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Julián Zubieta Martínez : "¿Cuál es la otra orilla del Mediterráneo ?"

 
La etimología utilizada para nombrar a este mar ha sido tan variada como la cantidad de pueblos que han navegado por sus aguas. Mar Medi Terraneum-mar en el medio de las tierras, en latín- ; Al-al-Barn Mutawasi-mar intermedio, en árabe- ; Ak Deniz-mar blanco, en turco- ;o como lo conocían los antiguos egipcios, el Gran Verde. Pero quizás, el más conocido fue el que le dio la antigua civilización romana Mare Nostrum-nuestro mar-, debido a que todas sus orillas fueron ocupadas por su imperialismo.


En la actualidad asistimos a otro tipo de imperialismo, el de la globalización del capitalismo. Ante las dificultades económicas por las que están atravesando las primeras potencias mundiales, el sistema capitalista ha visto como mermaba el tesoro de sus arcas, debido, sobre todo, a la crisis financiera al que le han sometido los bancos. Esto se ha traducido en una potencial fuente de protestas e inconvenientes en el centro neurálgico de su poder : Occidente. Antes de que las elites del poder vean peligrar su estabilidad territorial, han decidido abrir el sistema geopolítico reconquistando nuevamente la otra orilla del mediterráneo, la que todavía tiene distintas posibilidades de comportamiento.

¿Por qué hasta ahora no han intervenido las “potencias mundiales” ? ¿Por qué los poderes instaurados por ellas, las elites del anticolonialismo, después de haberlo hecho las del colonialismo con la independencia, cambiaron los tiranos pero no se han librado nunca de la tiranía, y ahora se tienen que cambiar ? ¿Por qué ahora son dictadores ? Y ¿por qué no son dictatoriales el régimen libio o el israelita ? El capitalismo ha echado el anzuelo en la miseria, el desorden, la corrupción, la falta de libertades, los negocios repulsivos, en definitiva, en el caos provocado por el mismo. Dicen que la mecha empezó desde Túnez, se olvidan del genocidio saharaui a cargo de Marruecos, y que corre sin prisa, pero sin pausa por todo el Magred hasta el Próximo Oriente. Que fácil es prender un polvorín.

Con ayuda de los avances tecnológicos, los medios de comunicación en el poder se han encargado de configurar la nueva geoestrategia. El miedo. El miedo que les atenazaba bajo la bota de la dictadura ahora ha cambiado de bando. La crisis de papá occidente ha rebajado el turismo fuente de alimentación básica en esos países, al igual que las intervenciones económicas de EEUU han reducido sus partidas. Por lo tanto, los regimenes cleptocráticos no disponen de suficiente liquidez para sobornar la violencia que les ha mantenido en cima del trono. Aquí es donde interviene el cínico postulado liberal. La hipocresía globalizadora, mediante sus canales de comunicación -agentes a su servicio carentes de cualquier escrúpulo-, va a jugar con las esperanzas utópicas, pero suyas al fin y al cabo, de la gente corriente. El capital va a fagocitar la imponente explosión de creatividad política y social, mediatizando, bajo el beneplácito de nuestros democráticos gobernantes, la transformación social. Es el primer paso para su corrupción. Ya no importa el fundamentalismo islámico, ya no importan las diferencias religiosas, ahora importa su libertad. Ahora importa que el mercado equilibre la sociedad, como a este lado del mediterráneo, entre los que tienen y los que no tienen reproduciendo e instalando nuestros errores, no los suyos.

“Si todo debe permanecer como está, es necesario que todo cambie”, esta es la máxima del capitalismo. El concepto que define a los estados capitalistas parte desde la combinación de nociones generalistas : las funciones económicas, los contornos organizativos que le nutren, la legitimidad que le otorga el poder de la violencia, las normas de soberanía que le sostienen o el control territorial al que está sometido y somete. Aunque estos elementos siempre intervienen, bien es cierto que las mayores polémicas surgen desde la oposición entre el pluralismo de poderes y el poder único de la elite, o entre la dicotomía que se genera entre el orden y el conflicto. Estos itinerarios son los que elige la globalización económica, acentuando a su conveniencia los aspectos de elasticidad y rutina frente a los de desorden y cambio, según le beneficie en un determinado momento u otro.

Lo que el mercado va a usurpar a estas revoluciones,-de las que puede sacar beneficio, de las otras ni se hace eco-es la participación para elegir democráticamente los componentes de su estructura estatal, de forma que queden definidas las diferentes identidades mediante su elección, como dice Krasner sobre el estado “como institución que influye sobre la autoimagen de los individuos”. Lo que busca la globalización es la despersonalización, del Mediterráneo, que no se diferencien una orilla de la otra mediante la uniformación del consumo del mercado. Hasta ahora, en estos países, los poderes instalados tenían el potencial adecuado para retener las aportaciones económicas que recibían desde las potencias dominantes. Incluso mostraban su repulsa al fundamentalismo integrista de los islámicos, segmento de la sociedad endemoniado por los medios propagandísticos occidentales. Pero, el continuo crecimiento demográfico ha aumentado la cantidad de jóvenes en paro que, junto con los avances tecnológicos y las nuevas tendencias políticas e ideológicas, han generado nuevas posibilidades de crecimiento al margen de las directrices de las marionetas del capitalismo. El problema es que el tiburón de la globalización económica ha puesto sus ojos antes que ellos. Ese es el motor que suena en la trastienda de la revolución, el del capital.

El mercado cuando adopta decisiones económicas no tiene en cuenta el enfoque cultural que diferencia a los pueblos. Su intención es la homogeneidad entre las orillas del Mediterráneo, eliminando las pautas culturales que definen la organización y comportamiento de cada espacio geopolítico. Su instalación antepone la cultura de consumo, por medio de su legitimidad democrática (de hecho tanto EEUU como Europa están ofertando candidatos al poder), obliga a la subordinación de los individuos e instituciones, si quieren ocupar un puesto, aunque sea a la cola de la economía mundial.

El capitalismo, la máquina destructiva más perfecta ideada por el ser humano, desde una visión antropomórfica, ha evolucionado al compás de los tiempos, con las carencias y las virtudes de los humanos, pero su capacidad operativa ha mantenido la teoría de la supervivencia darvinista, otorgando a los más fuertes la capacidad decisoria en la intervención política y económica. Sabe, por propia experiencia, que los movimientos socioeconómicos y políticos mudan con frecuencia. A lo que unos acceden, a otros se lo niega, pero siempre tiene en cuenta que las organizaciones financieras se llevan el gato al agua.

Nos olvidamos que son las diferencias y las distancias con otros las que definen la identidad cultural propia : sino hay conflicto no existe identidad. Una cultura cualquiera requiere algo más de las demás para existir como tal, pero no todo. El capitalismo busca su estabilidad a expensas de cualquier régimen político. Si en su cuna, se ha encontrado con el endeudamiento de los agentes económicos, la destrucción del tejido productivo, el deficiente funcionamiento del crédito y el desequilibrio de las cuentas públicas, ha sido porque ha gestionado la corrupción de sus propias elites. Ahora se ahoga en su propio espacio, por eso necesita nuevos contextos socioeconómicos. Si sus previsiones se le van de las manos asistiremos a su derrota. Tan sólo, permanecerá estable si vuelve a conquistar el Mar Nostrum, si es capaz de modificar, otra vez, a su conveniencia este mercado con la ayuda, inseparable, de sus desestabilizadores profesionales, conseguirá dar una nueva vuelta de tuerca al mundo alargando, unos años, su dilatada vida. Si logra que muten, en esta parte del mundo, las pautas culturales al ritmo que necesita para definir la organización y el comportamiento económico, habrá vuelto a triunfar. No sabremos cuál es la otra orilla del Mediterráneo y cantáremos con J. Manuel Serrat, con la nostalgia de su luz, aquello que dice : “Yo, que en la piel tengo el sabor amargo del llanto eterno, que han vertido en ti cien pueblos de Algeciras a Estambul…soy del mediterráneo”

Julián Zubieta Matínez