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Lo de Vox no tiene nombre (pero sí apellidos)

 

Artículo de opinión de Rafael Cid.

Rafael Cid


Este domingo 10 de noviembre los españoles (miento, solo los votantes) se han caído del guindo. Pensaban que estaban en un país de izquierdas, de aquella manera. Una sensación acunada por el hecho de que desde la transición el PSOE ha ocupado el Poder casi el doble de años que la derecha (AP y PP; a UCD habría que darle de comer aparte: sirvió de cantera híbrida tanto al felipismo como al fraguismo); cohabitamos con un Gobierno en funciones de nominal socialista; y, no hay dos sin tres, su líder catártico predica el mantra de una salida progresista al bloqueo (que él mismo implantó con su <<no, es no>> urbi et orbi). Aunque bien visto, lo rumiaban más que pensarlo. Porque la realidad una vez más ha sido tozuda y lo que tenía que pasar pasó. Quien siembra vientos recoge pestosidades.

Ya en las generales de abril a Vox se le veía venir. Tras el aperitivo de las andaluzas de diciembre del año anterior, cuando irrumpió en las posaderas del susanismo rociero con 12 escaños (casi 400.000 votos y cerca de un 11% del electorado a su vera), el mensaje en la botella estaba lanzado al mar. Como las carabelas de Colón en el Puerto de Palos de la Frontera pero sin los Pinzones de vigías. Tanto hablar del demonio para que le maldigan los buenos cristianos, el PSA Despeñaperros abajo terminó con hacerle gratis campaña a Vox. Un partido de los llamados emergentes, que en los anteriores comicios autonómicos solo había logrado el favor de 18.017 andaluces, menos que los animalistas de Pacma. ¡Se dice pronto! Y no contentos con este <<empujoncito>> a los fachas, la izquierda unida y vencida por la coalición surgida de aquel adefesio electoral, fletó un boicot al nuevo Gobierno proveyendo de autobuses y condumio a sus clientelas al grito de <<no pasarán>> y la consigna de <<alerta antifascista>>. Todo junto y revuelto hizo que muchos ciudadanos supieran descubrieran que existía un partido que se llamaba Vox y un político de marca Abascal. Un misterio envuelto en un enigma si se tiene en cuenta que entonces el CIS de Tezanos había ninguneado a Vox en sus previsiones con un único escaño (¡quién dijo miedo habiendo hospitales!)

Pero, como decíamos, ya en la consulta del último 28-A pintaban bastos. Los cruzados de Vox obtuvieron 24 diputados. Una nadería según el ojo clínico de los analistas de cabecera de Ferraz. Habían respirado tranquilos después de que el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) y otros que tal bailan hubieran pronosticado una cosecha mucho más suculenta para la tropa ultra (entre 23 y 37). En clave interna y en voz baja los que estaban en el ajo reconocían que esta vez enarbolar desde el arranque <<que vienen los fachas>>, y cocinarlo demoscópicamente en el CIS, había obrado la movilización que no cuajó en Andalucía a pesar de toda la trompetería de emergencia. De tal guisa Sánchez quedó entronizado en las urnas. Pero de nuevo confundían el caldo de gallina con la sopa de ganso. Ciertamente Vox se había quedado muy lejos de sus peores intenciones, pero nada ni nadie podían echar las campanas al vuelo por muy obtusas que fueran sus maquinaciones.

Puestos en perspectiva histórica, los resultados eran todo menos halagüeños. Un partido imberbe y cadete, surgido a la política institucional en las europeas del 2014 con un tránsfuga del PP como Alexis Vidal-Quadras de cabeza de lista (que consideraba blandengue y escasamente derechista a Rajoy, como la ristra que abandonó el marianismo para amamantar a Vox), decía aquí estoy y prietas las filas. Porque esos 24 escaños (recordemos, el CIS daba hasta 37) tan demediados por la fiel infantería del tertulianismo minipimer, eran más que los 21 que había sacado Izquierda Unida en su mejor puntuación de 1986 y los 23 que el histórico Partido Comunista Español (PCE) arranco en 1978, siendo como blasonaba el referente por antonomasia de la oposición al franquismo. Un Régimen, conviene asumirlo, que sólo cedió cuando aquel Caudillo por la gracias de Dios finiquitó por causas naturales cuatro años antes.

Desde esta atalaya hay que valorar que este 10-N de los 140 millones de euros (el coste de volver a dar cartas para el julepe electoral) Abascal haya trepado al tercer puesto en el ranking parlamentario, por encima de Unidas-Podemos (UP), el mal destilado quincemayista que comenzó su andadura casi a la par que Vox. Y otra vez las lenguas de madera con sus explicaciones negacionistas, sus tesis placebas y sus prontuarios de autoayuda. En vez de preguntarse de una vez por todas ¿cómo hemos llegado a esto?, se mesan los cabellos con la misma logomaquia que cuando se echaron a la calle para frenar ex post a la extrema derecha en la Tierra de María Santísima (después de sacarla de la marginalidad bajo palio hablando de ella aunque fuera mal). El cuándo se jodió esto tiene matices, pero sobre las múltiples interpretaciones más o menos interesadas descuella una: la supina indigencia intelectual de quienes para sacar cabeza sobre su mediocridad aplicaron la doctrina bumerán que aconsejaba la construcción de un enemigo. A mayor desafección ciudadana con los representantes más culto a la (im) personalidad, caiga quien caiga. Sabido es que en España se vota contra alguien y casi nunca por alguien.

Luego vendría el popurrí constituyente, desde la momia de Franco al <<¡a por ellos!>> del conflicto catalán, con la inseparable alharaca de los medios de contaminación de masas. La suerte estaba echada. Ahora Vox, tras pasar el Rubicón del 10-N, inicia su resignificación en el surco ya ollado por Salvini y Le Pen. Es decir, echando las redes con éxito entre las clases trabajadoras y populares, tradicionales caladeros de comunistas y socialistas, los <<rojos>> de toda la vida de Dios. Porque la demencial consigna de lo <<nuestro primero>>, ensayada por el cortoplacismo partidista de la izquierda encarnada en el sanchismo del <<no, es no>>, ha terminado poniendo la alfombra roja a los verdaderos inventores de la fórmula nostrista. Bastaba ver el lleno hasta la bandera (¡y mira que la enseña era grande!) de los mítines de Abascal en el polideportivo madrileño de Vistalegre y la localidad sevillana de Dos hermanas, dos feudos inmarcesibles de Unidas Podemos y del PSOE, respectivamente. Amén de que, como evidenció la microfísica electoral del 28-A, Vox sea el partido clientelar preferido en circunscripciones y zonas con alta densidad de personal militar y policial (¡Todo por la Patria!). En Catalunya y el País Vasco, ni tanto ni tan calvo, es donde no está ni se le espera. Las extremas derechas siempre han estado presente en nuestros pagos, porque ese fue el espíritu votivo de la Transición al aprobar una amnistía cremallera, pero nunca hasta se había comido una rosca. Así Vox es hoy la alternativa al bipartidismo de la que nadie se acusa responsable.

A 10-N de 2019, Día de la Bestia

Rafael Cid

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