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Editorial de La Campana. Asesinatos en la frontera

 
Editorial de La Campana. Asesinatos en la frontera
Editorial del semanario anarquista pontevedrés La Campana, publicado en su número más reciente (III Época - nº 25), del 3 de octubre. Comenta la sangrientas consecuencias de las fronteras nacionales y las "políticas" de extranjería.
La Campana


ASESINATOS EN LA FRONTERA

La frontera de España con África, homicida y sangrienta como todas las fronteras políticas nacionales, se ha cobrado esta vez, en apenas dos semanas, 27 vidas. Fueron otros tantos asesinatos, que sumar a las decenas, a los cientos, que se llevan ejecutado en la misma zona a lo largo de este año y los anteriores.

De los 27, a unos los han matado a tiros, baleándolos cuando intentaban saltar la valla de Ceuta. A otros los han asesinado, clavándolos en los alambres de espino de la valla de Melilla y dejándolos colgados o en el suelo hasta morir desangrados. A otros, los mataron a golpes de porra y patadas, hasta romperles el esternón o quebrarles el espinazo. A otros los han muerto, empujándolos a mar abierto hasta que la patera naufragó. Por último, a otro lo desplomaron hacia la muerte por frío y desnutrición, acabando su derrota marítima y vital en el hospital de Fuerteventura.

¿Quién cantará victoria, sobre esta mortandad ? ¿Qué triunfos necesitan de tal desolación que solamente en este año arroja un el tremendo balance de 56 cadáveres localizados, pero un número no menor de desaparecidos e "inconsignados" en las aguas del Estrecho y de Canarias ? Ninguno de estos asesinatos es obra de un inocente. Pues no son inocentes ni el gobierno o el parlamento español -los más directos y alevosos responsables- ni los ciudadanos que nos callamos y dejamos hacer, de modo que el horrible crimen llega a ejecutarse en nuestro nombre y, con la ignominiosa y falsa excusa, de garantizar "nuestros intereses" y los de la "nación". Pero tales "intereses" no son nunca los "nuestros", los de los trabajadores o los de la ciudadanía que sinceramente se duele de tanta muerte, por más que, adormecida, no acierte a señalar a quienes la provocan. No hay intereses de ningún pueblo, ni de ninguna sociedad que tengan que ser defendidos de tan espantoso modo, pues si lo fueran serían en todo caso intereses bastardos o insoportables privilegios, contra los que toda acción de sus víctimas estaría plenamente justificada. ¿Qué está ocurriendo en la frontera africana con España, como para que hoy mismo, mientras se escribe este editorial, cientos de personas intenten y consumen un nuevo asalto a la valla de Melilla -ya recrecida hasta los seis metros de altura, hace apenas una semana-, sin importarles la muerte, los golpes, la herida punzante o el arreo, otra vez, hacia Marruecos, hacia Argelia, hacia cualquier otro infierno ya conocido ? Sencillamente ocurre que el hambre, la enfermedad, la miseria, la guerra y la muerte que los poderosos empresarios y gobernantes occidentales llevaron a África, expulsa a sus desesperados habitantes hacia los lugares en que se hallan acumuladas las riquezas que a ellos les están robando. El presidente del gobierno español ha decidido responder a estos "asaltos" multitudinarios a las vallas fronterizas de las dos ciudades españolas en África, enviando más Guardia Civiles a vigilar la zona y, sobre todo, llevando hasta allí a efectivos del Ejército y la Legión, pertrechados y adiestrados para disparar contra "atacantes", pero absolutamente inútiles para disolver pacíficamente una avalancha de personas desarmadas, con miedo pero desesperadas, con hambre pero con esperanza humillada. Sin duda, esta hazaña miserable engalanará todavía más la infame historia de los gobiernos españoles, respecto de los inmigrantes y solicitantes de asilo. El gobierno socialista, ha decidido también recrecer las vallas y tensar las líneas de espino con alambre más grueso, aunque no todavía electrificarlas. Tiene el señor Zapatero (y el conglomerado industrial-mediático que le apoya, jalea y marca directrices) la esperanza de que los miles de subsaharianos agolpados en la frontera española con Marruecos, vuelvan a las pateras y dejen de hacer ruido con "asaltos intolerables" e "invasiones inadmisibles". Al fin y al cabo, los muertos por naufragio siempre pueden desviarse a las páginas de sucesos luctuosos, como viene haciéndolo, por ejemplo, El País. Como ha hecho, por ejemplo, con las últimas 17 muertes por naufragio de una patera en Fuerteventura, ocurridas ¡anteayer !, 1 de octubre. El "suceso" se cuenta en la página 28 del periódico, en una sección titulada : "Los problemas de los inmigrantes", adornada en su tercera parte con la propaganda a todo color de "Viviendas, en la Costa Blanca, inspiradas en el paraíso". Bienvenida sea la voluntad de los inmigrantes subsaharianos si logra romper el espeso muro de silencio que se venía tejiendo sobre su desesperada situación en los yermos montes del Marruecos fronterizo. Pero esa voluntad solo será libertadora y dignificadora si logra encontrar a este lado de la frontera, en la península nuestra, el eco de la solidaridad internacionalista entre trabajadores, entre seres humanos merecedores por sus hechos de este nombre, es decir, entre hermanos dispuestos a arrebatar al Estado sus víctimas, algunas de ellas sentenciadas a muerte. Pues el crimen contra estas gentes ha sido decidido en lugares precisos de España y la Unión Europea, en los despachos oficiales y gubernamentales, donde se vienen celebrando los cónclaves político-económicos que "encauzan, regulan, calculan y deciden" los flujos de "mano de obra barata y necesaria" -ni uno más, pero tampoco ni uno menos- desde la miseria y la desesperanza africanas o latinoamericanas hacia la explotación, el desarraigo y la inhumanidad europeas. Contra esta realidad, solo nos cabe a los anarquistas desafiarla, combatirla y finalmente ganarle la partida a la muerte, por más que cada naufragio, cada paliza, cada confinamiento, cada espera sean otras tantas batallas perdidas. La movilización es tan urgente como desesperada la condición de los inmigrantes a los pies los muros bancarios de Europa.


Par : La Campana
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