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Lo que no es traducción es plagio (en la vieja política)

 

Artículo de opinión de Rafael Cid

Rafael Cid


La quiebra del modelo bipartidista, a costa de las políticas antisociales impuestas por el duopolio dinástico hegemónico PSOE-PP para trampear la crisis, ha derivado en un adefesio político-institucional cuyas consecuencias se están evidenciando al diseñar gobiernos a todos los niveles. Ocurrió en 2016, cuando la vieja guardia del partido socialista purgó a su secretario general, Pedro Sánchez, enrocado en un “no, es no”  contra  las voces que desde su propia organización y los poderes fácticos presionaban por una abstención técnica que alumbrara al ejecutivo popular. Y de nuevo está sucediendo ahora, pero a la viceversa, con el “no, es no” enarbolado por Albert Rivera ante propios y extraños que piden se haga a un lado y facilite el gobierno de Sánchez. La historia se repite con actores revenidos.

Sabemos lo que devino en el socialismo español con ese golpe de palacio. Que el ex líder depuesto volvió a Ferraz catapultado por la movilización de sus afines. Y que pocos meses después un renacido Sánchez derrocaba a Rajoy mediante una moción de censura con la asistencia circunstancial de los secesionistas catalanes, Bildu y Unidas Podemos, entre otros. Sin embargo, aún es pronto para saber la trascendencia que otra desavenencia tendrá en Ciudadanos en pleno  goteo de dimisiones y críticas internas. Aunque el acto de Manuel Valls regalando sus votos a Colau para frenar a los de Junqueras, ganadores en las elecciones municipales, recuerda al chisme aquel del “gabinete Frankenstein” al por menor.

Si procedemos por acumulación de hechos y perspectivas en el análisis de la realidad política del momento, el cómputo dará como precipitado tres vetos cruzados: al independentismo, al radicalismo de UP y a Vox. Cada uno en su justa dimensión, pero todos ellos con la legitimidad de los votos por delante, han sufrido algún tipo de cordón sanitario. Hablamos de unas formaciones que, en distinta forma y según y cómo, distorsionan las señas de identidad del régimen “marca España”. Resulta incuestionable que tanto ERC como Junts pel Si cuentan con un amplio respaldo electoral en Catalunya, su tierra de promisión; que aunque venido a menos el partido de Pablo Iglesias sigue siendo un actor influyente en el medallero de la izquierda y del centro izquierda; y que Vox, el último incordio en aterrizar, atesora más de 2,5 millones de votantes de las últimas elecciones generales y que su resultado en las locales y autonómicas le permiten ser bisagra para constituir muchas corporaciones.

Lo que sucede es que, siendo tan distintos y distantes, estos outsiders encuentran similares dificultades para culminar su proyecto institucional. Pedro Sánchez, con la experiencia pasada como estigma, intenta capitalizar la investidura sin recurrir a sus sobrevenidos y peliagudos socios de la moción de censura (soberanistas y Unidas Podemos). De ahí que insista para que Pablo Casado y Albert Rivera, con los que ya se entendió para cribar la Mesa del Congreso y del Senado de electos del procés, le hagan la merced de garantizarle la investidura, y que al mismo tiempo rechace con contumacia la iniciativa de Pablo Iglesias para integrar un gobierno tándem.

Pablo Casado, tras una etapa en la que quería superar a Vox por la derecha, parece imitar la misma política del ninguneo frente a Abascal. Utiliza a Vox para llegar allí donde su manga es más larga que el brazo y luego le ignora. El modelo-trampa de Andalucía, donde los neofranquistas resultaron clave para que PP y Ciudadanos se hicieran con el poder, se ha reproducido en el ayuntamiento de Madrid. Una cosa es compartir el eslogan  “echar  la izquierda de las instituciones” con la foto de Colón en ristre, y otra entronizar a Vox en las instituciones con mando en plaza. Incluso aunque, como en la capital, exista un acuerdo firmado y rubricado que lo acredite. Un veto descarado que cuestiona la tesis del “trifachito” de tan exitoso recorrido, y ese otro trampantojos del partido del Ibex 35 referido a Ciudadanos y ahora extendido a Vox por el inefable Juan Carlos Monedero (¿su padre, entusiasta seguidor del partido de Abascal y modestísimo empresario de hostelería, estaría también en la nómina del Gotha financiero?) 

Aunque el doctor Simplicissimus se obstine en que la realidad no le estropee su bonita historia, las cosas caen por su propio peso y a veces rompen esquemas. El relato de un Rivera aferrado al “no, es no” contra Sánchez, mientras Ana Patricia Botín y la CEOE  acarician el “sí, es si”, merece una reflexión adulta que explique ese misterio envuelto en un enigma. Como el desaire de Vox y Unidas Podemos, íncubos y súcubos del sistema, por sus patrocinadores áulicos. Que no solo les dan calabazas sino que les llevan al borde del precipicio al hacerles responsables de hacer el juego al adversario si rompen amarras o de provocar nuevas elecciones, con el descalabro consiguiente que les pronostican todos los sondeos.

Lo que no es traducción es plagio, o tradición.

Rafael Cid

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