El capitalismo se encuentra sumergido en una crisis extremadamente grave. No se trata de una recesión habitual del sistema, una especie de "gripe histórica". Esta crisis es fruto de la confluencia de numerosas contradicciones y antagonismos. Entre las más importantes, la contradicción de querer rebajar los salarios y vender el máximo de mercancías; la contradicción entre la internacionalización de la economía y la imposibilidad de formar un gobierno mundial entre Estados rivales; entre el carácter social de la economía y la propiedad privada de los medios de producción; el antagonismo entre el incremento constante de la producción y los límites del planeta, etc.

El sistema capitalista es incapaz de resolver estos problemas; al contrario, los agudiza, dificultando cada vez más su resolución. Los ejemplos son múltiples.

El sistema capitalista es incapaz de resolver estos problemas; al contrario, los agudiza, dificultando cada vez más su resolución. Los ejemplos son múltiples. El endeudamiento como «solución» a la contradicción entre la reducción de la renta salarial en el PIB y la venta de una masa creciente de mercancías, condujo a la crisis financiera de 2008; el rescate de los bancos por los Estados se ha traducido en la crisis de la deuda; las políticas de austeridad adoptadas para salir de la crisis transforman la recesión en depresión; el desplazamiento del centro de gravedad capitalista hacia los países asiáticos con salarios bajos agudiza las rivalidades inter-imperialistas que complican aún más la «gobernanza mundial»; los intentos de controlar la crisis ecológica adjudicando un precio a los recursos naturales refuerza la apropiación de la naturaleza por el capital…y, por lo tanto, su destrucción, etc.

Esta crisis arrastra a la humanidad hacia una desigualdad creciente, una gran miseria, un paro masivo y crónico, intensifica la explotación en los centros de trabajo y agudiza la discriminación de los oprimidos, en especial de las mujeres. Las catástrofes medioambientales incrementarán el caos y agravarán las injusticias. Las derivas autoritarias serán cada vez más patentes, se reforzará el nacionalismo y el racismo, se agudizarán los riesgos de guerra…

La vía muerta de la «reactivación económica»

Nada peor para evitar estos peligros que apostar por un cambio en la política capitalista. Un capitalismo neo-keynesiano, más ecológico y mas «social», no deja de ser una ilusión. Cambiar de modelo exigiría confrontar con las finanzas y los trust que explotan las energías fósiles o que dependen de ellas, con la consiguiente caída de la tasa de beneficio. Algo inconcebible para los capitalistas. De ahí que la burguesía no tiene otra solución que seguir apostando por sus políticas neoliberales. Afirma que lo hace porque no se puede actuar contra las imponderables leyes económicas, pero su opción es política. Es una opción de clase, cínica y cruel.

El ejemplo de la Unión Europea es esclarecedor: como las economías de la zona euro venden el 80% de su producción en el seno de la Unión Europea, sería posible plantearse una política de grandes obras públicas ecológicas, creadoras de empleo. Pero las finanzas no lo quieren y los gobiernos cómplices no persiguen más que un objetivo: acabar con lo que resta de derechos sociales. Para hacerlo, necesitan poner fin a cualquier tipo de resistencia y debilitar a quienes no acepten su juego.

El frente sindical común (CSC y FTGB) exige un «plan de reactivación con empleos de calidad». Se trata de una vía muerta. De entrada, porque «crear empleos de calidad» resulta una fórmula ambigua: sería más adecuado exigir acabar con el paro estructural masivo (23 millones de personas en la UE); pero, sobre todo, porque no es posible ninguna política de empleo, digna de ese nombre, sin romper con las finanzas. Las finanzas no invierten si la rentabilidad no alcanza el 11% o más: prefieren especular.

Quebrar las finanzas

Para quebrar las finanzas es necesario nacionalizar el sector crediticio (sin compensación o reembolso alguno a los grandes accionistas) poniéndolo al servicio de la colectividad. Se dirá que, en la actual relación de fuerzas, esta reivindicación no es alcanzable. Cierto, pero es preciso plantearla y popularizarla. El mundo del trabajo percibe bien que los bancos ejercen una dictadura social y política, convirtiendo la democracia representativa en papel mojado. Es necesario que traduzcamos esta indignación contra los banqueros en revuelta social.

«Allí donde existe la voluntad, existe el camino» decía Lenin. Si el movimiento sindical se lo plantea, puede ganar a la mayoría de la sociedad a la idea de que el crédito es un bien común, un servicio público. ¿Cómo hacerlo? Mediante una campaña de denuncia del robo organizado por los financieros y la movilización en torno a reivindicaciones inmediatas. A este respecto, la tabla reivindicativa de los sindicatos, planteando una «regulación reforzada y efectiva del mundo financiero y bancario» es totalmente insuficiente. Es preciso ser mucho más concretos: prohibir los fondos especulativos y la titularización de los activos, establecer el control de los movimientos de capitales y un impuesto sobre las transacciones financieras, prohibir definitivamente (no sólo por seis meses) las ventas a corto que permiten especular con los títulos, suprimir los paraísos fiscales, etc.

Crear puentes

La denuncia de la deuda ilegítima es la reivindicación clave para crear puentes entre estas reivindicaciones inmediatas y la nacionalización del crédito. Desde 2008, el Estado [belga] ha rescatado Fortis, Dexia, etc. Este rescate no ha hecho sino transformar en deuda pública las deudas privadas que los capitalistas no quieren pagar. Según el Tribunal de Cuentas, la colectividad ha perdido 17.000 millones de euros. Ahora bien, el problema acaba hay: las garantías públicas otorgadas a los bancos (en relación a sus títulos tóxicos) se cifran en 130.000 millones (40% del PIB). La consecuencia de ello es clara: incremento de la deuda, caída de la nota de Bélgica e incremento de las tasas de interés.

Frente a ello, el frente sindical reivindica medidas tendentes a una «mayor participación de las fortunas, las rentas mobiliarias y las empresas». De acuerdo, pero los propietarios de las fortunas son los primeros acreedores del Estado, así que, lo que se está planteando es tomar el dinero de los ricos para devolvérselo. Un absurdo.

Es preciso distinguir dos cosas:

1. Los impuestos sobre las fortunas. Estos impuestos han de servir para satisfacer necesidades sociales y ecológicas, refinanciando los servicios públicos y la enseñanza;

2. La deuda. Hay que auditarla, anular las deudas ilegítimas y, mientras tanto, decretar la moratoria su pago.

Los sindicatos, gracias a su implantación en el sector de la banca, disponen de los instrumentos necesarios para realizar esta auditoría de la deuda. Ello mostraría a la gente, de forma concreta, cómo está desplumada por esos bandidos con corbata que cuentan con la complicidad del gobierno. Haciéndolo así, la nacionalización del crédito ya no aparecerá como un antojo «ideológico» sino como una necesidad evidente, tanto por razones económicas, como políticas y éticas.

Este mismo enfoque se puede aplicar para ganar a la mayoría social a la idea de que la energía es un bien común y que el sector energético ha de ser nacionalizado en interés de la colectividad, del empleo y del medioambiente, así como de las condiciones de existencia de las generaciones futuras.

Reducir el tiempo de trabajo

El tema medioambiental también pone sobre el tapete una razón de más por la que los sindicatos se equivocan cuando plantean un «plan de reactivación»: la crisis ecológica. En efecto, reactivar el capitalismo supone, de forma inevitable, reactivar la rapiña de recursos tales como los combustibles fósiles que constituyen la principal causa del cambio climático. Como estos combustibles cubren el 80% de las necesidades energéticas y la energía nuclear no es una alternativa (¡Fukushima!), no hay vuelta de hoja: en lugar de pensar en la reactivación de la economía mercantil, el movimiento sindical debería inscribirse en la perspectiva de una economía que produzca en función de las necesidades sociales democráticamente determinadas y respetando los límites naturales.

Las terribles consecuencias del calentamiento climático hacen que esta cuestión adquiera una dimensión social (o ecosocial) crucial, y plantea la urgencia de una alternativa al productivismo capitalista. El movimiento sindical debe de plantear reivindicaciones concretas. La más importante, es la reducción radical del tiempo de trabajo, sin pérdida de salario, con contratos compensatorios y reducción de la cadencia de trabajo. Esta es LA respuesta al proyecto capitalista de prolongar la duración del tiempo de trabajo (semanal, anual o como quieran que sea) y LA demanda ecosocialista por excelencia. Pero la tabla reivindicativa de los sindicatos ni la nombra.

Decía Apollinaire «que había llegado la hora de alumbrar las estrellas». Ha llegado la hora de poner en primer plano reivindicaciones anticapitalistas claves como la nacionalización de la banca y la energía y la reducción de tiempo de trabajo. Ha llegado la hora de definir estrategias para que las masas hagan suyas estas reivindicaciones. Cuando las masas las hagan suyas, se convertirán en fuerzas materiales.

Daniel Tanuro – 9/02/2012
http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article24253
Traducción: VIENTO SUR: http://www.vientosur.info/articulosweb/noticia/index.php?x=4897

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Daniel Tanuro es ingeniero agrónomo, periodista y miembro de la Comisión
de Trabajo sobre Cambio Climático del sindicato belga FGTB


Fuente: Daniel Tanuro