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Contra la dominación: prácticas de libertad

 

Artículo de opinión de Rafael Cid.

Rafael Cid


<<En política somos anarquistas, en economía, colectivistas; y en religión, ateos>>

(Francisco Pi i Margal. La reacción y la revolución)

El último y rizomático libro de Tomás Ibáñez, Contra la dominación, en su reciente y aumentada edición (la primera fechada en 2005 y en 2019 esta segunda), proporciona motivos adicionales para compulsar la vitalidad del ideal anarquista en la comparativa relativista que la obra analiza. De entrada, la propia cadencia espacio-temporal entre ambas entregas permite corroborar de la tesis expuesta cuestionando el carácter universalista de las <<verdades eternas>> Catorce años de diferencia en los que el mundo ha cambiado y con él también nosotros. Por ceñirnos solo a lo más obvio, en ese intervalo el neoliberalismo hegemónico ha sobrevivido a su primera gran crisis existencial. Catarsis que asimismo afectó a la percepción del espectador, obligando al reposicionamiento de una cosmovisión que parecía infalible históricamente. Ya aventuró Paul Waltzlawich: <<La realidad es una construcción inventada por quien la observa>>.

Eso desde el lado objetivo, si es que catalogarlo así no incurre en espejismo, dada la inherente fluidez de la temática estudiada. Pero desde el punto de vista del sujeto las modificaciones han sido igualmente evidentes. Quien consultó Contra la dominación hace años no obtuvo el mismo retorno intelectual del que lo ha hecho ahora, recién el sistema se reformula desafiante sobre sus propios quebrantos. Volubilidad y provisionalidad que alcanzan nivel simbólico si el protagonista de la doble incursión epistemológica es la misma persona. Por ejemplo, existe un troquel de la dominación antes del 15-M y otro distinto, diferente o yuxtapuesto, después de ese impacto sobrevenido sobre el statu quo imperante. Todos, en mayor o menor medida, estamos concernidos.

Aunque se puede practicar la ataraxia ante el poder y a la vez surfear meritoriamente contra la dominación, una cuestión que como libertarios nos plantea Contra la dominación es determinar cómo, por qué y para qué deberíamos pasar de la disidencia militante a la emancipación asertiva. Evolucionar o quemar etapas. En línea con aquel dictum del marxismo sobre la necesidad de transitar la fase industrial como condición para pasar a mayores, que resultaría rotundamente desmentido por los hechos. Precisamente las formulaciones teóricas de los pensadores antiesencialistas reseñados (Cornelius Castoriadis, Michel Foucault, Richard Rorty y Michel Serres) en las páginas de Contra la dominación nos orientan en esa maraña. Ofrecen pistas para repensar el clinamen de la anarquía más allá de los clásicos y su vigorosa arqueología, sabiendo, como recuerda Ibáñez, que toda realidad está habitada por el lenguaje. Los criterios compartidos entre “relativismo” y “anarquismo”, antídotos del principio de autoridad, sirven para instar prácticas de libertad contra las dinámicas absolutistas de la servidumbre voluntaria. La cara legitimadora de la dominación, el consentimiento de los dominados (porque en su imaginario contractual “compran” seguridad)

De un Castoriadis al que Ibáñez considera <<titán del pensamiento>>, la obra destaca su énfasis en la “autonomía” y el concepto “imaginario” como parteaguas de la sociedad establecida. Y ello en el contexto de la crítica radical a un tipo de marxismo convertido hoy en una ideología que se <<aplica a la sociedad no para dilucidarla o transformarla, sino para justificarla en el imaginario>>. Espejo ilustrativo de una convivencia extrañada fruto de la delegación de la experiencia individual y colectiva que corroe al impulso autodeterminacionista de la genuina constitución de la sociedad. En este sentido, Castoriadis describe el efecto bumerán de un marxismo convertido a su pesar en avalista en última instancia del capitalismo por la asfixiante, unilateral y obsesiva formulación materialista que impregna su proyecto. <<Con su insistencia sobre la decisiva importancia de lo económico como factor de determinación de la historia, el marxismo ha actuado como vector sumamente eficaz para la penetración de los propios significados capitalistas en el seno del movimiento obrero>>. Un registro reduccionista bajo el sagrado de una supuesta cientificidad castradora del ejercicio de autonomía.

Foucault nos interesa por sus propuestas para elaborar “la historia del presente” y su acepción del “sujeto” como atributo de la experiencia, que se precisa libre para ser real y no un simple simulacro vital. La arriesgada distinción entre “poder” y “dominación” resulta clave en dicho marco reflexivo. Mientras el poder se configura como algo intersubjetivo, la dominación surge del poder cosificado en instituciones con genética vegetativa. Avanzando en esta dimensión acaparadora, Foucault advierte sobre las nuevas formas de opresión intrusiva que afectan a los más sensibles escenarios de la actividad humana. Lo que en la Conferencia de Río de Janeiro de 1974 categorizó de “biopolítica”, es decir <<la vida a quien cualquiera puede dar muerte>> (Giorgio Agambem. Homo sacer) o <<que lo negativo, esto es, la amenaza de muerte, se convierta en política>> (Roberto Espósito. Bios).

Término tanatónico y eugenésico el de una biopolítica negativa (política sobre la vida) que subvierte a favor de la descarnada dominación holística (que en su día anticipó el <<Estado total>> del nazismo) lo que desde las antípodas del microcosmos anarquista supone celebración y secularización de la experiencia (política de la vida), reformulado ahora como “prácticas de libertad” por el elenco antifundamentalista. En la genealogía de lo que Proudhon presagiaba en esa cascada disciplinaria que empieza <<Ser gobernado es ser observado, inspeccionado, espiado, dirigido, sometido a la ley, regulado, escriturado, adoctrinado, sermoneado, verificado, estimado, clasificado según tamaño, censurado y ordenado por seres que no poseen los títulos, el conocimiento ni las virtudes apropiadas para ello. Ser gobernado significa…>> La nueva sintaxis de la antigua propaganda por el hecho, vulgo ejemplaridad en el estatuto del acratismo en plenitud, contemplado como biopolítica afirmativa en los códigos del actual debate relativista. A su manera, una respuesta a la cuestión que exhibe Platón en el Menón cuando plantea si la virtud se puede enseñar o más bien es el resultado de la práctica.

El pragmatista norteamericano Rorty comparece en Contra la dominación desde su compromiso sin complejos con la democracia parlamentaria para impugnar al totalitarismo doctrinario y censurar a <<la izquierda cultural>> que se divorcia de la realidad palpitante. En este orden de cosas, su discurso es el más prosaicamente político de todos, de marcado registro socialdemócrata y liberal. Confeso contextualista, <<el filósofo vivo más citado>> hasta su fallecimiento en 2007, eleva su proclama antiesencialista derogando la posibilidad de afirmar algo definitivo y universal, como un Heráclito redivivo. Un código de conducta progresista y circunstancialista que le lleva a validar el avance social a través de un reformismo sin concesiones academicistas ni sesgos paternalistas. En coincidencia con la exaltación antiatoritaria de los otros autores citados, Rorty entiende que <<si cuidamos la libertad tenemos de regalo la verdad>>. Fraternidad que parece inspirada en aquella consigna de Los Suplicantes de Eurípides: <<la libertad consiste en la libertad de decir verdad>>.

Por último, está Serres con <<una exigencia casi salvaje de libertad>> que le lleva a cuestionar el maniqueísmo amigo- enemigo, aunque se mimetice de lucha ideológica izquierda-derecha, o de litigio social arriba-abajo. Un artificio para justificar el conflicto derivado de la <<construcción del adversario>>. Marcado por los holocaustos de Hiroshima y Nagasaki, como Günther Anders, originados por la mutación que la Ilustración introdujo entre razón y ciencia, piensa que la paz es el <<summum bonum>>. El antidogmatismo entra en el mundo de Serres a través de la teoría de la relación, una suerte de sincretismo cambiante que lo atraviesa todo. La más rotunda impugnación de cualquier doctrina absolutista basada en conceptos como pureza, esencia, universal, invariable o definitivo.

Ciertamente, Contra la dominación no ilustra sobre la visibilidad del “paradigma anarquista” ni debe interpretarse buscando equivalencias superlativas. Pero sus páginas ayudan a monitorizar hasta qué punto la corriente libertaria entraña una forma ética de entender el mundo, explorar la realidad circundante y tratar de dignificarla. Las aportaciones de Castoriadis, Foucault, Rorty y Serres balizan un magma antiautoritario que acredita el humanismo anarquista como un ecosistema frente a las múltiples regulaciones trepanadoras del fundamentalismo religioso, el despotismo timocrático y el decisionismo tecnológico. Lo que nos permite encarar con ventaja la secuela rigorista que proyecta ese determinismo político mediante sus múltiples y asentadas <<organizaciones de dominio>>, según la elocuente expresión de Herbert Marcuse en su libro El final de la utopía.

Dominación y explotación son vórtices del sometimiento fruto de la amputación del trabajo humano y su ascendente en la vertical del poder. Pero transitar esa encrucijada por encima de la logomaquia habitual implica superar el “estado de naturaleza” de un anarquismo fiado a su mitología como realidad paralela. Y aquí es donde el estudio de Ibáñez alcanza un clímax familiar interpelando “principios” que por definición son inapelables (nuestro autor escribió un ensayo titulado Anarquismo es movimiento).Es decir, quedaría por saber si, como consecuencia de esa apuesta intelectual por la polinización de “prácticas de libertad”, éticas y responsables, se puede transcender algún tipo de nomos vinculante en el predicado antiautoritario. ¿Cabría hablar de un proyecto de “dismonia”, la menor ley? ¿Incluso de una socialización en la “eunomia”, la buena ley? O cualquier ejercicio de autonomía que rebase el umbral de la “dialéctica negativa” derrapa en los territorios cognitivos de la acracia cuando se debate de la auto-organización civil en las sociedades complejas.

Estas reflexiones extemporáneas suscitadas al hilo del visionado del libro Contra la dominación intentan explorar si la Babel anarquista está abocada a ser como el pueblo judío de la diáspora: un imaginario país portátil, sin Estado, sin territorio, pero orgullosamente identitario. Una comunidad de ideas y prácticas apátridas ejercidas por colectivos e individuos errantes y nómadas, celosos del apartheid autoinfligido. Un pensamiento abusivamente contrafáctico, habituado a <<rascarse donde no pica>>, como ironizaba Rorty de Jügen Habermas en una célebre polémica. Desde esa perspectiva, la pregunta otra vez sería: ¿la impugnación del artefacto Estado (de Derecho, Social, Teocrático, Nuclear…), bisectriz del ideal anarquista, debe asumirse como dogma petrificado o es la variable operativa que permite evitar la heteronomía, la dominación de la naturaleza y la política sacrificial de nuda vida que denuncian Foucault, Agambem y Espósito, entre otros?

Los libertarios del siglo XXI tienen que explicar cómo, siendo por su compromiso ético una corriente de minorías, pueden comunicar sus valores a una mayoría suficiente para incentivar la transformación social sin incurrir en el autoritarismo o la coacción pública (<<la más alta expresión del orden>>, a juicio de Eliseo Reclus). Nos compete, en fin, descifrar el código oculto de esa contumaz tradición de la ciencia política que achaca a toda sociedad a escala basada en el autogobierno degenerar en caos. Por último, tampoco conviene olvidar que el autodidatismo anarquista es tributario de la Idea (eidos), y que la “Teoría de las Ideas” del platonismo, diana de repudio por los autores citados, es semillero de realidades eternas e inmutables.

Nadie humano puede “estar en posesión de la verdad”.

(Nota. Publicado en el número de Noviembre de Rojo y Negro)

Rafael Cid

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