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Sobre homenajes y esas cosas: destruyendo mitos del pinochetismo

 

Columna de opinión de Felipe Ramírez, militante del Frente de Estudiantes Libertarios (FEL) y secretario general de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECH).
Mucho se ha dicho en los últimos días a partir del intento de homenaje al dictador Pinochet por parte de un grupo de nostálgicos adherentes. Los pocos partidarios que le quedan al dictador intentaron una operación negacionista de última hora para salvar su imagen.



De esta manera, pretenden borrar su legado de violación, asesinato, desaparición, tortura y exilio para imponer un sistema económico, político y social profundamente injusto y hecho a la medida de los empresarios, y que es combatido por distintas franjas del pueblo a lo largo del país.

El desesperado intento por rescatar la imagen deslucida de un tirano rechazado por sus herederos, estuvo teñido de evocaciones al patriotismo y a las fuerzas armadas y de orden como símbolos de la obra del régimen que durante 17 años sumió al país en las tinieblas del terrorismo de Estado. Sin embargo, cabe preguntarse si estos dos mitos sobre los que se levanta el discurso pinochetista son reales. ¿Fue la dictadura un gobierno “patriota” y obra del conjunto de las fuerzas armadas? Ni lo uno, ni lo otro. La dictadura traicionó de la forma más completa al país vendiéndolo al mejor postor, mientras atacó con todas sus fuerzas a quienes desde el interior del ejército, las policías, la marina o la fuerza aérea, podían no estar de acuerdo con la traición.

La implementación, a partir de la segunda mitad de los años 70, de una serie de reformas neoliberales que tuvo su punto más alto con la Constitución de 1980, puso al país en las manos de un puñado de grupos empresariales extranjeros. La privatización sucesiva de las diferentes empresas estatales y la progresiva concentración de los medios de producción permitió que Chile fuera rápidamente vendido, respondiendo el conjunto de su legislación a las necesidades de maximizar sus ganancias en contraposición a las necesidades de las mayorías.

El código laboral de José Piñera, la concentración y protección de los medios de comunicación de la derecha, la destrucción de las organizaciones sociales y sindicales, así como la represión sistemática de la oposición, la Constitución de 1980, la transformación radical de la educación chilena (municipalización, auge del sector privado, destrucción de las Universidades estatales) entre otras apuestas, configuraron un escenario en el que difícilmente se puede calificar de “patriota” a sus autores.

La soberanía popular fue rematada públicamente, entregándole el gobierno a los capitales extranjeros la potestad de decidir respecto a las políticas internas del país. Grecia demuestra lo que pasa cuando priman los intereses del mercado y los empresarios por sobre los de los trabajadores, de la mano de las descaradas amenazas de instancias supranacionales como la Unión Europea o el FMI ante el posible triunfo de la izquierda radical en las nuevas elecciones de este fin de semana.

Desmontado de esta forma el carácter supuestamente patriota de la dictadura, queda otro mito sobre el que se ha construido la identidad pinochetista. Este dicta que fueron las Fuerzas Armadas en su conjunto las que se levantaron ese 11 de septiembre en contra del gobierno constitucional. Una acción que tuvo como consecuencia la destrucción de una tradición de lucha progresista al interior de las FF.AA. que tuvo como antecedentes, desde la fidelidad del ejército al gobierno de Balmaceda en la guerra civil de 1891, hasta las luchas de la marinería en 1931 durante la sublevación de Coquimbo y Talcahuano, al papel que los uniformados cumplieron en la república Socialista de los 30 y la lucha antigolpista desarrollada por marineros, carabineros, aviadores, soldados, clases, suboficiales y oficiales durante el gobierno de la Unidad Popular.

Es un hecho que durante los momentos previos al golpe de Estado en 1973, una buena parte de los miembros de las FF.AA. eran o partidarios del gobierno, o se definían a sí mismos como constitucionalistas, en la senda del general Schneider o Prats.

El caso paradigmático es el de los marinos que denunciaron la preparación golpista que realizaba el alto mando de la Armada. Lamentablemente, el gobierno de Allende prefirió abandonar a aquellos valientes, sufriendo prisión y torturas en la base de Talcahuano mientras todos veían que el golpe se acercaba. El ejemplo de la suerte sufrida por los marinos necesariamente tuvo que ser un ejemplo para otros que pudieron estar dispuestos a pasar a los actos, pero que se dieron cuenta que la fidelidad a la Constitución o al programa de la Unidad Popular implicaba verse abandonados por los mismos a quienes intentaban defender.

La posibilidad de lograr demandas básicas, como una alimentación igualitaria, el derecho a no tener que vestir uniforme en la vida civil o el avanzar hacia un escalafón y escuela unificada –que terminara con las diferencias de clase abismales entre los estamentos-, junto a la posibilidad real de muchos uniformados de cursar estudios superiores en instituciones como la Universidad Técnica del Estado, generaron un ambiente proclive hacia el gobierno entre los siempre postergados suboficiales y tropa. Otro factor favorable fue la incorporación de altos oficiales en distintas tareas del gobierno, permitiéndoles empaparse de la realidad vivida por el conjunto de la clase trabajadora a través de planes de desarrollo y del Cuerpo Militar del Trabajo.

De igual forma, el gobierno de la UP apuesta por la participación de militares en las empresas del cobre, acero, energía nuclear y en el consejo de investigación y desarrollo científico, áreas estratégicas del desarrollo nacional, así como centrando esfuerzos para mejorar la posición de empresas como Asmar y Famae, administradas por las Fuerzas Armadas.

Lamentablemente, fue el mismo gobierno quien le cortó las alas a este incipiente movimiento a su favor, liberándoles el camino a los golpistas y traidores, quienes de manera posterior al golpe se ensañaron con sus hermanos de armas. Tal como se relata en el libro “Los que dijeron que NO, historia del movimiento de los marinos antigolpistas”, en la Fuerza Aérea el precio fue altísimo, con 2 generales, 2 coroneles, 4 comandantes y 7 capitanes torturados, algunos muertos, sin contar las bajas sufridas por la tropa debido a la represión.

Entre el Ejército la situación fue peor. El 11 de septiembre renuncian el coronel José Ramos y el mayor Osvaldo Zapata, jefe del estado mayor de inteligencia el primero y edecán de Prats y Pinochet el segundo. Varios oficiales mueren en extrañas circunstancias como el coronel Renato Cantuarias –comandante de la escuela de alta montaña-, y el mayor Iván Lavanderos, quien fue encontrado fallecido luego de liberar a 54 prisioneros de nacionalidad uruguaya. El general Joaquín Lagos pierde su mando en la comandancia de la primera división. Ya en los 2000, oficiales como el coronel Efraín Jaña comandante del regimiento de montaña y Fernando Reveco comandante del regimiento de Calama, el capitán Vergara del regimiento Rancagua, los oficiales Florencio Fuentealba, Héctor González, Rudy Alvarado, Jaime Mires, Patricio Carmona y Manuel Fernández iniciaron acciones en tribunales por asociación ilícita, secuestro y torturas en contra de los golpistas.

Entre la oficialidad de la Armada también caen varios. El almirante Montero, comandante en jefe de esta rama de las FF.AA. fue secuestrado en su casa, mientras los almirantes Arellano, Poblete y el capitán René Durandot fueron excluidos, igual que el teniente Horacio Larraín, y el capitán Gerardo Hiriart, y eso sólo en la oficialidad, pues entre la marinería estaba aún vivo el recuerdo de los marinos presos y torturados en agosto.

En Carabineros el 11 de septiembre el General Director decide presentarse en La Moneda para estar junto al Presidente y se retira sólo luego que el mismo Allende se lo pidiera, mientras que los detectives de Investigaciones destacados en La Moneda se quedaron a resistir el asalto golpista. Los días previos fueron abundantes las escenas de confusión. Desde el capitán de Carabineros que en Valparaíso se acerca al MIR para organizar la resistencia previa al golpe –y que según varias informaciones resiste en la 6ª comisaría del barrio Almendral-, hasta el encuentro, la mañana del 11, de varios dirigentes de izquierda con un marino de guardia en Playa Ancha que les ofrece su fusil como contribución a la resistencia popular.

Resulta evidente, tras todos estos años, que la izquierda en general fue incapaz de responder ante un golpe que todo el mundo veía acercarse. Frente a un golpismo que durante 17 años regalaría el país sin tapujos al capital extranjero disfrazado de un falso patriotismo ni el gobierno pudo reaccionar, atado de manos por un constitucionalismo que permitió la tortura hacia quienes lo defendían. Los partidos de izquierda tampoco hicieron algo diferente, ejemplos claros son el MIR y el PS, que vivían de una fraseología revolucionaria que no tenía ningún correlato con la realidad ni con la aplicación concreta de sus políticas.

Pero no es posible decir, después de todo lo que se sabe, que fueron las Fuerzas Armadas en su conjunto quienes, en “defensa de la patria”, realizaron un golpe de Estado basado en la traición y la cobardía de quienes no pudieron ganar el debate político con argumentos. Fueron cientos o miles quienes, desde el Ejército, la Armada, Carabineros, Investigaciones o la Fuerza Aérea apoyaban al gobierno, o pugnaban por defender la institucionalidad.

Bien lo dijo en esos días M.E., ex militar y padre de un estudiante de la Universidad de Concepción en su carta pública enviada al general Carrasco luego de que militares le reventaran el ojo a su hijo sin provocación tras un acto por los derechos humanos en esa ciudad. Y es que la “Historia tendrá la imperecedera misión de ajusticiar no tan sólo este hecho, sino también los muchos que hoy están configurando un cuadro increíblemente insospechado de acciones contra Chile y su pueblo, en la batalla por su emancipación total que libran los verdaderos chilenos”.

Y hoy, más que nunca, vale la pena recuperar el honor y la valentía de quienes, desde las Fuerzas Armadas, rechazaron la traición, la cobardía y el asesinato, y prefirieron decir que No frente al golpismo criminal. Es fundamental recuperar la portada de la edición del 11 de septiembre de la revista Punto Final, esa que decía fuerte y claro “Soldado, la patria es la clase trabajadora”.

Felipe Ramírez

 

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