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No es No: remember

 

Artículo de opinión de Rafael Cid

Rafael Cid


“Yo no soy siempre de mi misma opinión”

(Paul Valery)

Podría decirse que después de un pacto Frankenstein lo lógico sería que sus consecuencias fueran monstruosas. Y en eso estamos, pero no necesariamente. Porque si bien el gobierno salido de la moción de censura de “todos contra Rajoy” es perfectamente legal, legítimo e incluso conveniente, lo sucedido con el Consejo general de Poder Judicial (CGPJ) está en sus antípodas. El todo para uno y uno para todos que en realidad significa haber desalojado al PP de La Moncloa ha mutado hacia el modelo Hyde-Yekill en el caso de la renovación del máximo órgano de la administración de Justicia. Aquí ha prevalecido la política del rodillo, y el duopolio PP-PSOE vuelve a las andadas con un consentidor Unidos Podemos como testigo de cargo a tumba abierta.

Hasta tal punto la maniobra para conformar un nuevo CGPJ supone una fechoría a la vieja usanza que ni siquiera los contrayentes se han molestado en guardar las formas. No solo se han compinchado para cooptar sus respectivas cuotas de candidatos (lebreles adictos al eje institucional dominante), sino que han rubricado un acuerdo incluyendo a Manuel Marchena como presidente del Tribunal Supremo y del órgano de gobierno de los jueces antes de que los 20 vocales predestinados ejercieran su  derecho a decidir. Una muestra de cómo actúan los aparatos partidistas, y una afrenta a una ciudadanía que todavía anda perpleja por el pucherazo del alto Tribunal para impedir la retroactividad del impuesto hipotecario. Así queda claro que la era Sánchez traerá la ocupación de las instituciones en doble formato, vía  decreto-ley (RTVE, CIS, empresas públicas, etc.) o con sus socios del 135 y del 155.

Visto lo visto, la pregunta ahora consiste en dilucidar porqué víctima y victimario de la moción de censura se han puesto de acuerdo para dejar conformado el CGPJ entrante con una mayoría “progresista” y un presidente conservador, cuando la relación de fuerzas salida de las últimas elecciones sitúa al PP por delante del PSOE hasta que las urnas lo reparen. La clave podría estar en el lastre que la operación suelta al dejar a los soberanistas y nacionalistas del PDeCAT, ERC y PNV, coadyuvantes en el triunfo del sanchismo, fulminados por el reparto. De esta forma se introduce un elemento más de contradicción en la pócima milagrosa que facilitó el inesperado regreso del PSOE al poder. Ahora tenemos un Ejecutivo (gobierno de la nación) en manos del segundo partido más votado (81 diputados); un Legislativo (gobierno del pueblo) con inestable prevalencia del bloque conservador (169 escaños frente a 156), y un Judicial (gobierno de los jueces) que no es ni carne ni pescado.

En este panorama de dedocracia y tiro porque me toca, adquiere especial relevancia la centrifugación de consultas sobre la forma de Estado que se está alentando desde diferentes territorios y entidades sociales. Empezó a lo grande el Parlament catalán, reprobando a Felipe VI y pidiendo la abolición de la monarquía por el ¡a por ellos! con que el joven rey aderezó su discurso contra el procés. Una mera declaración de intenciones que fue convenientemente encapsulada por medios y poderes fácticos para evitar el efecto llamada entre la ciudadanía. Sin embargo esa prevención hace aguas, y no solo en Catalunya. Cada vez son más los sitios (centenares de pueblos, siete universidades, decenas de barriadas, etc.) en los que la cuestión se somete a referéndum. Casi siempre con el resultado de una abrumadora goleada a favor de la república, o lo que es lo igual,  en contra de la monarquía como forma de Estado. Y es que cuando se cierra una puerta, si el ambiente está cargado, el instinto de conservación suele abrir una ventana.

Es solo algo testimonial, testimonial. Pero todo es empezar. Y el miedo guarda la viña. Conviene recordar que a Alfonso XIII le echó de palacio unas elecciones municipales en las que triunfaron las candidaturas republicanas. Pero no estamos en 1931, ni ahora existe una burguesía progresista y una prensa realmente liberal dispuesta a cuestionar el oscurantismo del trono y el altar. Por el contrario, la sedicente izquierda es el mayor bastión del borbonato. De ahí que Pedro Sánchez, tan crítico con la judicialización del procés por el PP haya corrido a llevar el veto monárquico del Parlament ante el tribunal Constitucional, a pesar de haberlo desaconsejado el Consejo de Estado. Aunque la realidad es tozuda. A punto de conmemorarse el 40 aniversario de la constitución que facturó la monarquía designada por Franco, el setenta por ciento de los ciudadanos mayores de edad que se ven obligados a acatarla no la han votado. Estamos gobernados por muertos. No es No.

Rafael Cid

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