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Ivan Prado: Crónicas de un payaso desde Palestina (continuación)

 

Qué débil es el estado que teme a los cirqueros, actrices y payasos.

Qué pobre es el país que combate con misiles poemas y pintadas.

Qué necio es el poder que quiere imponer la cultura del terror ante la cultura de la libertad.

Qué mal gobierno es aquel que gobierna para que unos cuantos disfruten la riqueza de todos.



Qué humanidad podremos construir si la política es sinónimo de corrupción, genocidio y manipulación, si las relaciones internacionales son sinónimo de injusticias internacionales, si las naciones unidas parecen más las naciones jodidas, y opinión pública mundial suena a desinformación masiva mundial.

Quién detendrá este torrente de lágrimas y desesperación sino la gente, autoproclamada Humanidad?

Quién pondrá freno al canibalismo de los mercados sino la conciencia social armada de dignidad y amor?

Quién levantará al caído, quién liberar al preso, quién curará al masacrado?

Quién rescatará al pueblo palestino de este holocausto silencioso y consentido, si no los pueblos del mundo despertando de su largo letargo?

Cuando los más altos fortines caen bajo el peso ineludible de las bombas es el momento de izar la bandera de la fraternidad humana, o dejar paso a la triste ?Longa noite de pedra?

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CRÓNICA CANGREJO, dice de sí misma ser la sexta crónica e intentar servir de enlace:

Empiezo por el final.

Estoy llorando en público como un niño que ha perdido su persona más querida.

Es un círculo de seis hombres y una mujer sentados a la sombra de un árbol milenario. Nos rodean malabares y hormigas rojas, Ramalla, sólo se escuchan los muecines, es ramadán?.Los cuatros hombres miran al suelo, yo también.

En el mismo círculo, instantes previos, ahora es ella quien llora, mi traductora y compañera de vida. Intenta traducir las palabras de los cinco palestinos entre muecas y lágrimas.

Minutos antes, algunas de las frases que se escuchan a la sombra del olivo: ?gracias por estos días?, ?he aprendido que empiezo a sentir cosas dentro?, ? he sentido que he roto el muro dentro de mí?, ?tú ya eres palestino??

(Fundido en negro)

Esa misma mañana, horas antes:

Es el último trainer de esta semana. Llegamos puntuales a la cita, pero ellos no. Son cuatro chicos de Yenín y su director Nayef, del Palestinian Circus. Fue con él con quien compartí hermosas experiencias hace dos años en la gira de Pallasos en Rebeldía por Palestina.

Estamos sólos en la sala. Siento que ya no es la misma que los otros días, algo ha cambiado, quizás sea yo. En eso llegan los ?yenin boys? y entre gritos de Habibo lo Bibo y Antonioooo empezamos con las bromas y las confidencias. En cierto momento pongo una canción y empieza la locura, corremos como si la vida se nos fuera en ello, empezamos a sudar, welcome a la alquimia. Nos rompemos por dentro, corremos con los ojos vendados contra el muro interior y exterior, nos abrazamos como si el tiempo todavía no fuera inventado y entonces un mar de tristeza me invade, como si al ponerme el traje de alguien su aroma me envolviese, una tristeza profunda con ganas de salir a la luz y volverse viento.

(Un flash de intenso blanco)

Estoy en Yenín. Todavía la ciudad huele a destrucción y muerte. Las calles recuerdan a un viejo western. Llego a un local social y en lo alto de la escalera, un grupo de adolescentes me está esperando. Parecen más unos macarras de barrio que aprendices de cirqueros. Comienzo fuerte, quiero que vean mi locura y mi energía; dos horas después están subidos encima mía como si nos conociésemos de toda la vida.

Parte de esos chicos de Yenín serán en el futuro los ?yenin boys?

(Fundido en negro... que cierra el ciclo)

Estamos en la terraza de la escuela. Es de noche y el viento se vuelve húmedo y frío como una promesa no cumplida. Estamos de fiesta y yo todavía no sé que en unos días trabajaré con los cuatro chicos de Yenín. Abu se me acerca y me dice: ?he tenido muchos profesores en estos años, pero ninguno me ha llegado tanto como tú?.

Empieza la historia.

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CRÓNICA SIETE- CANGREJO II:

Terraza del hostal evangelista, cañerías a modo de laberinto, cuerdas de tendales y otros obstáculos. No se ve casi nada, hace viento y la noche se ha vuelto húmeda y fría.

Junto a un muro se reúnen al salir la luna los ?yenin boys?. Entre canciones del móvil y cervezas clandestinas se van desgranando historias y sueños.

Llegamos cerca de la medianoche y todavía hay ganas de compartir. Siempre hay ganas de compartir. El tema esta vez es su propia ciudad, Yenín. Quizás la ciudad más castigada durante la Segunda Intifada, donde el poder de Israel ha dejado huella en cada una de sus piedras.

A. comienza su historia como quien habla de unas vacaciones en la montaña. Ha pasado por la cárcel pero su sonrisa veinteañera no puede esconder su vulnerabilidad. Nos cuenta que, cuando era pequeño, él y sus amigos de Yenín sólo tenían una diversión: tirar piedras a los militares israelitas. Apunta que, a veces, alguno de la pandilla moría, pero que estaban tan habituados, que a la semana siguiente volvían a enfrentarse a los tanques.

Sigue contándonos que cuando el ejército sitió la ciudad durante nueve días y nueve noches, descargando misiles y fuego de artillería, su padre lo ?escogió? entre todos sus hijos para que junto al hijo de la otra familia con la que se escondían fueran a buscar víveres por las calles. Volvieron vivos, sí, pero con pocos alimentos (su cara se ensombrece al recordarlo).

N. Continúa el relato, a su manera, con un aire teatral, su primera frase es -te voy a contar una historia- explica como fueron esos nueve días -primero bombardearon el campo de refugiados, después entraron con bulldozers y, cuando ya no quedaba ningún edifico en pié, entraron los soldados para certificar que habían barrido toao esa pequeña ciudad dentro de otra-. Pero... dice N. -Eso no fue lo peor-.

Y sigue -las calles olían a muerte y desesperación, los cuerpos se esparcían entre los escombros...pero eso, Iván, no fue lo peor, el primer día toda la gente estaba encerrada en su casa sin moverse un milímetro de su sitio porque ante cualquier movimiento los francotiradores disparaban a matar- pero apuntilla - Y eso no fue lo peor, tampoco fue lo peor que durante semanas no tuviéramos agua porque los israelitas echaban los cadáveres en el embalse, que durante los siguientes meses el ejército siguiera entrando en la ciudad ordenando el toque de queda durante días, y que sólo pudiésemos salir dos horas a la calle- hace una pausa y repite -tampoco fue lo peor que impidieran entrar a las ambulancias, que no dejaran enterrar a los muertos, pero eso, Iván, no fue lo peor, tampoco lo fue la construcción del Muro, ni perder nuestras tierras, ni siquiera que una generación se quedase sin ir a la escuela.

Lo peor, (y aquí se hace un silencio total), que nos ha pasado es que todo esto lo podemos contar sin llorar, así tan tranquilamente, porque lo que perdimos en aquel ataque no fueron las tierras, ni los muertos, ni las casas, perdimos la capacidad de sentir, de amar, de emocionarnos-.

Cuando N. acaba nadie habla, pasan unos segundos y le miro a los ojos, casi sin voz y con la que me queda bien ronca (después de los entrenamientos de estos días) le digo que: - alguien que ama el circo como lo amáis vosotros, que os esforzáis tanto por entrenar y aprender, que sois capaces de hacer un show como el de esta noche en Nil´in, que os entregáis en cuerpo y alma para que los niños palestinos puedan ver por 1ª vez en su vida un show de circo, no podéis haber perdido la capacidad de sentir y amar.

Me emociono y le digo -Mira N. cuando yo volví por segunda vez a Palestina recuperé la capacidad de confiar en la humanidad porque descubrí en el pueblo palestino una confianza inagotable en el futuro, más allá del exterminio que impone Israel, la existencia del circo palestino, la existencia de gente tan bella y tan noble como vosotros hace que el circo y la cultura sean un lugar, todavía hoy, en el que poder construir nuestros sueños... por eso amo este país-.

Iván prado, Ramala. Séptimo día de Ramadán.

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