Al igual que cuatro años atrás, el debate que los dos principales candidatos a la presidencia de Estados Unidos, John McCain y Barack Obama, han mantenido en relación con la política exterior del país ha resultado más bien decepcionante. A la hora de apuntalar esta conclusión, no pienso tanto en el contenido formal de la confrontación —que ha aportado datos no exentos de interés sobre las dos figuras políticas contendientes— como en el sentido material de las apuestas formalizadas por uno y otro.

Al igual que cuatro años atrás, el debate que los dos principales candidatos a
la presidencia de Estados Unidos, John McCain y Barack Obama, han mantenido en
relación con la política exterior del país ha resultado más bien
decepcionante. A la hora de apuntalar esta conclusión, no pienso tanto en el
contenido formal de la confrontación —que ha aportado datos no exentos de
interés sobre las dos figuras políticas contendientes— como en el sentido
material de las apuestas formalizadas por uno y otro.

Empezaré dando cuenta de una carencia que a mi entender dice mucho sobre
lo que se dirime en la carrera presidencial norteamericana : tal y como sucedió
con Bush y Kerry en 2004, a ninguno de los dos candidatos hoy en liza parece
preocupar en absoluto el que a los ojos de muchos sigue siendo el principal
problema que nos atenaza. Me refiero, cómo no, a una pobreza lacerante que se
manifiesta a través de un dato mil veces repetido : entre 40.000 y 50.000 seres
humanos mueren cada día de resultas del hambre o de enfermedades por éste
provocadas. La conclusión parece servida : cuando los candidatos republicano y
demócrata se reúnen para debatir sobre la política exterior de Estados Unidos
lo único que les interesa es el futuro de la principal potencia planetaria. No
hay hueco alguno en sus discursos para las necesidades y percepciones de los
demás, y en particular para las de los desheredados del planeta, de siempre
arrinconados. Importa mucho subrayar que en este ámbito, y por desgracia,

Obama no parece demasiado diferente de McCain.

 Pese a lo que muchos auguran, tampoco son ostentosamente visibles las
diferencias entre los dos candidatos en lo que hace a los principales
contenciosos que la política norteamericana tiene abiertos en los Orientes
próximo y medio. La estrategia de Obama en relación con Iraq se asienta, sí,
en un compromiso de retirada de soldados que ha experimentado, sin embargo, un
progresivo suavizamiento de la mano de sucesivos postergamientos en lo que
respecta a la fecha prevista para aquélla ; esta circunstancia acerca
sospechosamente la oferta de Obama a la de McCain. Por si ello poco fuera, y
para estupor de quienes estimamos que las dos guerras que nos ocupan están
cortadas por un mismo patrón, el candidato demócrata repite incansable que hay
que fortalecer la presencia militar norteamericana en Afganistán. Así las
cosas, cada vez parece más estéril la pregunta relativa a lo que realmente
Obama quiere hacer : más relevante se antoja determinar qué es lo que los
poderes fácticos en Estados Unidos están dispuestos a tolerar que haga.

 El único terreno en el que el candidato demócrata mantiene en pie un
proyecto de orgullosa ruptura con respecto a las reglas del juego que
determina una política de Estado hondamente asentada es el que nace de su
propuesta de mantener conversaciones directas con los responsables políticos
de países —así, Irán, Cuba o Venezuela— demonizados desde mucho tiempo
atrás. Los escépticos aducirán, eso sí, que ya tendrá tiempo Obama de dar
marcha atrás, también, en este ámbito. En lo que se refiere a McCain, en suma,
si hay un rasgo llamativo de sus intervenciones en el debate televisivo —un
rasgo que, por su proximidad con las posiciones del presidente Bush, parece
llamado a mover el carro de Obama— es la crudeza de sus simplistas
reflexiones sobre Rusia, muy a tono con un discurso neconservador firmemente
decidido a sacar pecho en la tesitura en la que nos encontramos y no menos
firme e interesadamente entregado a la tarea de reflotar viejos enemigos. 

A todos los desafueros reseñados se agrega, en fin, uno más : lo que en
principio estaba previsto que fuese un debate sobre la política exterior de
Estados Unidos al cabo se convirtió, con toda evidencia, en una disputa sobre
algunos de los problemas internos más acuciantes de cuantos acosan al país, y
singularmente, claro, la crisis financiera que éste arrastra. El recordatorio
de que Obama defiende una nueva política fiscal que recorte los impuestos a
quienes tengan ingresos anuales inferiores a 250.000 dólares —¡40.000.000 de
pesetas !— obliga a cancelar, una vez más, cualquier suerte de entusiasmo en
torno a la presunta condición innovadora y socializante del candidato
demócrata. Las cosas como fueren, los estudiosos que llevan decenios
subrayando cómo los políticos y los ciudadanos norteamericanos poco más hacen
que mirarse al ombligo están, una vez más, de enhorabuena. 


Fuente: Carlos Taibo