era necesario para empezar a hablar. Creíamos, locas en silencio como éramos, que para poder hablar en libertad era necesario no ser de nadie, no deber nuestra voz a ningún dueño interesado y, por eso, la autogestión nos hizo ser a fuego lento. Siete años como nuestras estrellas, verdes de esperanza, en los que fuimos forjando nuestros sueños de radio libre y comunitaria enzarzados con los sueños de otras que también soñaban otra Canarias sin mordazas, otro País de islas tejido de voces desde abajo, desde nuestros pueblos perdidos entre volcanes de lava y mar. De islas no centrales que parecían tan lejos a pesar de nuestras cercanías, tan cerca que la distancia no podía ser la excusa para no ser la misma voz. Siete años preparándonos para un viaje que cambiaría para siempre nuestras bocas y nuestras vidas. Luego vinieron las paredes y el tejado que nos cobijó y dio un hogar a nuestras ondas justo en lo alto de una cuesta interminable rodeada por molinos, el Espacio Sociocultural La Casa nos dio cobijo y el mimo de sus habitantes para dejarnos ser y crecer y, ahí, comenzamos a hablar:
No fue casualidad que hiciéramos coincidir nuestra primera emisión con dos de los hitos más importantes de las rebeldías del siglo veinte y que más influyeron a las luchas de este Archipiélago nuestro, el de la Revolución Cubana y el alzamiento Zapatista en México. El 1 de enero de 2005, Radio Pimienta lanzó su primera voz a las ondas del norte de Tenerife y a la hermana isla de La Palma, pero hizo algo aún más difícil para un medio de comunicación menudo como el nuestro, nuestra Radio aprendió a escuchar. Pusimos nuestras orejas a pie de la calle del barrio que nos vio nacer, en las aceras de nuestro pueblo siempre cuesta arriba, en las islas cansadas del colonialismo de siglos que habitamos y, con los oídos de otras que luchan más allá de nuestras rocas y que también son nosotras, pusimos nuestras escuchas en otras tierras maltratadas, en otras gentes que sufren como las nuestras. Es así que aprendimos que la comunicación no necesita de mediadoras ni profesionales porque todas nacimos con las bocas y las manos y los ojos para hablar, para decir nuestra primera y nuestra última palabra. Para gritarnos riendo a carcajadas y también para encontrarnos en el susurro de un llanto compartido. Convencidas que, desde Casa, era necesario ser todas para cambiar el mundo desde aquí. Desde el primer pasito que conseguimos dar, recibimos, como de ningún otro proyecto, el aliento de muchas que aún no conocíamos, pero pronto se iban a convertir en familia escogida. Crecieron los programas y los acentos diferentes. Las músicas venidas de otros mundos, pero sobre todo las nuestras que no tenían lugar en otras radios. Las palabras con acento propio y desacomplejado, empoderadas sabiéndose deudoras del hablar de nuestras calles, de nuestras madres y abuelos. Entendiendo desde el primer momento que el comunicar es un derecho, una posibilidad y una necesidad de todas las personas partiendo de la premura de desprofesionalizar los micrófonos, porque todas tenemos muchísimo que contar y aportar.
Compartimos con muchas los saberes para realizar programas, tanto técnica como habladamente, ayudamos a parir otras radios pequeñas y necesarias con sus propias voces diferentes a las nuestras. Andamos y seguimos caminando senderos comunes con otras que estuvieron antes como Radio Guiniguada y otras tantas que surgieron después. Andamos y seguimos caminando por las muchas que vendrán.
Luego vinieron las redes sociales con sus peligros y oportunidades. Dudamos, seguimos dudando, pero entendimos que valía la pena la valentía de estar en ellas creando grietas, poquitas, pero profundas en su entramado de mentiras y control social intentando seguir dando eco a las luchas que se prenden a nuestro alrededor y algunas otras de fuera que también nos alimentan. Y así fue que habitamos y creamos Pimienta Televisión, La Radio escrita “El Majado” y los podcasts de nuestra web para no solo estar en sus redes, sino también para tejer las nuestras propias de opiniones, denuncias y apoyos.
Y así, casi sin darnos cuenta, aquí estamos 19 años después —mayoría de edad dirán algunas, desconocedoras de nuestra repulsa a la adultocracia— con nuestras ansias de seguir jugando, con nuestro sentirnos pequeñas solas, y tan grandes con otras, tan negadas a crecer si no es contigo.
Seguiremos mientras creamos que aportamos a cambiar, aunque sea al golpito, este país de islas rotas, mientras sigamos aportando picante encarnado a su potaje sin sal, mientras consigamos amargarles, aunque sea un fisquito, la fiesta a aquellos que nos roban el pan.

Radio Pimienta. Norte de Tenerife (Canarias)


Fuente: Rojo y Negro