Artículo de Rafael Cid publicado en el número de Enero de Rojo y Negro. La próxima entrega, Anarquismos transitivos II: Indicativo y subjuntivo, aparecerá en la edición de Febrero

(Al rapero cubano Denis Solís, preso por <<desacato>> en la cárcel

de máxima seguridad de Valle Grande, en las afueras de La Habana)

(Al rapero cubano Denis Solís, preso por <<desacato>> en la cárcel

de máxima seguridad de Valle Grande, en las afueras de La Habana)

Anarquista es una manera de estar en el mundo, una forma de entender la vida. En cuanto atributo de la experiencia, solo cabe hablar de anarquismos, plurales en su polisemia. Individuos que se reconocen afines en algunas arqueologías del presente, esos principios renovados. Una perspectiva del común que anhela la existencia auténtica. Sin incurrir en el troquel monopolizador de un colectivismo que refuta lo colectivo integrador igual que la unicidad a la unidad. Nosotros cambiamos habitando en el mundo, pero a su vez el mundo cambia por nosotros. Lo subjetivo y lo objetivo como encrucijada existencial, socialización y transformación en interacción bypass. Harina de otro costal es valorar hasta qué punto los libertarios influimos hoy en este proceso mestizo. En el año que acabamos de dejar atrás en el calendario, sin superarlo por la pandemia, diferentes personalidades del nomadismo ácrata han reflexionado sobre nuestro avatar. Son lecturas concurrentes que pueden resultar esclarecedoras para afrontar la mutación epocal del siglo XXI.

El primer trabajo que citaré, es el del profesor de la universidad de Newcastle (Australia) Simón Springer, publicado en un reciente número 102 de la revista Libre Pensamiento con el título Comprender la geografía anarquista (http://librepensamiento.org/wp-content/uploads/2020/05/LP-N%C2%BA-102.pdf#new_tab). Es un texto de marcado carácter posibilista, que trata de resignificar al anarquismo en la tradición del humanismo emancipatorio, rechazando como deformaciones del ideal otras consideraciones menos complacientes. El párrafo que sirve para encabezar el artículo es un excelente resumen de su tesis: <<El anarquismo siempre se ha malinterpretado. Lejos de representar la violencia y el caos, el anarquismo es una praxis que se centra en las formas de organización social no jerárquicas y en la práctica del apoyo mutuo, implementadas en las políticas cotidianas de la acción directa, el asociacionismo voluntario y la autogestión. Caricaturizado a veces como ideología exclusivamente preocupada por la destrucción del Estado, el poder de las geografías anarquistas reside en su carácter holístico. Desde estos planteamientos, se renuncia a dar prioridad a cualquiera de los aparatos de dominación que encorsetan nuestras vidas, pues unos y otros no son enteramente coincidentes (sic). El anarquismo es una lucha contra todas las formas de opresión y explotación. Es un proceso proteico y multiforme que tiene un carácter marcadamente geográfico>>.

A los efectos de su análisis me gustaría resaltar algunos de los términos utilizados en tan vehemente declaración. Por fas y por nefas, habla Springer de <<malinterpretado>>, <<caricatura>>, <<praxis>>, <<holístico>> y <<carácter marcadamente geográfico>>. Lo que abundaría en la autonomía de quienes subscriben los planteamientos antiautoritarios como su manera de <<estar en el mundo>>; su rango aglutinante y no monadístico; y su arraigo en la polis como espacio de experimentación política. Aparte de negar virtualidad a las críticas que resaltan en el anarquismo un presunto gradiente de <<violencia>>; de <<caos>>; o de fetichización por <<la destrucción del Estado>>, quizá porque el elenco implica necesariamente actitudes impositivas y de dominación. Y si en su personalización añadimos que se trata de un proceso <<proteico>>, con lo de cambio de opiniones y afectos que el enunciado conlleva, parece obvio que deberíamos hablar de anarquismos en movimiento (Ibáñez dixit) como adaptación al medio (geográfico, histórico, sociológico, cultural, etc.), más que de anarquismo a carta cabal.

Así constatado, parece lógico que este autor admita un sesgo visionario en el anarquismo que, al contrario de otras ideologías presas del rigorismo intelectual, viene compensado por el hecho de su mutualización con el entorno:<< […] el anarquismo habita en la organización y creación de relaciones sociales que pugnan por reflejar la sociedad que se quiere construir […] Prefigurar es crear una sociedad nueva en el cascarón de la vieja. […] De esta manera, cabe definir las geografías anarquistas como especialidades caleidoscópicas en las que se pueden establecer vínculos múltiples, no jerárquicos, proteicos, entre entidades autónomas, en la que las solidaridades, los lazos y las afinidades se construyan voluntariamente, libres de y en oposición a la presencia de la violencia soberana, las normas predeterminadas y las entidades impuestas>>. Todo ello habiendo dejado claro que <<la prefiguración no se debe confundir con la predeterminación>>.

A riesgo de convertir esta recensión de parte en una especie de corta y pega, considero que el acierto de Springer radica en contraponer el imaginario geográfico del anarquismo (su inscripción terrícola) al <<imaginario industrial>> promovido por el marxismo, volátil por su propia naturaleza. Lo que él denomina <<el registro arqueológico>>, incidiendo, con el antropólogo Gregory Bateson, en que <<el mapa no es el territorio>>. <<Ponían énfasis [las ideas anarquistas] en la organización descentralizada, en la vida rural, la agricultura y la producción local, que tenía que satisfacer la auto-suficiencia y hacer desaparecer la necesidad de un gobierno central. El planteamiento anarquista se anclada también en una visión de la historia influenciada por el registro arqueológico, en particular aquel que ilumina los estadios más tempranos de las sociedades humanas, cuando estas se establecieron sin ningún tipo de autoridad institucionalizada conforme a modelos que excluían la existencia de forma de vida coercitivas>>.

Pero esa perspectiva contrafáctica, cuyo talón de Aquiles vendría de una cierta impregnación bucólica y adanista, es rectificada al incardinar ese <<estar en el mundo>> en la experiencia presencial, <<la propaganda por el hecho>> seriamente considerada. Porque intuye que la estrategia <<para romper las cadenas de la coerción y de la explotación>> compete a actos cotidianos de resistencia y cooperación. Suerte de bricolaje emancipador que va desde los servicios de cuidados a las redes de aprendizaje, pasando por las huelgas autárquicas y las organizaciones inquilinos o el hackeo colectivo, todas ellas <<formas no alienadas de acción a nuestro alrededor>>. Y aquí insiste en una línea de pensamiento transitada por otros colegas suyos en orden a configurar una arqueología del presente del cosmos libertario. En resumidas y holísticas cuentas, y así concluye su aportación Springer, porque <<el anarquismo está en todas partes>>. Sentencia que recuerda a aquella otra del último feminismo <<lo personal es político>>.

En este orden de cosas, resulta igualmente estimulante la última contribución al debate hecha por Tomás Ibáñez, otro destacado militante del dasein libertario, con el texto Anarquismo existencial, publicado en distintos medios digitales por la mismas fechas (https://rojoynegro.info/articulo/ideas/anarquismo-existencial).No solo porque enriquece lo expresado más arriba por Springer (tanto monta monta tanto), sino y sobre todo porque el autor de Anarquismo es movimiento y Contra la dominación profundiza en la vertiente existencial del anarquismo. Hasta el extremo de sostener que <<renunciar a ese componente es, en buena medida, renunciar al propio anarquismo>>. Coloca así Ibáñez la problemática de una existencia auténtica (sin interferencias castradoras ni delegaciones vampirizantes) en el epicentro del ser o no ser de los anarquismos. Lo que no quiere decir que se postule un anarquismo de interiores o de clausura. Muy al contrario, sería un asidero esencial para la imprescindible polinización libertaria.

El anarquismo <<social>> y anarquismo <<estilo de vida>> no son incompatibles sino complementarios e interactivos. Se retroalimentan en cuanto binomio. Buscar en su conjunción e interdependencia una dicotomía, conlleva empobrecer el discurso anarquista. Igual que sucede en las narraciones interesadas que ofrecen un antagonismo entre libertad e igualdad, olvidando que ambos son brazos de una misma balanza que tiene por fiel la solidaridad. Y dado que <<en el plano teórico el anarquismo procede a una crítica radical de la dominación>>, nada más consecuente que trascender de la tradicional cuota de <<grupos de afinidad>>, a veces casi tribales, alentando <<un tejido relacional en las prácticas colectivas y en las luchas comunes>> que empatice con tantas personas que son anarquistas <<sin saberlo>>. Sobre todo como método para exorcizar los dispositivos de dominación que, en la versión de Ibáñez, <<saturan la vida cotidiana>>.

Esta desinhibición del númerus clausus supone reconocer al anarquismo como <<antídoto contra la uniformidad>>, resaltando lo plural, diverso, polimorfo y las diferencias, sin por ello incurrir en <<desigualdad>>. Se trata, pues, de una existencia propositiva antiautoritaria, que rechaza el ensimismamiento autárquico evitando al mismo tiempo suplantar la identidad. En ese sentido, cabría argumentar, como sostiene Simón Critchley interpretando al Emmanuel Levinas del Otro modo que ser o más allá de la esencia, que <<la soberanía de mi autonomía siempre es usurpada por la experiencia heterónoma de la demanda del otro. El sujeto ético es dividuo>> (La demanda infinita). Tal compromiso vivencial, insertado en la biodiversidad humanista, <<explicaría que el anarquismo sea mucho más receptivo a las llamadas a la revuelta que a los proyectos de revolución>>. De creer a Max Stirner, además, esa prevalencia sería más contundente en la apuesta contra la dominación, dado que <<la revolución no va dirigida contra el orden en general, sino contra el orden establecido, contra un estado de cosas determinado>> (El único y su propiedad).

Para rematar esta primera entrega, convendría precisar que aquí el término <<arqueología>> (de arché, inicio, y logía, estudio) está pensado en la doble raíz semántica de <<arché>>, que Aristóteles usa para significar a la vez <<comienzo>> y <<dominio>>. Ese troquel uniformador y soberano en un circuito espacio-temporal, de rango epocal, que la voz l<<an-arquía>> (sin arché) busca subvertir para imprimirle un horizonte humanista (Reiner Schürmann, El principio de la anarquía). Una cuestión capital que trasciende de la pura <<genealogía>> y que por su interés y complejidad espero abordar en otro momento. Pues <<toda historia es historia contemporánea porque vive dentro de nosotros>> (Benedetto Croce).

(Nota: Este artículo se ha publicado en el número de Enero de Rojo y Negro. La próxima entrega, Anarquismos transitivos II: Indicativo y subjuntivo, aparecerá en la edición de Febrero)

Rafael Cid


Fuente: Rafael Cid