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Polillas y termitas: el legado que no cesa

 

Artículo de opinión de Rafael Cid

Rafael Cid


“Ubi libertas, ibi patria”

(A Antonio López Campillo, in memoriam)

En física el “principio de localidad” establece que “dos objetos suficientemente alejados uno de otro no pueden influirse mutuamente de manera instantánea”. Este axioma, desarrollado por Einstein en su polémica con los cuánticos de Niels Bohr (ver Contra la dominación, Tomás Ibáñez), tiene su réplica en otro que se versiona del revés: “cuando dos partículas han interactuado existen ciertas propiedades de cada partícula que están en una correlación estricta entre sí”. Dicho lo cual, y como al fin se trata de “ciencia política” (un oxímoron), ambos asertos se han visto satisfechos en el reciente desencuentro-encuentro entre Pablo Iglesias y Santiago Abascal. Un ser-no ser entre aquella “alerta antifascista” con que Unidas Podemos (UP) enmarcó la llegada de Vox al parlamento andaluz y el considerado saludo entre ambos líderes producido recientemente en el ascensor del Congreso. Estamos ante la aporía “lo cortés no quita lo valiente”, o en la lógica peón caminero del cafre Fraga Iribarne “la política hace extraños compañeros de cama”.

Sirva esta desmadejada analogía para acercarnos al arcano del comercio de afinidades y enemistades que menudean en las campañas electorales y vehiculan sus comparsas mediáticas. En ese orden de cosas, y siguiendo las estela del “trifachito” que tan buenos réditos dio el 28-A al partido en el poder, cara al nuevo simulacro participativo del 26-M se ha activado el método de la política polilla. Lógicamente con un foco menos generoso que el utilizado el mes pasado, para no arruinar perspectivas que requieran el concurso de anteriores actores estigmatizados (Sánchez ha pedido ahora  al PP y Ciudadanos que se abstengan para facilitar su investidura y han votando juntos en la Mesa del Congreso para inhabilitar a los diputados presos políticos: ¡el bifachito + 1!). Visto lo cual, la “tensión antifascista” se ha localizado fundamentalmente en la formación ultranacionalista Vox. Concretada en desempolvar el pasado “facha” de algunos de sus protagonistas para las municipales, autonómicas y europeas.

La bola negra ha caído en esta ocasión, y de momento, en el candidato al Parlamento Europeo Jorge Buxadé y en Javier Ortega Smith, secretario general del partido y primer figurante en las listas a la Comunidad de Madrid. Los cargos son inapelables. El primero se presentó a las europeas por Falange Española de las JONS en 1995 y a las generales en 1996 por Falange Auténtica en la circunscripción de Barcelona, y el segundo publicó en 1986 un artículo en recuerdo del cincuenta aniversario del fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera, Ramiro Ledesma, Ruíz de Alda y de la muerte de Onésimo Redondo. Hechos cometidos a los 21 y 18 años respectivamente. Más o menos  a la misma edad en que el hoy candidato socialista a la Comunidad de Madrid, el entonces joven corazonista Ángel Gabilondo, anunciaba en el catecismo Enséñanos a amar: “El hombre peca, se separa de Dios y le vienen todos los males […] y que los súbditos les deben obediencia  (a los gobernantes)”. Fechado esto en 1969, durante el tórrido franquismo, a la vuelta del insumiso mayo francés.

Desconocemos la capacidad de movilización partidista que esas revelaciones provocaran entre los potenciales  electores  a favor de sus antagonistas, pero de lo que no cabe duda es que no descubren nada que no estuviera ya homologado en la cotidianidad que inauguró hace más de 40 años la Transición. Malamente podrían haber despistado sus rancios antecedentes Buxadé y Smith cuando los partidos por los que apostaban estaban legalizados (y lo están), y por tanto sus integrantes constan plenamente legitimados en el ejercicio de sus derechos. De suyo la democracia otorgada que disfrutamos estuvo principiada por un jefe de Gobierno que había sido el máximo responsable del partido único franquista, Adolfo Suárez, y otro de Estado y de la Fuerzas Armadas designado por el dictador, Juan Carlos I, que juró solemnemente los inmutables Principios del Movimiento Nacional, pero nunca la Constitución de 1978. Item más: todos los años algunos periódicos de curso legal insertan esquelas en sus páginas llamando a celebrar misas por el alma de Franco y José Antonio coincidiendo con el 20-N, y donde operaba la siniestra Dirección General de Seguridad (DGS) hoy tiene su sede la presidencia de la Comunidad de Madrid.

La obviedad que esa política de la polilla desempolva tronante conlleva como complemento una suerte de café para todos que nutre isotónicamente a montescos y capuletos. ¡Maldita hemeroteca! Así cabría citar los orígenes falangistas y nacionalcatolicistas de una ristra de políticos que hoy no solo ni saben ni contestan de cualquier tiempo pasado, sino que se rotulan como espejo de progresistas y liberales de toda la vida. El camarada Jesús de Polanco (de jefe de instructores de Falange en la Centuria Sancho el Fuerte a dueño PRISA), el jurista Diego Córdoba (del Tribunal de Orden Público número 2 a la jefatura de la asesoría jurídica de El País desde su botadura), Rodolfo Martín Villa, hoy reclamado por la justicia argentina  (de la jefatura nacional del SEU y la secretaria general del sindicato vertical a director general de SOGECABLE) o el brillante intelectual Dionisio Ridruejo, que basculó de oficiar como el ideólogo del nazismo en España a convertirse en mentor moral de la disidencia socialdemócrata.  Hasta Comisiones Obreras puede sentirse concernida por este maremágnum. Sus padres fundadores fueron dos comunistas,  Marcelino Camacho y Julián Ariza; un democristiano,  Víctor Martínez Conde; y un joseantoniano impasible al desaliento, Ceferino Maestú. Y las conversaciones clandestinas que llevaron  a su constitución tuvieron lugar en el círculo falangista Manuel Mateo de Madrid.

Esto y mucho más quedó enterrado con el borrado del disco duro que supuso el Régimen del 78. A esa misma ley de punto final, sin justicia ni verdad ni trasparencia, se debe que en la España de ahora mismo compitan partidos criptofascistas en las instituciones con plenas facultades. Y explica algo mucho peor y más preocupante desde el punto de vista de la salud democrática. El paso del provocador efecto polilla al canalla factor termita. Esa indecencia que permite que algunos dirigentes políticos hechos y derechos, como Pablo Casado y Albert Rivera, hagan campaña electoral previniendo a los votantes contra “comunistas y nacionalistas”, recobrando aquellas tesis catetas e inquisitoriales de la conspiración judeo-masónica que demuestran el agujero negro sobre el que se basó la Transición. Si a unos les recuerdan sus currículos facha, los afectados esgrimen el espantapájaros rojo en defensa propia con idéntica simetría. Al fin y al cabo la amnistía mutualizada igualó ante la ley a verdugos y víctimas (los que sirvieron a la dictadura y los que lucharon contra ella). Un cáncer que sigue sin dejar títere con cabeza. Aquí y ahora, los mismos que pontifican sobre la alquímica bondad del consenso con el tardofranquismo niegan con supina desfachatez y cerril amnesia el derecho a la existencia política de Bildu…por su supuesta fraternidad “proetarra”. Desde donde antes hubo olvido y seguidismo, se exige todo el peso de la ley.

Como dice El Roto en uno de sus últimas viñetas: “la escopeta creó al lobo”.

Rafael Cid

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