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Voto inútil: ¿Vox populi?

 

Artículo de opinión de Rafael Cid.

Rafael Cid


“Por su mal le nacieron alas a las hormigas”

(Miguel de Cervantes. El Quijote)

No conozco mejor metáfora de la democracia que el verso de Antonio Machado que empieza “Caminante, son tus huellas el camino y nada más. Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”.  La democracia como derecho a decidir, experiencia vivida, es un itinerario personal, a menudo duro y siempre conflictivo, pero orfebre de nuestro destino. Un compromiso que niega la delegación y la irresponsabilidad que tal suplantación conlleva. En eso reside la raíz de la democracia. El “gobierno de sí mismo”, dicho en palabras modernas de Michel Foucault. Un yo auténtico y libremente asumido que junto a otros yoes equivalentes hacen un nosotros común y plural. Como en la legendaria canción Grándola Vila Morena, “Terra da fraternidade / O povo é quem máis ordena / Dentro de ti, ó cidade”.

Los que no hicimos la guerra pero nos socializamos durante la dictadura, percibimos el 25 de Abril portugués de 1974 con una ilusión parecida a la que mucho después supuso el 15-M (de esos momentos únicos en que uno se siente participar en algo superior a él mismo). El país vecino había logrado lo que en la lúgubre España se antojaba una utopía. Un ejército colonial, cruel y despiadado durante la guerra contra los movimientos independentistas, se ponía al servicio del pueblo contra la tiranía. Era el “Movimiento de los capitanes”. Gentes de toda condición y clase poniendo claveles en la boca de los fusiles al paso de aquellos soldados. Un osado grupo de militares que a los acordes de Grándola Vila Morena había salido de sus cuarteles en Caldas de Rainha hacia Lisboa para acabar con el Estado novo instaurado por Oliveira Salazar y la siniestra PIDE, heredado con parecida saña por Marcelo Caetano (el Arias Navarro luso). ¡Menos mal que nos quedaba Portugal!

Era una imagen motivadora que al otro lado de la Raya causaba pánico entre los franquistas. Por eso se urdió una trama sucesoria llamada transición. Había que evitar el contagio portugués a toda costa. Así se inventó la teoría del consenso. Una insólita alianza entre una derecha crepuscular y una izquierda emergente para negociar la democracia con la excusa de una “correlación de debilidades” que más parecía un episodio del “síndrome de Estocolmo”. Puro futuro primitivo. Además, la oportuna acción criminal de unos pistoleros “incontrolados” contribuiría a la capitulación frente al tardofranquismo. Una carta que en principio no estaba en la baraja. Así el Régimen del 78, consagrado en la Constitución del mismo año, trajo partidos políticos, sindicatos, libertades reguladas y derechos proclamados, pero dejó intactas las claves de la dictadura. La monarquía diseñada por Franco con el Rey por él designado como Jefe de Estado y de las Fuerzas Armadas (con su carácter vitalicio y heredable añadido que reniega de la separación de poderes) y la inquebrantable unidad de los hombre y las tierras de España, mutatis mutandis, quedaron garantizadas en la Carta Magna.  Juego de patriotas.

Aceptados los fundamentos del Alzamiento Nacional, lo demás vino rodado por ese obsceno amancebamiento entre el pasado resistente y el futuro percutiente. Los preconstitucionales Pactos de La Moncloa; el abandono del derecho de autodeterminación que hasta entonces figuraba en el programa de la izquierda; la persecución y encarcelamiento de los miembros de la Unión Militar Democrática (UMD) afines a la “Revolución de los Claveles”; la deshonrosa entrega a Marruecos y Mauritania del Sahara Occidental en los Acuerdos de Madrid; la amnistía para los ejecutores del aparato de la dictadura (responsables de la policía política; cúpula judicial; mandos del Ejército; altos funcionarios de la Administración); la continuidad en sus cargos de todos aquellos que desde las instituciones franquistas habían colaborado activamente con la represión; la aceptación en el corpus jurídico de la democracia de los juicios sumarísimos del franquismo; la renovación de los Acuerdos con la Santa Sede que el nacionalcatolicismo firmó en 1953; el secreto con que medio siglo después se protegen los archivos de la transición; y un sinfín de cesiones que hacían de la Constitución del 78 una especie de última edición de los Principios Fundamentales del Movimiento. Todo ello se pactó y selló. El éxito de esa transición sin ruptura con la dictadura fue tal que el primer jefe de Gobierno de la nueva etapa fue Adolfo Suarez, el último secretario general del partido único franquista, y su formación, la Unión de Centro Democrático (UCD), resultó vencedora en las primeras “elecciones libres”. El pueblo había hablado eligiendo lo malo conocido. Las señas de identidad de la dictadura quedaron impunes, sin reproche moral, y sus servidores pudieron culminar sus carreras en el flamante escalafón del Régimen del 78. Al fin y al cabo “se habían limitado a cumplir órdenes”. Aquella impostura de la “obediencia debida” que el Tribunal de Núremberg desbarató al juzgar y condenar a los jerarcas nazis. Una iniquidad hoy renovada cuando desde el poder se presume de exhumar a Franco del Valle de los Caídos y retirar las medallas al torturador Billy el Niño. Como si al personificar en ellos toda la miseria de aquel Estado terrorista la historia empezara de cero, en penitencia redentora, como expiación. ¿No consiste también en esto la banalidad del mal?

El legado así urdido ha sido una Segunda Transición. Un Estado de leyes que llaman de derecho sin que exista una sociedad civil adulta. Un marco legal sin legitimidad de origen. Vectores todos ellos que han confluido en la aberrante irrupción este 28-A de un partido criptofascista, de tintes xenófobos y homófobos, que se reclama orgulloso del infame régimen de Franco que la transición conmutó. Poco importa en realidad si ha ganado Sánchez, descendido Iglesias, despeñado Casado o frenado Rivera. Los millones de españoles que han votado a Vox (una abultada representación parlamentaria que le aproxima a UP,  desde la nada, sin contar con el “prestigio” quincemayista de los morados) no se han vuelto locos de la noche a la mañana ni son unos bárbaros sin conciencia. Aunque no sea la única causa  (la última crisis económica y el desencanto con otras opciones alternativas también cuentan), son las víctimas propiciatorias de una clase representativa corrupta, cínica y retórica que abrazó el poder sin moral que el franquismo le exigía para prosperar en política. Personas sin atributos a las que se convenció de que en democracia todo se reduce a votar disciplinadamente cada equis años (denunciado en el grito de los indignados “nuestros sueños no caben en vuestras urnas”). Sin hacer camino ni comprometerse éticamente. El catalizador de un lento proceso subterráneo de anulación individual y colectiva, aculturación, desarraigo y adocenamiento. Poco más de un  40% de los electores de este 28-A votó en su día el referéndum que aprobó la vigente Constitución. Estamos gobernados por muertos.

Y ahora, los mismos benévolos que cebaron durante cuarenta años el huevo de la serpiente se lamentan como inocentes plañideras del suicidio cívico de todo un pueblo con tanta pericia programado. Ni PSOE ni PP cuando gobernaron trataron de ilegalizar a las formaciones ultras ni de revertir “el atado y bien atado” franquista. De aquellos vientos procede el voto inútil de una democracia sin demócratas.

Rafael Cid

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