Cabe preguntarse –necesariamente- ante el panorama de desolación y empobrecimiento material e ideológico de millones y millones de asalariados y clases populares, a la vez que la tierra y el medio en el cual nos movemos, desenvolvemos y tratamos de vivir, no deja de ser agredido y empeorado, si el Sindicato –con mayúsculas- sirve tan siquiera para ser frontera.

A la fecha del cuarto año de las políticas anti
crisis en esta parte occidental del mundo -la UE-, la espiral violenta y
criminal de las mismas, ha arrasado todas las fronteras nacionales y en mayor o
menor grado de deterioro, se han llevado por delante la esencia y la sustancia
de lo que nosotros denominamos derechos sociales (salud-sanidad, educación,
pensiones, prestaciones sociales para casos de necesidad) y los derechos
laborales (empleo, libertad sindical, no despido libre) y, otros y otras,
compañeros de viaje, denominan el “contrato social” no escrito entre el capital
y el t

A la fecha del cuarto año de las políticas anti
crisis en esta parte occidental del mundo -la UE-, la espiral violenta y
criminal de las mismas, ha arrasado todas las fronteras nacionales y en mayor o
menor grado de deterioro, se han llevado por delante la esencia y la sustancia
de lo que nosotros denominamos derechos sociales (salud-sanidad, educación,
pensiones, prestaciones sociales para casos de necesidad) y los derechos
laborales (empleo, libertad sindical, no despido libre) y, otros y otras,
compañeros de viaje, denominan el “contrato social” no escrito entre el capital
y el trabajo desde finales de la segunda guerra mundial.

El Sindicato como frontera, respondió de manera
fragmentada, dentro de sus fronteras nacionales: franceses, griegos,
portugueses, españoles, italianos, son quienes se han movido en un
resistencialismo a perder partes de ese “contrato social”, pero que en ningún
momento se cuestionaba la columna vertebral del problema, es decir, el
capitalismo. Los demás sujetos colectivos, es decir el Sindicato del resto de
la UE, -centro Europa y norte- han contemplado como el deterioro va “por
barrios” y en los suyos, aún no ha entrado el “bulldozer”, sino una simple
excavadora.

El Sindicato, encerrado en esas fracturas,
intereses particulares, visiones parciales, anti solidarias y, en gran medida
corporativas de lo propio, sólo se viene paseando, eso sí, con despliegue
mediático y “banderil” por Bruselas, cada vez que el Consejo, el FMI o la
Comisión, decide otra medida de “terapia anti crisis”, ante el enésimo ataque
del enfermo –clase obrera y clases populares-.

Su mundo contemplativo, resulta ser, al cuarto año
de la crisis, paralizante para la mayoría social, y que además, digiere mal,
muy mal, que movimientos sociales como el 15M en España, tengan mejor prensa,
movilicen a más personas y, hayan canalizado el sentimiento de rebeldía
(indignación) ante un sistema que se ha mostrado no sólo neoliberal, sino
autoritario, bárbaro e implacable en la recuperación de la tasa de ganancia y,
siempre capitalista.

Combatir es salir a la calle, exponer
las ideas y el cuerpo, impedir en los contratos colectivos (convenios) que se
consolide como “normal” el diferencial salarial entre países, entre sectores
salariales en función de sus fechas de entrada (dobles escalas salariales),
impedir que las transnacionales utilicen ese diferencial salarial (costes
salariales, productividad) como ventajas comparativas en el desplazamiento de
servicios y de trabajadores (Directiva Bolkestein). Combatir es implementar la
igualdad de derechos y la igualdad salarial basadas ambas en el principio de “a
igual valor del trabajo, iguales precios” y huir, como alma que lleva el
diablo, de ese diabólico invento (tan antiguo como el capitalismo) llamado
Pacto del Euro o Competitividad, que nos hace creer, que nuestros salarios
deben ir ligados a los beneficios que los patronos estiman ganar o querer ganar
para cada año.

Malos tiempos, muy malos, si ahora el
Sindicato tiene que entrar en la lógica del capitalismo, que no es otra, ni lo
ha sido, que maximizar beneficio privado, a costa de lo que sea y en especial,
como ha sido siempre, a costa de aumentar la explotación y la pauperización de
las clases asalariadas, bien ocupadas o despedidas como mano de obra en
reserva. No otra cosa es ligar salarios a productividad.

Si la brecha salarial, el abanico
salarial ya es un factor de desigualdad y discriminación, podemos imaginar qué
“futuro” nos espera de “socializarse” los postulados del Pacto del Euro, cuando
2 de las más importantes Empresas, IBERDROLA Y TELEFONICA, ya han “cogestionado
y pactado” esta política.

Combatir es utilizar la huelga como
herramienta necesaria de expresión del conflicto, para impedir el dumping
social que como tsunami recorre toda la UE, para impedir que a través de esa
herramienta de destrucción masiva de empleo (ERE), el precio de la mano de obra,
los derechos laborales y los derechos sociales, cada vez valgan menos que “dos
peniques” y la dignidad humana, se conjugue en pasado.

El Sindicato actualmente se encuentra
en la frontera que lleva a ninguna parte. Ni siquiera el refugio tras las
fronteras de los “ordenamientos jurídicos internos” ha librado a las clases
asalariadas de recortes de derechos laborales y sociales y de reducciones de
los servicios públicos esenciales. La “nueva frontera” de dimensión europea
“considerada como un todo y no como la suma de distintas problemáticas
nacionales” (Antonio Baylos 2011), hace tiempo, mucho tiempo, que se abrió,
pero como posibilidad de otro mundo y otro modelo social y otro orden social,
el Sindicato no ha querido traspasar ese espacio resistencialista y
corporativo.

Quizás los movimientos heterogéneos,
contradictorios sí, pero preñados de rebeldía, tipo 15M, sean capaces de
traspasarlas y “arrasar cual tsunami social” a esos mercados criminales y
alumbrar un mundo de redistribución de la riqueza y el trabajo, donde cojamos
todos, los presentes y los venideros.

DMC