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Reconocimiento a Fermín Salvochea

 

Desde que el nuevo alcalde de Cádiz reivindicó a Fermín Salvochea no han dejado de sucederse reacciones. Ahora han aumentado porque José María González ha sustituido en su despacho un retrato del anterior jefe de Estado, Juan Carlos I, por la pintura de Godoy que estaba colocada en un descansillo del edificio municipal. Un hecho que se ha presentado, forzándolo, como un desprecio y una muestra de su radicalidad.

José Luis Gutiérrez Molina


No me interesan las reacciones fariseas de quienes levantan escándalos y escriben noticias falsas y desinformadas que corren por las redes sociales con clara finalidad intoxicadora y propagandista.

Sí me interesa la figura de Fermín Salvochea, el conocimiento que de ella se tenga y su actualidad.

Por ello he recordado un artículo que escribí hace casi diez años. Cuando se cumplió el centenario de su muerte. Cuando, tras décadas de olvido, su recuerdo se reactivó. Lo he vuelto a leer y, salvo en algunas cosas puntuales, como por ejemplo la valoración del congreso de Ubi Sunt? (que al publicarse las actas muestran un mayor valor y aportaciones que las que entonces supuse), lo suscribo hoy día.

Cierto que en estos ocho años ha habido actuaciones, todos los años se le ha recordado, con jornadas, charlas y publicaciones, el libro de los hispanistas franceses ha sido publicado (Fermín Salvochea. Un anarquista entre la historia y la leyenda, Cádiz, Quorum, 2009), y yo mismo he realizado una edición del libro de Vallina y el folleto de Rocker (Crónica de un revolucionario, Sevilla, Renacimiento, 2013) con una amplia introducción en la que actualizo la biografía de Salvochea.

Sin embargo, los elementos de fondo que se apuntan en el artículo pienso siguen tan actuales como entonces. Por eso lo reproduzco.

Una ocasión desaprovechada. Salvochea y el centenario de su muerte

José Luis Gutiérrez Molina

Germinal. Revista de estudios Libertarios

nº 5, abril 2008, pp. 3-9

No es que a uno le motiven las conmemoraciones puntuales y, mucho menos, los fastos que les suelen acompañar. Las primeras, casi siempre, suelen corresponder a intereses espurios y los segundos, la mayoría de las veces, sólo son pretextos para que unos cuantos hagan “caja”. Pero sí creo que nos puede servir de termómetro para conocer la “temperatura” existente sobre el tema. En el caso del centenario de la muerte de Fermín Salvochea ha pasado con más pena que gloria.

En abril del 2007 un grupo de profesores de un instituto de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) organizó unas jornadas en las que, tomando como pretexto la conmemoración, se analizó el mundo anarquista desde diversas perspectivas: la histórica, la filosófica y su situación actual. Fueron, en mi opinión, las que mejor respondieron a la finalidad de aprendizaje y reflexión que deben primar en este tipo de acontecimientos. Quizás por ello, a pesar de ser organizadas con el apoyo de la administración educativa regional andaluza, no contó ni con el apoyo público ni con la presencia de quienes, en otras ocasiones, pegan codazos en el hígado de su acompañante para tener un mejor sitio en la fotografía de turno. Más de uno no pudimos quitarnos de la cabeza si esas ausencias no tenían nada que ver con las próximas elecciones municipales que se iban a celebrar. De todas formas, el casi centenar de profesores que asistieron tuvieron la oportunidad durante tres días de debatir sobre el mundo anarquista, y la figura de Salvochea. Un debate de tan buen recuerdo que, al finalizar, los organizadores ya tenían pensado continuar este tipo de encuentro este año.

De otro lado, en Cádiz, se reactivó una asociación denominada “Amigos de Fermín Salvochea”. Creada hace unos años, seguramente con vista a estas fechas, había muerto antes de desarrollarse y fue reactivada por militantes del PSOE, IU y CGT con la participación y colaboración de algunos independientes. Pronto se vio que, además de su interés por la figura de Salvochea, también existía el de aprovechar el momento para poner en dificultades al ayuntamiento del PP. Una actitud comprensible para quienes hacen política pero que no debe ser la única, o la más importante, ni ir acompañada de una actitud renuente sobre la consideración del significado social del regidor municipal, republicano federal y anarquista.

El resultado fue que salvo la propuesta, y aprobación, para declararle hijo predilecto de la ciudad, la polémica sobre el lugar donde deben conservarse sus restos, todavía no resuelta, y la organización de una exposición y un congreso, en el que primó sobre todo lo académico e institucional, poco más se ha hecho. Por cierto que aprovecho el momento para sugerir que, quizás, el mejor lugar para que descansen los restos de Salvochea sea el propio solar del cementerio. En el lugar que mejor impida una posible especulación con esos miles de metros cuadrados tan apetitosos. Así, quienes lo consideran “santo”, aunque sea laico, podrán decir que, hasta después de muerto, dejó plazas a la ciudad.

Finalmente, en noviembre, una activa asociación que lleva años funcionando en la Facultad de Filosofía y Letras de Cádiz, Ubi Sunt?, preparó también un seminario que, a pesar del interés y buenas intenciones de sus organizadores, poco más aportó y que, además, resultó menguado en cuanto a asistencia. Un hecho llamativo por celebrarse en una de las instituciones que, teóricamente, más interesada debía mostrarse y por la personalidad de los organizadores y su capacidad de convocatoria. En esta ocasión, creo que la causa estuvo en el panorama interno universitario y el encefalograma plano que demuestran sus departamentos.

De otro lado hubo iniciativas que surgieron del mismo mundo libertario. Bien desde el anarcosindicalismo bien del anarquismo. Algunos actos conmemorativos, artículos en su prensa y la reedición, presentada en unas jornadas, del libro de PedroVallina, Crónica de un revolucionario. Con trazos de la vida de Fermín Salvochea, por la Federación Local de Cádiz de la CNT.

Pero todo en un tono menor que no se corresponde ni con la importancia de la figura de Salvochea en la historia social contemporánea española ni con la vigencia de su pensamiento que permitiría ser punto de partida para análisis de cuestiones y problemas actuales. Un hecho que no pudieron salvar ni las animosas actuaciones del grupo de seguidores del Cádiz CF denominado “Columna Salvochea”, la asociación de vecinos del barrio gaditano de Loreto, ni los anónimos autores de las pintadas que poblaron algunas paredes de la ciudad, en especial las del cementerio, reivindicando al personaje, ni la incansable actuación de Juan Alarcón, la persona a la que, en solitario, se le deben algunas de las iniciativas de mayor entidad de las realizadas: el rescate de la película Fermín Salvochea. Visto para sentencia, obra de Manuel Carlos Fernández prácticamente desconocida y la creación de un blog “Amigos de Fermín Salvochea” (http://ferminsalvochea56.blogspot.com) en el que van apareciendo noticias diversas y, lo más interesante, la recopilación y difusión de obra de Salvochea poco o nada conocida.

A Alarcón se le debe también la iniciativa, en este caso frustrada, de reeditar la obra más completa existente, con todos sus problemas, sobre Salvochea: el trabajo de Fernando Puelles Fermín Salvochea. República y anarquismo (edición del autor, Sevilla 1984). Problemas con los familiares del autor, ya fallecido, algunos de los cuales han demostrado un nulo interés en que se llevara a cabo la reedición, lo han impedido.

Aunque no todo ha sido tan menguado. Además de la reedición de la obra de Vallina y de las actuaciones ya citadas hay que señalar que, a poco que se pretenda, el interés por la figura de Salvochea, al menos en su localidad natal, sigue vigente. Así lo pusieron de manifiesto la nutrida asistencia, por ejemplo, a los actos de Sanlúcar y a las proyecciones de septiembre y noviembre de la película. Un interés que, como todo, debe ser fomentado y correspondido. Hecho que no queda tan claro que se quiera. Por lo menos para conocer determinados aspectos de su personalidad. En concreto todo lo que suene a anarquismo. Se prefiere hacer hincapié en aspectos como “lo bueno que era” y su carácter de “apóstol”. Así, una y otra vez hemos oído repetir la anécdota de que acompañaba a su madre a la puerta de una iglesia, ni siquiera está claro a cuál, y que era tan bueno que falleció del golpe que se dio al caer de la cama que no tenía colchón porque lo había regalado.

Una actitud que hace comprensible que la conmemoración haya pasado sin que, siquiera, hayamos avanzado un paso en el conocimiento de una persona que fue clave para mejor entender episodios claves de la historia contemporánea española como la revolución de septiembre de 1868, las relaciones entre republicanismo y anarquismo en los momentos de forja del movimiento obrero, la I República y el cantonalismo, la presencia, y choques, de los planteamientos colectivistas y anarco-comunistas en el mundo ácrata español y la introducción en España del Primero de Mayo, la reivindicación de la jornada de ocho horas y el concepto revolucionario de huelga general. Es decir, se prefiere mantener esa visión “buenista” que, nacida de la imagen mítica de su personalidad forjada incluso todavía en vida, ha terminado produciendo esperpentos como el fenómeno “santero” existente en torno a ella.

Fueron los sectores republicanos los primeros interesados en hacer de Salvochea un ídolo. Ramón León Maínez Fernández, amigo personal, republicano y editor del periódico El Pueblo y conocido cervantista y editor de El Quijote, quizás fue el primero en aplicarle el calificativo de “apóstol” en el artículo que escribió en 1893 al conocer su intento de suicidio en la prisión de Valladolid a donde había sido trasladado para cumplir la condena que le había sido impuesta por su supuesta participación en el llamado “asalto campesino a Jerez”. No en vano, otro republicano, Nicolás Estévanez, también muy cercano al gaditano, reconocía que era uno de los hombres más populares

de Andalucía. Aunque fue Vicente Blasco Ibáñez, escritor y diputado republicano, quien terminó de forjar, en su novela La bodega, esa imagen de “santo laico”, “austero librepensador”, “apóstol vencido”, “hombre injustamente perseguido de carácter noble”.

Bien es sabido que la famosa novela del valenciano forma parte de la imagen, seudo-religiosa y milenarista, que del mundo ácrata se pretendía dar para desplazar su influencia en el mundo del societarismo obrero. La competencia republicano-anarquista, estaba en plena ebullición en la campiña gaditana en los años durante los que la novela fue escrita. Cuando el jerezano Manuel Moreno Mendoza, quien sería años después alcalde de la ciudad, había creado una Federación Regional Obrera que hacía competencia directa al obrerismo libertario renacido con la constitución de la Federación de Sociedades Obreras de Resistencia de la Región Española. No resultó casualidad que tanto Moreno como el médico Fermín Aranda, diputado radical durante la Segunda República, fueran sus informantes sobre la vida económica y social de la localidad que sustentaron la obra literaria.

Una idea que, incluso, décadas más tarde, en 1930, recogía el cartel anunciador de la película que el director Benito Perojo realizó sobre La bodega. Interpretada por una joven Concha Piquer y Valentín Parera. Todos compañeros de aventura americana en Hollywood cuando el nacimiento del cine sonoro. Enmarcado por dos personajes, que resumen todos los tópicos sobre Andalucía, aparece el rostro de Fernando Salvatierra, el trasunto de Salvochea en la novela de Blasco, imitando al rostro y manos de un icono de Jesucristo a quien de le ha sustituido cualquiera de sus símbolos por una hoz ensangrentada en su mano izquierda mientras que bendice con la derecha. Es esta imagen religiosa, de un profeta, la que se ha seguido transmitiendo durante los actos pasados. Una idea benevolente que puede ser asumida perfectamente por cualquier sector social y político, pero que le hace un flaco favor al conocimiento de la personalidad, obra e ideología de Salvochea.

Así queda reducido al papel del revolucionario del que no se conocen sus ideas pero que, como escribió el notario cordobés Juan Díaz del Moral, sintetiza, con el ejemplo de su vida sus virtudes. Una idea que reafirma la de los que comparan con la figura del Quijote. Salvochea había sido uno de “carne y hueso”. Retrato que puede ser, así mismo, utilizado por el ya interclasista, incluso asumido como icono gaditano, carnaval. Su personalidad es cantada por chirigotas, comparsas y coros e, incluso, inspira la concesión de un premio, por parte de la ONCE, a las letras que traten de la solidaridad y fraternidad humana y los problemas sociales.

Tampoco desde el propio mundo anarquista ha surgido una iniciativa digna de ser considerada como superadora de la imagen, no desprovista de tópicos simplistas, que ha pervivido de Salvochea como un “héroe moderno”. La expresión que utilizó su amigo y discípulo Pedro Vallina en la semblanza que, en 1920, publicó en las páginas de su revista Página Libres. El titán que luchó por la causa del pueblo, denunció la perversidad de la propiedad y el simulacro de la justicia burguesa y exaltó las virtudes del comunismo igualitario y la necesidad de la igualdad económica para establecer la fraternidad entre los hombres.

Por eso es de lamentar que pasadas las fechas del centenario poco nuevo conozcamos sobre sus planteamientos obreristas y su pensamiento antimilitarista, anticlerical y anticolonialista. Así que incursiones como las que, por ejemplo Álvaro Gironierra (En la mesa con Darwin, CSIC, Madrid 2005) ha hecho sobre la presencia del darwinismo en el mundo anarquista español, incluido el propio Salvochea, quedan como las primeras piedras de uno de los muchos caminos que nos quedan por recorrer. Incluidos los de el propio perfil biográfico. ¿Qué sabemos, por ejemplo, de su estancia en Tánger y sus colaboraciones en periódicos como el parisino La Marseillese y Al-Mogreb Al-Aksa o de su estancia juvenil en Inglaterra o de las posteriores en ese mismo país o en Francia? Hasta tal punto es esto así que todavía hoy, veinte años más tarde, no está traducida una de las pocas publicaciones, dignas de ser consideradas rigurosas, sobre Salvochea. El libro de los hispanistas Gérard Brey, Jean- Louis Guereña, Jacques Maurice, Serge Salaün y Carlos Serrano Un anarchiste entre la légende et l’histoire. Fermin Salvochea (PUV, Saint Denis, 1987). La última, hasta el momento, aportación seria al conocimiento de Salvochea en la que se plantean sugerentes cuestiones y aportaciones. Sólo cabe esperar que las gestiones que ahora se realizan lleguen a mejor término que las intentadas hace ya años. De esta manera, además de disponer de unos estudios interesantes, puede que algún lector se motive para seguir alguna de las sendas que se abren. Entre ellas una tan básica, ya señalada en el libro, como la de conocer su “obra completa”. Pero que también pueden ser conocer mejor su militancia republicana federal o cómo evolucionó su pensamiento en los casi veinte años que pasó en prisión. Casi un tercio de su vida. Sin olvidar otros como el análisis de su producción poética.

Partiendo de esta situación es como puede entenderse que no se distinga entre su republicanismo y anarquismo y se hable del “alcalde anarquista”. No porque no puedan ponerse ejemplos de ácratas que encabezaron corporaciones municipales sino por lo que indican de desconocimiento absoluto de la biografía de Salvochea. Está claro que este desinterés no puede disociarse de la actitud que se tiene frente al anarquismo. Un hecho que no es casual si no se olvida que toda actividad científica no es algo “puro” en sí mismo sino que responde también a intereses particulares y generales. Aunque no se refiera al caso de Salvochea pero sí por su claridad sobre lo que pretendo decir tenemos la polémica que, meses pasados, ha enfrentado a los historiadores Santos Juliá y Francisco Espinosa (http://hispanianova.rediris.es/7/dossier.htm) sobre la existencia o no de un pacto de silencio sobre la represión franquista durante la Transición española. A los planteamientos del segundo sobre que sí lo hubo, que además se intentó obstaculizar las investigaciones y se obvió enlazar con el antecedente democrático republicano, dejando seguir la memoria elaborada durante el franquismo, el primero respondió con un indignado texto en el que intentaba rebatir y descalificar a Espinosa.

Para la historiografía y el mundo social y político aupado durante la Transición, el anarquismo ha sido un elemento incómodo, molesto y a batir. Para los historiadores, académicos o no, resulta difícil de encajar, no ya en sus presupuestos metodológicos y conceptuales, sino también en la visión más simplista de la construcción del Estado liberal español, sus dificultades y la creación de una alternativa. Conflicto que aumentaba cuando tenían que explicar, de manera mínimamente satisfactoria, cómo en julio de 1936 el fracaso del golpe de Estado se debió, entre otras causas, al proceso revolucionario que se produjo, y su perplejidad aumenta aún más cuando tienen que enfrentarse al tema del desarrollo y desenlace de la llamada Guerra Civil española. En los años de la ya citada transición de la dictadura franquista a la monarquía parlamentaria, además, se planteó el problema socio-político de la reaparición del anarcosindicalismo, de la CNT. Tema que sobrepasó los ámbitos académicos y tertulianos para terminar en el Triángulo de las Bermudas de las “cuestiones de Estado”. Baste recordar el llamado “Caso Scala”.

De aquellas lluvias vienen los actuales lodos que han salpicado, y no es de los más importantes, al centenario de la muerte de Salvochea. En cualquier caso, a pesar de banalidades, intereses políticos y académicos pocas dudas hay, a quienes se acerquen con la mente abierta y libre de prejuicios, que muchos de los temas y cuestiones que trató todavía hoy son centrales para la construcción de una sociedad más justa. Como he dicho quizás ahí resida el principal escollo para que se le quiera conocer bien. Así que ¡a aplicarse el cuento!

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