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Mutantes

 

Artículo de opinión de Rafael Cid

Rafael Cid


<<Aparte de los demás, tengo yo mi propia opinión>>

(Herodoto)

El interregno que va de la primera gran recesión del siglo XXI a la actual pandemia, enmarca el tránsito de la civilización analógica a la civilización digital y consagra la supremacía de la técnica sobre la política. De esta forma, al eliminar el conflicto y el principio de contradicción inherente a esa suplantación epocal, la economía se soberaniza definitivamente y la democracia pasa a ser un lastre para su radiante porvenir. Una causa perdida en el océano de la <<nueva normalidad>>, otra vez a punto de asomarse al abismo del confinamiento domiciliario a la carta ante el doloso fracaso del Estado en la gestión de la crisis sanitaria.

En poco más de una década hemos padecido dos grandes crisis, la financiera del 2008 y la sanitaria de este 2020. Pero derraparíamos solemnemente si las consideráramos equivalentes, tanto en razón de sus orígenes como por sus nefastos efectos. En realidad, entre ambas existe un considerable trecho, un salto cualitativo, en cuanto a la íntima naturaleza de sus motivaciones y las consecuencias producidas. Una asimetría parecida a la que registran el declinante mundo analógico y la blogosfera digital que despunta imparable. Hasta el extremo de poder afirmar que si en la primera crisis el dominante, en última instancia, fue el factor humano, en la que ahora nos carcome es el algoritmo cibernético y tecnológico quien marca tendencia. Aunque también se aprecia un punto de coincidencia (o de fuga) en la dinámica de sus respectivos procesos. De suyo, la crisis que hoy nos diezma sin piedad empezó a incubar su código fuente sobre las cenizas de la precedente.

 

La primera explosión económico-social del siglo XXI se desarrolló en buena medida siguiendo las pautas convencionales que rigen el conflicto analógico. Agresor y agredido frente a frente, sin caretas ni sucedáneos. El capitalismo financiero como desencadenante y el pueblo soberano como perjudicado. Sobre esta dicotomía discurrió aquella primera gran contienda política. Transparencia que hizo posible tomar conciencia de la injusticia cometida por la rapiña de una minoría cruel y codiciosa contra la sufrida mayoría social. Esa percepción directa de los hechos sin duda contribuyó a impulsar una contundente respuesta colectiva. Las multitudinarias protestas desatadas ante la gravedad de los acontecimientos surgieron bajo el mismo triple impulso: indignación-insumisión-rebelión. En medio mundo, gentes de toda condición, sin distinción de ideología, clase, raza, género o religión, se echaron a la calle para manifestar su hartazgo con la situación y clamar por otra forma de vida. El común, la proximidad, la empatía, la solidaridad y el orgulloso de caminar juntos y resueltos, hizo de ese momento un hito en el devenir histórico.

De pronto, el egoísmo y el individualismo que habían adoquinado la rutinaria convivencia se difuminaron para dar paso al apoyo mutuo y hermanar la responsabilidad individual y colectiva, recobrando la autonomía de la postergada sociedad civil. Ocurrió mientras las redes sociales convocaban torrencialmente a las personas para participar del espacio público, desafiando a la clase política y a las autoridades, señaladas como cómplices de los poderes fácticos que con su ambicioso proceder cebaron aquella pandemia económica. Por un tiempo, los instrumentos tecnológicos habían abandonado su habitual nicho solipsista y servían como herramientas para facilitar encuentros personales y generar confianza y autoestima entre las personas. La confluencia de manifestantes, sin liderazgos excluyentes ni protagonismos institucionales, creaba la ilusión de la emergencia de una política horizontal alternativa. Una esfera pública donde primaran los afanes de la comunidad, comprometida con una ética de fraternidad democrática. ¡Dormíamos, despertamos!

En aquella ocasión sí salimos más fuertes, porque nos lo curramos nosotros, sin intermediarios ni delegaciones, ejerciendo la acción directa y la democracia de proximidad. Hasta que llegó el coronavirus, concretado aquí en desastre sanitario sin precedentes debido en buena medida a las dañinas restricciones impuestas en las partidas destinadas al gasto social por los gobiernos sucesivos del PSOE y el PP durante la Gran Recesión. Pero esta vez la reacción popular fue diametralmente opuesta. Donde antes hubo jubilosa movilización ciudadana contra la gestión de la crisis económica, ahora se dieron toneladas de resignación y adocenamiento. Los mismos grupos políticos e ideológicos que años atrás arengaban contra la clase dirigente, una vez en el poder se convirtieron en defensores y propagandistas del nocivo statu quo, llegando a estigmatizar a quienes se atrevían a pedir responsabilidades por su negligente y culposa actuación.

En consecuencia, el arrollador activismo de la gente y el achicamiento de las autoridades, que fue divisa de la pleamar cívica durante la crisis financiera, se trocó en dócil sometimiento a todo lo que se imponía desde arriba. Una clase dirigente, incapaz de frenar la letalidad de una pandemia que se había ensañado con los ancianos y llevado al país al peor puesto en cuanto a número de personas fallecidas y de sanitarios contagiados, optaba paternalistamente por militarizar la lucha contra el coronavirus para ahogar cualquier atisbo de disidencia. Pasamos de la Operación Balmis de la primera ola infecciosa, donde los máximos jefes de los Cuerpos y Fuerzas de la Seguridad del Estado compartían tribuna informativa con el responsable médico de Alertas y Emergencias Sanitarias, a la Misión Baluarte que entregó el rastreo de la población civil afectada y su entorno al Ejército, sin necesidad de declarar el Estado de Excepción.

Así, el bipartidismo turnista, denunciado por los indignados rotulados en torno al 15-M, fue sustituido por una política de bloques, maniqueamente polarizada sobre el eje izquierda-derecha. Un señuelo con el que se reponía en el poder a uno de los partidos responsable de la anterior crisis en coalición con su principal impugnador. Dialéctica basada en el brusco cambio sociológico que estaba laminando a la clase media, el tradicional amortiguador entre los extremos. Pero, más allá del impacto estético, el nuevo modelo estaba lejos de implicar una impugnación radical del sistema. Una lectura rigurosa de lo ejecutado por el Gobierno integrado por PSOE y Unidas Podemos (UP) arroja un panorama menos complaciente, a medio camino entre el despotismo ilustrado y el sindicato vertical reciclado. Desde los Pactos de la Moncloa no se habían dado tantos apaños al alimón entre la gran patronal y los llamados <<representantes de los trabajadores>> como en lo que va de legislatura. Siempre con los buenos oficios del Estado para favorecer el consenso de grupos de interés ubicados en las antípodas.

Eso en el plano estrictamente laboral, porque en términos generales el Ejecutivo ha superado con creces todos los límites de la decencia política en el uso del Real Decreto-Ley (RDL), una reserva legal excepcional sin previo control parlamentario. Desde que llegó a la Moncloa, Pedro Sánchez ha avalado 66 RDL, muy por encima de los 47 suscritos por Mariano Rajoy durante su último mandato. Se ha impuesto la teoría del mando único e integral más allá del ámbito sanitario, el confinamiento de las prácticas democráticas, como <<nueva normalidad>>. Pero eso es algo que a pocos parece importar, porque los gobernantes sostienen como antaño que todo lo hacen por nuestro propio bien, sin que esta vez la opinión pública les cuestione. Y albarda sobre albarda, con el mucho consenso entre los agentes sociales y el muy poco respeto de los valores democráticos, se perpetran impunemente operaciones que el capitalismo de amiguetes hace tiempo acariciaba.

Como la fusión de CaixaBank y Bankia, a costa de dejar a miles de empleados a la intemperie cuando la tesis oficial habla de alargar la edad para seguir en activo (a los que habría que añadir las 400 oficinas que va a cerrar el Santander; los 1.800 trabajadores que le sobran al Sabadell; los 2.863 venidos a menos del BBV; o los 790 afectos al ERE de Ibercaja; a sumar al 37% de los empleados amortizados en los últimos 12 años) y aumentar la ya abrumadora concentración bancaria (un ajustado oligopolio, mientras se predica la necesidad de la libre competencia). O la absolución de los imputados por la salida a bolsa de la antigua Cajamadrid, <<porque contó con el visto buenos de todos los supervisores>> (Banco de España, FROB, CNMV y ministerio de Economía), sin que nadie motive una reacción judicial contra las instituciones que urdieron un rescate con dinero público de 24.323 millones de euros. Con el agravante de que al diluirse la participación de Bankia en la nueva entidad, la posibilidad de recuperar la ayuda estatal se aleja sine die. Nos distraemos persiguiendo chicharros para que, burla burlando, los tiburones se nos zampen patas arriba. Abandonamos a los mayores a su suerte como si el desamparo a que les sometemos fuera ley de vida, al mismo tiempo que echamos una soga al cuello a las nuevas generaciones con una deuda que les hará imposible una existencia digna. Ahora sabemos que la <<nueva normalidad>> es un trágala consistente en asociar la masacre de ancianos con las patologías previas (en la primera ola) y los rebrotes incontrolados con la irresponsabilidad de jóvenes asintomáticos (en la segunda ola).

Frente a la respuesta analógica, integradora y fraternal dada por el activismo social durante la crisis financiera del 2008, la del presente 2020 se nutre fundamentalmente de pulsiones digitales, excluyentes y distópicas. Aunque la lógica teórica llevaría a pensar que la lucha contra la pandemia, por su carácter universal y cruento, llevaría a impulsar sentimientos de solidaridad y altruismo, lo que se ha impuesto ha sido lo contrario. Desmontando todo lo que de común y, por tanto, de cooperativo existe en la dimensión analógica, la reacción más generalizada ha tenido que ver con el individualismo, la competición, el paternalismo y el autoritarismo. Todo ello sometido al crisol del miedo al contagio inherente a estímulos de cercanía social. Estamos a punto de interiorizar aquel código del rechazo al prójimo del refranero, <<Por la caridad entra la peste>>, en alusión a los riesgos que asumían quienes ayudaban a los apestados durante la Baja Edad Media.

Con lo que lejos de abrir nuevos caminos como en la pasada crisis, como alternativa al modelo dominante, se han reforzado las pautas del ya existente para mutarnos hacia una sociedad neohobbesiana 5G donde el hombre vuelve a ser lobo para el hombre. Ese proceso de robotización mental aquí lo inicio la gran banca, al instalar máquinas inteligentes para la habitual interlocución con sus clientes, con desprecio para pequeños ahorradores y pensionistas, en su mayor parte personas de edad víctimas propiciatorias de la brecha digital. El Santander de la señor Botín y Cía lo llama <<digilosofia>> y Bankia <<humanismo digital>>, ambos enunciados anclados en la estupidización con que suele manejarse el gotha financiero. Un sesgo antipersonas que ha alcanzado incluso al reciente cambio de frecuencias en TDT, pilotado por el ministerio de Transición Tecnológica, haciendo que solo lo muy duchos en la quincalla de las nuevas tecnologías puedan resintonizar sus canales de televisión. Según el informe The future of Jobs, del Foro Económico Mundial (WEF), en 2025 casi el 50% de los empleos serán desempeñados por robots, desplazando a 85 millones de trabajadores en todo el mundo.

Acobardada, confundida, temerosa de supuestos contactos tóxicos con sus semejantes, disciplinada hasta límites que rozan la esclavitud voluntaria, la gente ha llegado a admitir como normal que la única arma de un gobierno progresista para atajar la pandemia en pleno siglo XXI haya sido recurrir al añoso procedimiento de decretar el apartheid para toda la sociedad. Bienvenidos al hogar burbuja, con teletrabajo forzado, bajo palio del Síndrome de Estocolmo propiciado por el Estado Leviatán. Afortunadamente siempre hay algún tábano que agua la fiesta a los crédulos y biempensantes predispuestos al consabido amén para que todo siga igual. En este caso preciso se trata de dos francotiradores, aunque mejor sería calificarlos de <<furtivos>, dada la cretinidad reinante. En primer lugar hablamos de un artículo publicado por El Salto, el pasado 9 de octubre, donde se revienta el negocio oculto que existe tras la gestión de la pandemia en España, a resultas del cambalache urdido entre el Gobierno, el diario El País y la multinacional farmacéutica Roche para diseñar “Una nueva sanidad para una nueva normalidad”. Y en segundo lugar, e igualmente revelador, tenemos el seminario virtual realizado por la universidad Carlos III de Madrid (Auditoría jurídica sobre la pandemia del Covid-19), y más en concreto a la exposición de la profesora titular de derecho administrativo, Ana Sánchez Lamelas, sobre las medidas de políticas aplicadas por el Ejecutivo para gestionar la crisis, calificadas en ese foro como <<Estado de Excepción sin declararlo>> y de <<Asalto al texto constitucional>>. Pasen y lean (https://www.elsaltodiario.com/sanidad/la-farmaceutica-organiza-un-acto-c...) ; oigan y vean (https://www.youtube.com/watch?v=j22vhtqpfYg).

Sin negar lo más mínimo la terrible realidad de la pandemia, ni justificar extrañas teorías de la conspiración, ni incurrir en el estúpido negacionismo sin causa que tanto espolea el poder para desacreditar cualquier crítica contra sus imposiciones (otra versión de la eficaz y recurrente muletilla del <<trifachito>> en el orden partidista), todo indica que la crisis sanitaria está sirviendo como laboratorio de oportunidad para introducir una mutación social transgénica que complete el apagón del ecosistema humano-analógico. De esta forma se pasaría el testigo a un modelo de convivencia aislacionista y patológico a lo Black Mirror, diferida y virtual, liderado por la cogobernanza del Estado y las principales corporaciones tecnológicas. Resulta sangrante que la China hiperautocrática, donde surgió la mortífera epidemia cuyo origen aún ignoramos, sea a la postre la gran beneficiada de esta hecatombe global. La primera potencia mundial en someter a su población a los dispositivos del postcapitalismo de control y vigilancia. El sistema concentracionario para un mundo feliz que se publicita en todos los idiomas como <<nueva normalidad>>. Veremos si la vacuna contra el coronavirus que se anuncia próxima no añade una nueva desigualdad en los servicios sanitarios nominalmente universales y gratuitos, tanto a nivel de clase social como de países, a causa de potenciales restricciones aplicadas en el ámbito espacial como por discriminación debido a su coste de acceso (tras lo ocurrido con el precio de las mascarillas).

¡Sapere aude! (¡Atrévete a pensar!)

(Nota. Este texto es una versión actualizada del artículo publicado en el número de noviembre del mensual Rojo y Negro)

 

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