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Los cafres vuelven a Caude

 
Cuando a finales de los años setenta los familiares de los republicanos turolenses fusilados en Caudé pudieron llorarlos a la luz del día y a pie de tumba, levantaron en su memoria un monolito que todos han respetado sin complejos y sin imposiciones. Allí, junto a la carretera que entra en Teruel, la coexistencia de credos e ideologías es una lección para todos : las siglas de la CNT conviven sin problemas con el Sagrado Corazón, los puños y las rosas, las cintas de la Virgen del Pilar y las cintas negras con que se adornan los anarquistas, porque de todo hay entre los 1.005 hombres y mujeres que fueron rematados ante el bocal del pozo.


Paco Sánchez, el presidente de la Fundación Pozos de Caudé, suele llevar en el coche un bote de pintura blanca y una brocha para borrar el rastro que dejan los cafres, cuando de vez en cuando se ensañan con la multitudinaria tumba. "Aún son pocos", suelen escribir debajo del número que recuerda los 1.005 tiros de gracia anotados noche tras noche por un pastor.

Pero esta semana, los cafres no se limitaron a pintarrajear el monumento funerario, destrozaron también las lápidas, los parterres y los adornos, y dejaron el sello de su miseria en unas cruces gamadas y unas cuantas leyendas nazis. Estos indeseables ignoran que en esa inmensa fosa, a la que ignominiosamente fueron arrojados tantos seres humanos, sus familiares han querido enterrar también lo más negro de nuestra historia, porque la única manera de reconducir nuestra historia es superando los estigmas.

LOLA Ester


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