El desenlace judicial del “caso Prestige”, como la salida con regresión social y devaluación salarial aplicada contra la crisis, demuestran que no existe real separación de los poderes del Estado sino concentración al servicio del tinglado económico. Desde el primero, el ejecutivo, hasta el cuarto, el mediático, pasando por el legislativo, segundo en discordia, y el tercero, el simulacro de justica, todas las manillas del reloj neoliberal dan la hora que interesa al gran dinero y a sus cruzados: el Estado profundo.

No creo en la maldad humana como principio. Ni siquiera cuando se excusa en la necesidad de un cierto despotismo para superar el estado de naturaleza. En ese sentido estoy más cerca, intelectual y emocionalmente, de Rousseau y sus posteriores legatarios que de Hobbes y su amenazante Leviatán. Pero sostengo, no obstante, que cuando se tira por alto y, sobre todo, cuanto más elevada es la posición en la pirámide social, más expuesto estamos a supersticiones, arbitrariedades y barbaries. En ese vaivén arriba-abajo, la culpa siempre la tienen las víctimas y la indulgencia los matones.

No creo en la maldad humana como principio. Ni siquiera cuando se excusa en la necesidad de un cierto despotismo para superar el estado de naturaleza. En ese sentido estoy más cerca, intelectual y emocionalmente, de Rousseau y sus posteriores legatarios que de Hobbes y su amenazante Leviatán. Pero sostengo, no obstante, que cuando se tira por alto y, sobre todo, cuanto más elevada es la posición en la pirámide social, más expuesto estamos a supersticiones, arbitrariedades y barbaries. En ese vaivén arriba-abajo, la culpa siempre la tienen las víctimas y la indulgencia los matones.

La bochornosa sentencia del “Prestige” es la última pieza de este puzle que llamamos Estado de Derecho. O sea, la ley del embudo, estrecho para los más y expedito para los menos. El atado y bien atado en todo su esplendor institucional. En un extremo, la retroactividad de la doctrina Parot, con la resistencia a derogarla de gobierno, partidos y medios a pesar del rechazo del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo. En el otro, sucesos como el del Prestige, un colosal y múltiple atentado a la salud, la economía y el ecosistema, gratis total, con absoluta impunidad, supina desfachatez y una infinita inmundicia político-judicial.

¿La excepción? No, la regla. Lo sucedido con el fallo absolutorio sobre aquel desastre ecológico, provocado una vez más por la codicia empresarial, está en la lógica del sistema que resignadamente padecemos. Todo se reduce a votar cada cuatro, y una vez elegidos a nuestros mandantes, ya puede hundirse el cielo que nadie les saca de sus casillas, amparados por un fuero que les hace privilegiados. Y por supuesto, cumplido el mandato, vuelven con interés renovado a los negocios, a los que aportan la agenda de influencias obtenida en su paso por el servicio público, convencidos ya que nada ni nadie les pedirá cuentas. Quien hizo la ley hizo la trampa, y salvo error u omisión el tercer poder (judicial) se llamará andana.

Así ha sido y siempre lo será, llámese razón de Estado, coste de oportunidad o simple y llana desvergüenza. De arriba abajo, no hay responsabilidad del mal. Ni raras dimisiones honrosas, ni revocaciones, ni referendos derogatorios (solo son testimoniales). Estamos hartos de verlo. Ni los ministros de economía, ni los responsables de las entidades financieras, ni el gobernador del Banco de España, nadie, absolutamente nadie, es responsable de la crisis que ha llevado el dolor, la miseria y la infelicidad a millones de familias españolas que tuvieron la mala suerte de cruzarse en el camino de los poderosos. Todo lo contrario, además nos perdonan la vida. Por eso se permiten hablar de “matonismo” cuando alguien les pone ante sus “crímenes sociales”, mientras fichan por la misma gran banca que desencadenó la barbarie. Los verdugos perdonando a las víctimas.

Impasible el ademán. Aún está por ver si la Asociación Española de la Banca (AEB) no logra como pretende colocar a su frente al alto funcionario que hasta hace seis meses, como director de Regulación del Banco de España (BdE), tenía la misión de supervisar a la patronal del sector, los amos del botín. Un ejemplo de libro de eso que se llama “riesgo moral” en la terminología financiera. El peligro de repetir los errores del pasado, crecidos y aumentados, cuando quienes la hacen no la pagan y se van de rositas. Como la vida misma.

Porque esa es la razón de ser del régimen. Por los cuatro puntos cardinales. Magistrados que se lavan las manos ante una calamidad; fiscales negando la evidencia para babear que las personas de “sangre azul” no delinque o líderes sindicales capaces de proclamar que una investigación judicial por desfalcos multimillonarios pone en peligro la democracia. De todo hay en la viña del poder. La nula responsabilidad del Prestige, dictada ahora en primera instancia, tiene su pestilente precedente en la sentencia del Tribunal Supremo (el del sí a la doctrina Parot) en 2011 eximiendo toda culpa a la multinacional Boliden por el vertido de residuos tóxicos en sus minas de Aznalcóllar en 1998. Claro que, el caso de “los hilillos de plastilina”, se contó con la ayuda inestimable experiencia del ex ministro de Interior y miembro fundador de FAES, Rodolfo Martín Villa, como Comisionado del gobierno, cargo de donde saltó a la presidencia de Sogecable (Grupo Prisa).

El tinglado de la farsa, suma y sigue. El último fin de semana, sin ir más lejos, asistimos a un acto más de esa política de “control de daños” por la cual el jefe siempre tiene razón. Entre las resoluciones aprobadas en la Conferencia Política del PSOE hay una referida al austericidio y las políticas de ajustes y recortes aplicadas en la crisis que dice así: “las medidas del 10 de mayo de 2010 fueron necesarias pero resultó imposible hacerlas entender bruscamente”. Según informaron los medios de comunicación presentes, el ex presidente José Luis Rodríguez Zapatero fue la persona más ovacionada por la militancia socialista.

¿Nunca Máis?

Rafael Cid

 


Fuente: Rafael Cid