Oligarquía y delincuencia
“La ley suprema es el bien del pueblo. “ CICERÓN, Marco Tulio
Oligarquía y delincuencia

“La ley suprema es el bien del pueblo. “
CICERÓN, Marco Tulio

El sensacionalismo en los medios de comunicación suele pretender una respuesta contundente de la sociedad. Ocurre que una serie de noticias se muestran en cadena, cuando se precisa justificar una ley, una decisión política o encubrir algún grave problema de estado. De todos es conocida la dependencia o inclinación de la prensa hacia sus respectivos sectores políticos, factor muy importante para comprender la metamorfosis que a menudo sufre la actualidad informativa. De esta forma cuando se aprueba una ley, siempre suele actuar junto a ella una campaña comunicativa capaz de dramatizar en exceso el motivo por el cual ha sido creada. Pero en ocasiones no son leyes, sino decisiones como la de incrementar las dotaciones policiales en este país. Es necesario percatarse de cómo, en la actualidad, cualquier suceso violento publicado en prensa como noticia, trata de justificar la excesiva presencia de la policía en nuestras calles.

Con lo primero que se especula cuando la prensa nos aporta algún macabro episodio de los cientos que ocurren en nuestro país, es con que la solución estriba en dos elementos determinantes : uno consistiría en incrementar la dotación policial y el segundo avalaría el endurecimiento de las penas.

No radica ahí el problema. Las leyes ya son lo suficientemente duras en este país y por muchos agentes que camparan por nuestras calles, en contadas ocasiones acertarían el momento y el lugar elegido para cometer un crimen. Mas si ese no es el problema, ¿por qué interesa tanto a los representantes del poder incrementar el número de agentes del cuerpo de policía ?

Para conocer el verdadero problema que causa el aumento de la delincuencia, es necesario efectuar una interpretación correcta de la situación de nuestro sistema. Si procedemos a analizar la sociedad en que vivimos, ese absurdo mundo que nos obligan a aceptar, nos encontraremos con que nos hallamos inmersos en el interior de una caótica sociedad bipolar de ricos y pobres, donde los poderosos controlan la tenencia de los bienes, mientras que los desheredados están obligados a trabajar y pagar sus tributos. Aquí, los poderosos ostentan una profusa muestra de clientelismo, patrocinándose entre ellos a cambio de sumisión y de servicios. Pero los ciudadanos comprendemos que esta situación únicamente beneficia a los pocos que consuman el poder.

Como bien definía el uruguayo Natalio Botana : Las oligarquías abrevan en la idea de que el poder es algo que puede ser poseído como una cosa que se puede manosear. Donde hay manipulación de las instituciones hay oligarquía : las instituciones, carentes de autoridad, son fachadas que ocultan una madeja de poderes (no sólo políticos) que abusan de los recursos ciudadanos. ¿A cuánto llega este desperdicio ? No lo sabemos a ciencia cierta, aunque lo intuimos abundante. Esto también es parte del juego oligárquico.

Esta pobreza va in crescendo junto a la desesperanza, proyectando distintos medios de lucha y supervivencia. El nivel de abstención en las últimas elecciones, rozando el 50 %, no sólo ha evidenciado el descontento generalizado, sino que también expresó la pasividad e insumisión de una población que está aprendiendo a prescindir de un sistema injusto que no les representa.

En un alarde de explotación, los oligarcas continúan aumentando los precios, que son cada vez más desorbitados, ridiculizan los sueldos, cada vez más ínfimos, y elevan con descaro los tributos a pagar. La situación se vuelve grotesca cuando hablamos con cifras en la mano, y comparamos el Salario Mínimo Interprofesional de 513 euros/mes, con un alquiler en Barcelona, que cuesta alrededor de 800 €.

La desesperanza y el descontento crean un fenómeno contestatario, una insumisión por parte de la población con respecto a las instituciones. El poder, que hasta entonces ejercía de explotador, elude, sin reconocerlo, el fenómeno provocado por la necesidad y, gracias a su prensa y sus sensacionalismos, intenta tergiversar la voz de la inopia y el pueblo, tildándola de acto vandálico, de incivismo, de radicalismo innecesario, de violencia, de xenofobia… Los poderosos padecen entonces el problema que ha generado su explotación desmedida, y el miedo a la insumisión ciudadana, les obliga a escudarse detrás de su propio ejército de policías.

He aquí el verdadero motivo del incremento policial : oprimir a aquellos que se defienden ante un sistema que les resulta hostil. Las necesidades del hombre establecen un conjunto de opciones que dependen de diversos factores, y entre todas estas opciones reside el robo. Es indudable que la pobreza acrecienta el número de delitos, puesto que se entiende que nadie que disfrute de una gran capacidad adquisitiva, está interesado en infligir una ley creada a su medida. Los casos mas frecuentes de delito suelen inducir a una confusión de carácter xenófobo en la ciudadanía, fácilmente influenciable por la información procesada que ofrece una gran parte de los medios de comunicación. Creer que la mayoría de los inmigrantes son delincuentes sería una incorrecta lectura, aunque sí que es cierto que la mayoría de ellos subsisten en la miseria.

Por todo ello hemos de considerar que el aumento de la policía, la ley del civismo y otros casos similares, sólo representan un intento estúpido por contener las necesidades de un pueblo explotado que sufre los problemas de una sociedad bipolar, ya que no se delinque por capricho, sino por necesidad.

David Peña Pérez. Escritor.
Barcelona 2005.


Par : David Peña Pérez.



Fuente: David Peña Pérez