El nuevo alcalde de Cádiz ha sustituido en su despacho un cuadro del anterior jefe de estado por otro de Fermín Salvochea, mítico alcalde de la ciudad y figura del  anarquismo. Un hecho que ha levantado un gran cabreo en los círculos más reaccionarios de este país, ya de por sí estupefactos porque han tenido que abandonar instituciones que, como el ayuntamiento de Cádiz, consideraban propias. Así que no han dudado en rascar en la personalidad de Salvochea y considerarle un terrorista, un incendiario anticlerical y practicante habitual de acciones violentas.

Esto sólo es posible en un país tan analfabeto cultural y políticamente como éste. En especial entre los creadores de la “opinión publicada”, tertulianos, columnistas y otras especies. Desconocen su propia historia y escriben de oído. Ya se verá hasta qué punto esta campaña puede afectar a la imagen que se tiene en Cádiz de Salvochea. Pero creo que es el momento oportuno para abrir un debate serio sobre su persona, su obra, influencia y proyección. Uno de ellos sería el porqué es una figura referente para los más diversos grupos sociales gaditanos. Aquí va mi aportación.

Esto sólo es posible en un país tan analfabeto cultural y políticamente como éste. En especial entre los creadores de la “opinión publicada”, tertulianos, columnistas y otras especies. Desconocen su propia historia y escriben de oído. Ya se verá hasta qué punto esta campaña puede afectar a la imagen que se tiene en Cádiz de Salvochea. Pero creo que es el momento oportuno para abrir un debate serio sobre su persona, su obra, influencia y proyección. Uno de ellos sería el porqué es una figura referente para los más diversos grupos sociales gaditanos. Aquí va mi aportación. Dos son las causas fundamentales: su pensamiento y su biografía. En el primero por el destacado papel que ocupa la acción. En la segunda por su coherencia. Ambas permitieron hacerlo “uno de los nuestros”, tanto para el mundo burgués como el proletario. Además, los más importantes acontecimientos que forjaron su mito tuvieron lugar en su ciudad natal.

Salvochea nació en marzo de 1842. Hijo de un emigrante navarro y de una sobrina de Mendizabal, el autor de la desamortización eclesiástica. Su familia tenía una posición acomodada, aunque no poseía la fortuna que se le ha atribuido. Como un “niño bien” gaditano, de entonces y ahora, estudió en el colegio San Felipe Neri. Uno de los más prestigiosos y caros del país. Después marchó a Inglaterra, durante cuatro o cinco años, para iniciarse en las artes mercantiles. Una fuerte impresión tuvo que causarle vivir en la fábrica del mundo, con sus enormes contrastes entre el capitalismo explotador y, a la vez, la tierra de algunos de los teóricos socialistas más influyentes. Uno de ellos fue Thomas Paine que le dio el gusto por la acción y el internacionalismo. Otro Robert Owen que inspiró su colectivismo. Finalmente, Charles Bradlaugh le hizo ateo. “Lo demás vino solo”, escribió.

Cuando regresó a Cádiz se reincorporó al negocio familiar y comenzó a frecuentar los círculos demócratas. Los burgueses “progres” de la época. Nada extraño en una ciudad en la que era notorio el descontento de su burguesía con la monarquía.  En 1865 era  vocal de su junta. Se adhirieron a las conspiraciones contra Isabel II. Ayudó a los desterrados que pasaban hacia América y realizó labores de enlace. El 19 de septiembre de 1868 Cádiz se sublevó al grito de “¡Viva España con honra!”. Salvochea tuvo que demostrar su capacidad y gusto por la acción porque fue nombrado segundo jefe de uno de los batallones de “Voluntarios de la Libertad”. La fuerza armada de los revolucionarios. Pronto comprobaron que sus objetivos no eran asumidos por el nuevo gobierno. Si los intereses de la burguesía gaditana no eran satisfechos, menos aún lo fueron los de las clases populares. La tensión estalló en diciembre cuando se ordenó la entrega de las armas en poder de paisanos. La milicia gaditana se negó y comenzaron los enfrentamientos. La ciudad estuvo en manos de una Junta Revolucionaria hasta la llegada de tropas gubernamentales el domingo 13. Fue el momento en el que comenzó a forjarse su prestigio como hombre consecuente.

Salvochea estuvo al mando de las fuerzas ciudadanas y reivindicó su responsabilidad dirigente. Una actitud que tuvo repercusión nacional. También se publicaron noticias sobre su prudencia que había salvado “derechos e intereses”. Cuando fue interrogado y le preguntaron por su religión, respondió que sólo tenía la de hacer “el bien”, se negó a delatar a sus compañeros e insistió en su dirección de la defensa. Fue condenado a 30 años de destierro en Ultramar. Su fama le llevó a ser elegido diputado. ¿Podía un procesado, aunque fuera por un delito político, ocupar un escaño? Las opiniones fueron encontradas y su popularidad aumentó. No ocupó el escaño, aunque tampoco fue enviado a las colonias. Su imagen heroica quedó fijada y en los mitines se exhibía su retrato entre ovaciones. Recobró la libertad, por una amnistía, en mayo. Durante los meses siguientes, Salvochea participó en la organización del Partido Federal.

En diciembre de 1869 las autoridades intentaron de nuevo desarmar a las milicias. Numerosos grupos se echaran al campo en diferentes zonas del país. En Cádiz lo hizo Salvochea. Perseguidos por tropas gubernamentales, marcharon hacia la sierra. Fueron derrotados y se dirigió hacia Gibraltar. Después se instaló en París. En diciembre, junto otros refugiados, fue expulsado por las autoridades francesas. Primero estuvo en Ginebra y después en Tánger, en donde permaneció hasta su regreso a España en la primavera de 1870. En Cádiz continuó militando en el Partido Federal. En 1871 ingresó en la Internacional. Comenzaba a “desclasarse” y de “héroe burgués” daba los primeros pasos para serlo también del proletariado. En febrero de 1873 se proclamó la I República. Unas semanas más tarde se celebraron elecciones municipales y alcanzó la alcaldía. Su mandato duró unos pocos meses: de marzo a agosto. Tiempo suficiente para laicizar la enseñanza, secularizar el cementerio, derruir viejos conventos, cuyos solares convirtió  en plazas y centros culturales, y armar a la milicia municipal.

El 12 de julio Cartagena proclamó el Cantón. El 19 se constituyó en Cádiz con el concurso de republicanos y obreros. El 3 de agosto los cónsules se hicieron cargo de la ciudad. Como en 1868, Salvochea no huyó. Fue detenido, encarcelado y procesado.  En febrero de 1874 fue condenado a prisión perpetua y enviado a los penales norteafricanos donde pasó los seis años siguientes. Sus estancias en prisión, ésta y la posterior, son claves para la construcción de su leyenda. Sus casi dieciocho años encarcelado se convirtieron en una muestra del coste de la acción individual. Una acción en la que la coherencia personal tenía un especial protagonismo. Las gestiones por conseguir su indulto fueron constantes. Todas chocaron con su negativa a firmar la solicitud. El gobierno, en enero de 1882, publicó su indulto. Pero se negó a aceptarlo por considerar que su prisión se debía a la razón de la fuerza y no a la fuerza de la razón. En mayo se fugó y embarcó en Gibraltar con destino a Marsella. Comenzaba su segundo exilio.

En París estuvo dos semanas. Después marchó a Londres. Paul Lafargue escribió a Engels informándole de la llegada de Salvochea. Se decía anarquista. Aunque creía que, ante todo, era un hombre de acción. Tampoco fue muy larga su estancia en tierras inglesas. Unas semanas más tarde estaba en Portugal, en el Algarve, un lugar cercano a la frontera. La reorganización obrera era vertiginosa y las conspiraciones republicanas se sucedían. Las autoridades españolas pidieron a sus homólogas lusas que le libraran de su presencia. En agosto de 1883 fue detenido y ordenada su expulsión a Mesina, en la Calabria italiana. Logró desembarcar en Orán y de allí se trasladó a la ciudad costera de Ghazaouet. Las autoridades francesas lo dejaron estar. Poco aguantó Salvochea en un lugar donde la explotación colonial se mostraba con toda su crudeza bajo el lema de “libertad, igualdad y fraternidad”. Terminó dirigiéndose a Tánger. Allí se publicaba un periódico, Al-Moghreb Al-Aksa en el que comenzó a colaborar. Durante 1885 se le relacionó con diversas conspiraciones. Las autoridades francesas pensaban que pertenecía a un Comité de Acción Revolucionaria formado en París. No regresó a España hasta la muerte de Alfonso XII cuando se promulgó una amplia amnistía en diciembre.

Unos días más tarde estaba en Cádiz. Regresaba un hombre maduro que había pasado nueve años de presidio, otros tres de exilio y se proclamaba anarquista. Dos meses más tarde, en febrero de 1886, apareció El Socialismo. Un quincenal destinado a reorganizar el obrerismo gaditano y a publicar numerosos  artículos de los más importantes ideólogos radicales europeos como Pedro Kropotkin. Si el nuevo periódico indicaba el compromiso libertario de Salvochea, hubo otro indicio de la ruptura total con su militancia política. En 1886 los federales decidieron participar en las elecciones y los gaditanos le pidieron que encabezara su candidatura. Les respondió: “no se puede esperar nada de la política”. El único camino para la emancipación de los trabajadores era el de “la transformación de la propiedad privada en colectiva para impedir así la explotación de clase y la lucha de todos contra todos”. Había completado su desclasamiento. Ya se consideraba miembro del mundo obrero.

Aunque hombre ya mayor continuaba vigilado por las autoridades. Su pasado, las evocaciones que levantaba y su ejemplo personal le convertían en una peligrosa referencia. En campo abonado cayó la semilla de la convocatoria del 1º de mayo de 1890. Le costaría otros nueve años de prisión. En muchas ciudades españolas hubo huelgas y manifestaciones. En Cádiz intervino Salvochea quien insistió en que el obrero era un nuevo esclavo. Para defenderse debía asociarse y propagar el colectivismo. Finalmente propuso que la huelga fuera indefinida. El éxito de la jornada hizo saltar las alarmas. Se reproducía la situación de más de un lustro antes. Cuando hubo que recurrir a la invención de “La Mano Negra” para desarticular al obrerismo que se extendía.

El cerco a Salvochea se estrechó. Cuando se acercó la segunda convocatoria ya estaba decidido quitarlo de circulación. La noche de 29 de abril la policía entró en la redacción de El Socialismo. Estaba preparada la edición de un suplemento especial. Una hoja titulada “La Piqueta” en el que se aconsejaba utilizar ese instrumento para demoler el edificio social para levantar uno nuevo. La intimidación de las autoridades se completó con la declaración del estado de alarma. Aun así hubo una manifestación que recorrió diversas calles hasta que la Guardia Civil la disolvió. Desde la cárcel, Salvochea afirmó que el miedo de la burguesía le hacía utilizar la razón de la fuerza. A mediados de junio fue puesto en libertad. No lo estaría por mucho tiempo. En agosto fue detenido acusado de posesión de explosivos. Desde hacía unas semanas habían explotado petardos en la ciudad. Salvochea negó que tuviera algo que ver con las explosiones y aseguró que los había puesto la misma policía.

Fue procesado por el artículo del periódico,  por convocatoria de manifestación ilegal y por tenencia de explosivos. Después, les añadieron otros dos por desacato a los jueces. Finalmente, en enero de 1892 se le incluyó, como autor intelectual, en el consejo de guerra abierto por los sucesos ocurridos en Jerez. Ante el cerco judicial, Salvochea rechazó a una justicia que no creía legítima. Se negó a nombrar defensor y a declarar. Los procesos, celebrados entre diciembre de 1891 y febrero de 1893, fueron seguidos por un público expectante que llenó la sala de audiencias del palacio de justicia gaditano y las calles cercanas. La figura del alcalde republicano seguía despertando pasiones y simpatía. Salvochea fue condenado en el segundo consejo de guerra contra los acusados del asalto campesino a Jerez de enero de 1892. El primero llevó al garrote a cuatro de los acusados. También ahora hubo penas ejemplares. Salvochea fue condenado a doce años y enviado al penal de Valladolid a donde llegó a principios de octubre de 1893. Su estado físico no era bueno: tenía diversos herpes y el frío castellano le hacía mella.

A los pocos días toda la prensa nacional recogió la noticia de que había intentado suicidarse. Se había negado a ir a misa. Fue encerrado en un calabozo. En el suelo, envuelto en una manta, en un gran charco de sangre lo encontraron cuando se pasó revista. Este episodio terminaría formando parte de su leyenda al atribuirse su salvación a que el frío había coagulado la sangre. Había tocado fondo. Tenía una larga condena por delante, su estado físico era malo, se abría un largo periodo de pacificación política con el obrerismo desarticulado y sus viejos compañeros republicanos en la marginalidad. Además estaba la implacable persecución del mundo anarquista al que se le relacionaba en su conjunto con el terrorismo. Su figura prácticamente desapareció de la opinión pública hasta 1898.

En enero de 1899 se dictó un indulto parcial. Salvochea estuvo entre los beneficiados. El 4 de abril abandonó la prisión de Valladolid hacia Madrid. Al día siguiente cogió el tren para Cádiz. Le esperaba una triunfal recepción. Su vuelta levantó la preocupación de las clases empresariales que temían que su figura revitalizara al obrerismo. Acababa de cumplir 57 años y regresaba envejecido y enfermo. Durante unas semanas se dedicó a descansar, retomar el contacto con viejas amistades y a encontrar trabajo. Es posible que detrás de esta necesidad estuviera su pronto regreso a Madrid a comienzos de mayo.

Alejandro Lerroux le ayudó a montar un gimnasio que tuvo una corta existencia. Hasta su muerte vivió de trabajos en la prensa. Su tarea consistía fundamentalmente en traducciones o corrección de noticias de agencias. Otras fuentes de ingresos fueron las traducciones de cartas comerciales para la casa gaditana Mcpherson y la representación de vinos de la bodega de Agustín Blázquez. Colaboró habitualmente con la prensa anarquista. En especial en La Revista Blanca que editaba Federico Urales. Fue allí donde editó, en 1900, el folleto antimilitarista La contribución de sangre. Continuó con la costumbre de participar en tertulias, perteneció a la Sociedad de Oficios Varios del Centro Obrero Federal y asistió al segundo congreso de la Federación de Sociedades de Resistencia de la Región Española.

No dejó de viajar a Cádiz. En octubre de 1900, recogió un bastón que, por suscripción entre sus afiliados, le regalaron las sociedades obreras de la ciudad. En 1901 presidió el entierro civil de Francisco Salas, un pintor que se había suicidado y en marzo hubo  rumores de que se disponía a intervenir en la preparación del 1º de mayo en la ciudad. Fuera porque le presionaran las autoridades o porque considerara que su estancia en Cádiz, quizás por asuntos familiares, tocaba a su fin, el caso es que a principios de abril partió hacia Madrid. No volvió hasta noviembre de 1902.

Las autoridades madrileñas no le perdieron de vista. Le vigilaron estrechamente. El gaditano no dejaba de ser una referencia tanto para republicanos como anarquistas. Además estaba en todas las salsas. Una de ellas fue el llamado “complot de la coronación” que fue una maniobra policial para retirar de la circulación a algunos anarquistas. En septiembre sintió más cercano el aliento de las autoridades. En un mitin pro-presos propuso que no se disolviera hasta que hubieran sido puestos en libertad. Fue denunciado. Además, asistía al centro obrero y continuaba acudiendo a  manifestaciones. Con sesenta años de la época seguía siendo un incordio cuando el movimiento obrero volvía a agitarse. Por otra parte, es posible que sus problemas físicos aumentaran. También, que la situación de su madre requiriera una mayor cercanía. El caso es que en el otoño de 1902 Salvochea regresó a Cádiz. Esta vez definitivamente hasta su muerte.

En Cádiz se incorporó a la comisión pro-Escuela laica, a las tertulias de Paúl y Picardo en calle Cristóbal Colón y continuó frecuentando los círculos obreros. Incluso vivió un último exilio por un delito de prensa. Posiblemente por una hoja distribuida durante la huelga de panaderos de diciembre de 1902 o la del astillero de febrero de 1903. En agosto de 1904 estaba en Tánger. No sabemos cuándo regresó a Cádiz. Tuvo que hacerlo durante 1905. En una revista cubana apareció, en enero de 1906, un artículo de un colaborador que le visitó. La descripción que hizo de la persona de Salvochea fue la de un anciano vestido como un obrero pobre y con signos físicos de sufrir privaciones. Comenzaba a ser pasado.

Su actividad escrita se fue espaciando. A finales de 1902 dejó de colaborar con La Revista Blanca. Sus últimos artículos conocidos los publicó en el diario madrileño El País en mayo y agosto de 1903. Después, que sepamos hasta el momento, el silencio. Desapareció de la opinión pública y no volvería hasta su muerte. El viernes 27 de septiembre de 1907 la noticia corrió como la pólvora por Cádiz: había muerto Salvochea. En su testamento consta que donaba su cadáver a la facultad de medicina. Voluntad que no se cumplió.

Se convirtió rápidamente en un mito. Todavía vivo habían aparecido relatos en los que se forjaría. Sus casi dieciocho años de prisión eran una muestra del coste de la acción que impregnó toda su vida y sintetizaba las virtudes del revolucionario. Los republicanos hicieron de él un ídolo, un “glorioso visionario”, un “hombre injustamente perseguido, de carácter noble”, un “apóstol”, un “santo laico”, austero, librepensador y querido por todos. También para los anarquistas se convirtió en una leyenda. Le presentaban como un “héroe moderno” que luchó por la causa del pueblo, que denunció la perversidad de la propiedad y el simulacro de la justicia burguesa, que difundió las virtudes del comunismo libertario y de la necesidad de la igualdad económica para establecer la fraternidad entre los hombres. Ponían el acento tanto en el aspecto humano como en el revolucionario. Fue “un Quijote de carne y hueso”.

El cemento que fraguó la visión interclasista está en su pensamiento basado en una corta serie de principios. Defraudado por el parlamentarismo, cifró su esperanza en una revolución social que terminara con la explotación, la esclavitud y los privilegios y levantara otra nueva sociedad inspirada en el Comunismo, la Anarquía y la Fraternidad. También su gusto por la acción le hacía especialmente atractivo. Así que no extraña que su mito se construyera en torno a lo que hizo, a su coherencia y sus acciones en “La Gloriosa”, durante el cantón, ante los jueces, en el presidio o en su austeridad. El gaditano es “un testimonio de su tiempo”. Al que todos pueden reconocer. Fue uno de esos hombres capaces de “ir a por todo” si era necesario. La acción es capaz de hacer frente al dinero, de atemorizar al opresor y de transformar al obrero sumiso en “consciente”.

Una gran parte del pueblo gaditano lo ha hecho suyo y mira a su figura como un elemento identificativo con expresiones como las coplas de carnaval e, incluso, la santería. De un tiempo a esta parte, ha surgido una corriente que arrima su figura a su “ascua”. Hasta hacerlo “diputado provincial honorario”. Unos hacen hincapié en su radical republicanismo federal. Otros destacan su figura de hombre “bueno”. De la persona que se arruinó, la que nunca descargó sus responsabilidades en otros y acompañaba, a pesar de su ateismo, a su madre a la puerta de la iglesia.

Sin embargo, más allá de estas mistificaciones Salvochea, es un militante representativo del anarquismo decimonónico andaluz. Su militancia anarquista apenas se nombra salvo, como estas semanas, si no es para relacionarlo con el terrorismo. Pero es lo que le caracteriza. El anarquista que cree que el capitalismo no es muy diferente a una sociedad caníbal y que la acción transciende al individuo. Es el hombre, en toda su complejidad, quien protagonizará el cambio social. Su irreligiosidad es radical, no sólo librepensadora. Frente a las patrias de campanario, nos habla del internacionalismo, que el mundo es la patria de los hombres. Su antimilitarismo no era sólo de oposición a la contribución obligatoria de sangre, sino a la existencia de cualquier tipo de ejército. Su compromiso con el mundo obrero fue mucho más allá de apoyar reivindicaciones laborales. Por eso pudo escribir que si se mirasen al microscopio las joyas que lucía la burguesía se verían que, en ellas, estaban los glóbulos rojos que faltaban en la sangre de los trabajadores. Algo tan presente en su época como hoy.


Fuente: José Luis Gutiérrez Molina