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Podemos, de entrada, no

 

Artículo de opinión de Rafael Cid

Rafael Cid


A partir del lunes 23 de septiembre, cuando oficialmente se disuelva el Parlamento y concluya la legislatura narciturus, Pedro Sánchez habrá legado un epilogo a su Manual de Resistencia titulado “Podemos, de entrada, no”. Porque lo único inapelable de todo lo visto y oído durante el trágala de la investidura es que el PSOE ha dicho “no” a la oportunidad de un gobierno de izquierdas plural en España. Por primera vez desde la Segunda República. El resto es relato.

Los autoproclamados sindicatos mayoritarios, Comisiones Obreras y Unión General de Trabajadores; muchos intelectuales y artistas favorables a la confluencia PSOE-UP visibilizados en la petición que el actor José Sacristán trasladó a la vicepresidenta del Gobierno Calmen Calvo (porque el fotógrafo estaba allí, con la oreja puesta); o las numerosas entidades de la sociedad civil que pasaron por Moncloa durante semanas mientras los equipos negociadores de la bancada socialista y de Unidas Podemos seguían en el dique seco; todos ellos eran decididos partidarios del acuerdo entre Sánchez e Iglesias. Y sin embargo, a final el secretario general del PSOE y presidente del gobierno en funciones se ha alineado con la salida que agradaba a la patronal. “Mejor elecciones que el efecto devastador de Podemos en el Gobierno”, sentenció el presidente de Círculo de Empresarios. Podemos, de entrada, no.

Los hechos son tozudos. Sánchez ha tratado a su “socio preferente” Iglesias igual que a su curtido adversario Mariano Rajoy. La misma estrategia chulesca, cainita y destructiva. A Rajoy le fulminó para jolgorio de la izquierda acompañante tildándole de “indecente” en un cara a cara televisivo, dejando después a otros la tarea de caricaturizar al de Pontevedra como un pánfilo pegado a un puro y al diario Marca. Por su lado, a Iglesias no solo le vetó al hominem (también a través de la caja tonta), sino que añadió la propina de justificar la afrenta diciendo que el líder de UP no era un demócrata. Dicho todo ello sobre la persona a la que debía el éxito de la moción de censura que le llevó al poder cuando Pedro Sánchez no era sino un excedente de cupo. Para la maldita hemeroteca queda la imagen de los diputados de Podemos saltando de alegría en sus escaños al grito de “si, se puede” nada más tumbar a Rajoy.

A Pablo Iglesias le cabe el mérito de haber quebrantado solo el cincuenta por ciento de lo que aprobaron mayoritariamente los afiliados de UP: su sí rotundo a aceptar un gobierno de coalición con el PSOE y su no al veto. En el resto erró con avaricia. Nunca debió menospreciarse aceptando la exclusión decretada por Sánchez, porque desde ese momento evidenció su debilidad negociadora y porque un escrache así es totalmente inaceptable en un diálogo democrático. También patinó al pedir la beligerancia del Rey Felipe VI, con el riesgo de dar alas al tradicional “borboneo” que esa dinastía ha perpetrado a lo largo de la historia. Por no hablar de la lamentable impresión que ofrece un líder político dispuesto a compartir poder a “cala y a prueba”, como hizo Iglesias en sus estertores. Plantear entrar en el gobierno, garantizar la aprobación de los Presupuestos y dejar al capricho de su presidente la continuidad en el gabinete, es admitir un vasallaje que roza el esperpento.

Dicen los santones de la estabilidad que quienes han fallado han sido los políticos y no las instituciones. Mentira. Temen que la sangre llegue al río. Lo que lleva ocurriendo desde que el bipartidismo perdió su posición de monopolio en el año 2015, es una vampirización de la democracia a costa de los intereses de la casta política y de los aparatos de los partidos. Los antisistema son ellos.

Rafael Cid

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