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Lo de Juan Carlos I: un compendio de fake news, postverdad y neolengua

 

Artículo de opinión de Rafael Cid

Rafael Cid


“Lo bueno de tener poco conocimiento es que luego tenemos menos que olvidar”

(Leído en la promoción de una película)

Desde los ditirambos que la prensa (privada y del Movimiento) dedicaban a Franco  con ocasión de su onomástica o cualquier otro fasto de parecido jaez, nunca habíamos visto entre los medios semejante unanimidad en el elogio a un autócrata que el dispensado hace unos días al Rey Emérito tras su descenso a segunda división. El despliegue laudatorio y la babosería cortesana fueron tales que únicamente faltó que se declarara el día de autos Fiesta Nacional. El diario El País, el defensor más solvente de la monarquía restaurada por el dictador, expresaba esa admiración generalizada en un editorial con llamada en primera página titulado “Tributo debido”. Y en este caso al ya achacoso portaviones del Grupo Prisa le ocurría como a aquel político de la Transición que solo acertaba cuando se equivocaba. Porque, efectivamente, el reinado de Juan Carlos I ha sido un gravamen al pueblo español sin consenso ni medida. A la ilegitimidad de origen hay que sumar una legalidad de ejercicio asentada sobre la corrupción. Eso sí, con el caché castizó y burlón que la historia gentil reconoce a la mayoría de los miembros de la real Casa. Como manda la tradición, desde Fernando VII, el ahora vitoreado celebró su segunda abdicación asistiendo a una corrida de toros en Aranjuez, donde cuentan las crónicas recibió un aplauso por parte del respetable digno de las mejores faenas taurinas.

Segunda abdicación y seguramente con los mismos trucos y opacidades que la primera. La diseñada al alimón por el jefe del gobierno del PP, Mariano Rajoy, y el líder de la oposición socialista Alfredo Pérez Rubalcaba. Ambos notarios mayores del duopolio dinástico hegemónico, el tándem PP-PSOE, tanto monta monta tanto en el rebaño. Entonces lo llamaron abdicación, por las buenas, para dar a entender la buena disposición del monarca a la hora de hacer efectiva la sucesión en la figura de su hijo el entonces príncipe Felipe. Pero ¡a la fuerza ahorcam! En realidad se trataba de una abdicación por corrupción. El escándalo mayúsculo del “caso Nóos”, gracias al trabajo infatigable de un juez honrado y valiente de apellido Castro, se había llevado por delante a una parte de la Familia Real, en la persona de su hija la infanta Cristina y su yerno Urdangarín, pero amenazaba también a la propia institución. Había que imponer un cordón sanitario que evitara la deflagración total. Sabido es que en el proceloso sumario, a pesar de la acción subterránea de expurgación realizada por el CNI sobre los emails procedentes de Zarzuela, había rastros preocupantes sobre la complicidad de la Corona en la trama mafiosa organizada a mayor cuantía.

De ahí, el cuento de la abdicación ora pro nobis. Quien hace la ley hace la trampa, y en este caso el engendro consistió en un mete-saca. Se alejó a Juan Carlos del primer plano ejecutivo y se le invistió con el título inexistente en nuestra legislación de Rey Emérito. Con el único propósito de que al mismo tiempo que seguía cobrando de los Presupuesto del Estado retuviera el parapeto de la inmunidad que le había hecho impune durante su reinado a tantas denuncias y acusaciones de todo tipo y calibre. Todo ello, ya queda dicho, sin que hubiera ninguna normativa que justificara el nuevo estatus de privilegio, y claro está sin que nadie, ni entre los partidos políticos ni por parte del “cuarto poder”,  se lanzara la menor crítica sobre la abusiva medida. Con esas trazas pertrechado hemos asistido a la revelación de nuevos episodios de corrupción a mano alzada (como los que ha tenido a bien espabilar su ex amante la princesa Corinna) y contemplado a su augusta figura pasando la mano por el lomo la jeque principal de Arabia Saudí que diseñó y ordenó el asesinato y descuartizamiento del periodista opositor Khashoggi en su consulado de Estambul. Sencillamente, Juego de Tronos.

Y en esas seguimos, fake news, postverdad y neolengua, mientras se trasiega la Segunda Transición sobre los excrementos de la Primera, humus y abono de esa democracia sin demócratas que consignamos. Porque a los fervores de ordenanza se ha unido el silencio sepulcral de la clase institucional, no vaya a ser que quien se mueva se salga de la foto. Así hemos pasado de ser un país con dos reyes (el de plantilla y el del tributo-trabuco), cosa que solo ha ocurrido en el Vaticano, y ello porque tiene dispensa divina, a darle cuerda nuevamente a una sin proceso constituyente, por imperativo real. Y cómo segundas partes nunca fueron buenas, hemos pasado del borbonato del Caudillo al del ¡a por ellos! sin solución de continuidad.

Amanece que no es poco.

Rafael Cid

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