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Presunción de inocencia

 

Artículo de opinión de Rafael Cid

Rafael Cid


Resultaría grotesco sino fuera patético y diera la medida del tipo de clase política que nos suplanta. En diciembre del año pasado el PSOE fletó autobuses para manifestarse ante el parlamento andaluz contra la investidura de Juan Manuel Moreno como presidente de la Junta. La excusa esgrimida por el partido de la “España que quieres” cara al 28-A era que PP y Ciudadanos habían llegado al poder con el apoyo de Vox, la infamante extrema derecha. Un acto antidemocrático de tomo y lomo de la sedicente izquierda contra la voluntad popular, que hasta la fecha ni los fachas han osado reivindicar. Se protestaba así por la irrupción del partido de Santiago Abascal en las instituciones y el consiguiente descalabro de Susana Diez. Eso que después Ferraz y Moncloa, tanto monta monta tanto, calificaron como las “tres derechas”, “el trío de Colón” o la “derecha trifálica”, en versión de la ministra Dolores Delgado en contubernio con el exjuez Baltasar Garzón (investigado en el caso Pit, pieza separada del asunto Tándem) y el “clan Villarejo”.

Fue anteayer y ya está desfasado. Hoy las tornas han cambiado. Hasta tal punto que, donde antes Pedro Sánchez veía una inadmisible afrenta a la dignidad del pueblo soberano y una amenaza a nuestras libertades, ahora encuentra una veta para movilizar a sus fieles en permanente “alerta antifascista”. Y como en la política todo vale, todo se aprovecha y de un cuerno se hace una percha, el jefe de gobierno en funciones ha resuelto que dar protagonismo y altavoz a Vox (voto ya tiene) puede beneficiar la causa que hace unos meses veía peligrar ante el desembarco ultra. Esa es la razón (por motivos equivocados, obviamente) de que se niegue en redondo (lo tomas o lo dejas) a un debate en la televisión pública (¿la de todos o simplemente la que pagamos todos?). Acogiéndose como alternativa al sagrado de un torneo a cinco en la cadena Atresmedia, con el apestado Vox como apañado compañero de viaje (desplazando al PNV, que tiene grupo parlamentario).

El asunto supera con mucho el nivel de la anécdota y entra en el rango del atentado al derecho a la participación política, que la constitución dice reconocer a todos los españoles. Elegir canal y entrevistador ad hoc es propio de una concepción caciquil de la democracia. Así se lo ponían a Franco para sacarle en el NO-DO el padre de Matías Prats y el Fernando Ónega jefe de prensa del Frente de Juventudes y cara publicitaria del quebrado Banco Pastor. El artículo 20 de la C.E. garantiza el derecho a una información veraz, sin la que no puede existir ciudadanía solvente sino una mera grey clientelar sin oficio ni responsabilidad. Ahí hay que ubicar la supina melonada de boicotear el veredicto de las urnas de Despeñaperros abajo y a renglón seguido otorgar trato de privilegio a esa misma sigla en el cartel electoral (aquí sí extraparlamentaria). Sin importar un bledo lo que prescriba la Ley Electoral y aconseje la Junta Electoral Central. Decisionismo obliga.

Y por si no fuera poco, la pirueta se consuma despreciando a un medio público y a sus abnegados profesionales en favor de una corporación multimedia privada que tiene a algunos de sus principales directivos en los tribunales, bajo sospecha por delitos de corrupción político-económica. El grupo que controla A3TV y La Sexta posee también el diario conservador La Razón, cuyo consejero-delgado, Edmundo Rodríguez Sobrino, purga cárcel por el affaire Inassa, la filial del Canal en Colombia. Y su presidente Mauricio Casals, el “príncipe de las tinieblas”, fue investigado por la policía al intervenirse conversaciones con su subordinado en las que hablaban de presionar a la entonces presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, para obtener de su gobierno una de las dos nuevas universidades privadas previstas en la región.

Aquello de “un insensato sin escrúpulos” con que un editorial de El País saludó a Pedro Sánchez en plena pugna con el aparato del partido recobra sentido en este contexto, aunque me joda reconocerlo. Sobre todo si se recuerda que en las últimas elecciones generales el líder socialista, entonces en la oposición a trancas y barrancas, forzó un vis a vis con Mariano Rajoy para lanzar aquel “usted no es una persona decente”. Traca demagógica con la que Sánchez pretendía llamar la atención de la opinión pública en momentos de notoria indigencia política. Entonces los trabajadores de TVE expresaban su malestar frente a las continuas injerencias del poder escenificando los “viernes de negro” a las puertas de la corporación, y ahora tendrán que acudir a la competencia para saber lo que opinan los candidatos que compiten el 28-A. Maldita hemeroteca.

Hace ocho años parecía que podíamos terminar con la mal fario de vernos eternamente obligados a elegir entre lo malo conocido y lo peor por conocer. Salirnos por la tangente de ese bucle que suponía ser representados por la marca PP o PSOE sin cambiar nunca de pista. El proceso constituyente que inspiraba al 15-M para desplazar al duopolio dinástico hegemónico iba de eso. “PSOE, PP, la misma mierda es”, se gritaba en calles y plazas tras la canalla experiencia tándem a diestra y siniestra al dictado de la troika. Los ajustes y recortes despuntaron con Zapatero en Moncloa y culminaron cuando Rajoy cogió el testigo. Pero la cebada al rabo.

Hoy nuevamente volvemos a la teoría del “mal menor” y Pedro Sánchez, sin haber hecho ningún mérito cierto, aparece como el predestinado para dirigirnos hacia otro radiante porvenir. Tiene truco, aunque mola a muchos. Porque antes deberán cebarse unas condiciones excepcionales que permitan al PSOE hacer de la necesidad virtud. Ya es tradición de la casa. El socialismo del Régimen del 78 solo recupera el poder desde la oposición impulsado por el viento de cola ¡que vienen los fachas! La transición que inauguró esta democracia sin demócratas (aquella ocurrencia de la “concurrencia de debilidades”) quedó en continuismo rectificado y no en ruptura porque los compinchados blandieron el tigre de papel del bunker franquista y sus “incontrolados”. Fue el principio de una praxis de la resignación que se convertiría en norma.

Así, en 1982 el PSOE se alzaba con una victoria absoluta acunado por el miedo del 23-F precedente que legitimó al Rey Juan Carlos como salvador de patria. Y con ese respaldo, en vez de recuperar las señas de identidad de un republicanismo de avanzaba, giró en redondo y renunció al principio de autodeterminación, aprobó el Plan Zen para perimetrar militarmente Euskadi y promulgó la LOAPA con el fin de recentralizar el mapa autonómico. En 2004 hubo otro imprevisto vuelco socialista a rebufo de las mentiras sobre el 11-M fabricadas por el PP del troglodita José María Aznar. Y de nuevo este 28-A Sánchez regresará a la Moncloa ante la sobreactuada acometida de la extrema derecha de Vox, con olvido las políticas austericidas y retrogradas aplicadas la víspera por el PSOE (reforma laboral, de pensiones, artículo 135 de la Constitución, inmigración, anulación juicios del franquismo, etc.) y su falta de voluntad política para pasar del dicho al hecho. Acción, reacción y capitulación.

Al final todo queda en casa. Porque dar cartas y barajar con ases en la manga significa optar por el statu quo. Así es posible el delirio de ir a una elecciones generales con presos políticos, censurables jornadas de reflexión y debates de Tócame Roque. Mientras la ciudadanía se apresta a consumar con su óvolo la profecía autocumplida sin que a nadie preocupe demasiado que haya candidatos que no pueden hacer campaña por estar en la cárcel; que dos presidentes del PSOE, pendientes de sentencia por el presunto caso de corrupción más importante desde la transición, se permitan hacer valer su criterio moral y social en las páginas de opinión del diario El País; y que, entre zasca y zasca, las cloacas del Estado confirmen como único paisano imputado hasta la fecha al hasta hace unos días alto cargo de Moncloa, Alberto Pozas, ex director de Interviú y tertuliano de Hora 25 en la Cadena Ser. El mismo que en 1985 obtuvo el Premio Ejército de Periodismo (no es un oxímoron) y entre 1989 y 1992 cumplió como asesor ejecutivo y portavoz de la secretaria de Estado para la Seguridad con Rafael Vera. Etapa sangrienta en que otros miembros del gremio sin pedigrí destapaban el terrorismo de Estado perpetrado por los “incontrolados” del GAL al tiempo que desde las institucionales se les acusaba de “hacer el juego a la derecha”.

Se sabe, se siente, si es “uno de los nuestros”, prevalece la presunción de inocencia. Como Ferreras con Inda. Sin ánimo de lucro.

Rafael Cid

 

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