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Frente al colonialismo bancario, un primer paso: la abstención

 

Es difícil interpretar los acontecimientos políticos y económicos que se están desarrollando en el espacio geográfico europeo actualmente, sin echar una mirada a la diversidad humana que ha constituido el material necesario para su construcción. Por ejemplo, un griego de la época de Pericles observaría estupefacto y perplejo la negación que se ha producido, por parte del poder constituido supranacionalmente, a la mayor suerte democrática: el referéndum; o un alemán y un francés que se encontrasen a principios del siglo XX advertirían boquiabiertos como sus sistemas económicos iban de la mano, paralizando las posibilidades de ejecutar la libertad de opciones, en favor del capitalismo y del neoliberalismo.

Julián Zubieta Martínez


Son ucronias, historias alternativas, de difícil asimilación. Pero, no debemos dejar de lado que la figura espiritual de este espacio geográfico es un producto de la Historia. Un producto consecuencia de luchas sociales, étnicas y religiosas. No se trata de un resultado depurado por el desarrollo conceptual de un proyecto filosófico: es la suma compacta, densa a veces opaca y trágica, de largos siglos de enfrentamientos y de amalgamas, de invasiones y de resistencias. De acuerdos y desacuerdos entre diferentes. De conflictos y de reconciliaciones entre distintos. Somos el resultado denso, a veces obscuro y deplorable, de largas pugnas, de mezclas y mestizaje, de irrupciones y de obstinaciones. La idea de progreso siempre ha sido sospechosa, lo mismo que la convicción de que en todo conflicto saldrían victoriosos los buenos tras derrotar a los malos. Debemos asumir de una vez por todas, que no es posible emitir juicios morales, pues no es posible introducirse en las mentes de las personas del pasado y porque las grandes luchas del pasado no se han dado entre un bando de buenos y otro de malos, sino entre dos grupos opuestos con ideas rivales acerca del camino que debían seguir los acontecimientos y la sociedad. En definitiva, la supervivencia.

La escuela de Frankfurt ya se preguntaba, en el siglo XX, tras las dos guerras mundiales:

"¿Qué es lo que no ha funcionado bien de la civilización occidental para que en el punto álgido del progreso técnico asistamos a la negación del progreso humano: la deshumanización, la brutalidad, la recuperación de la tortura como forma “normal” de interrogatorio, el desarrollo destructivo de la energía nuclear, el envenenamiento de la biosfera etc.? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?”.

Preguntas que no han perdido actualidad, cuya respuesta no nos dirige a una solución esperanzadora. Hoy todo se reduce a las opciones materialistas enfundadas en el neoliberalismo, a su vez, provocado por las nociones del capitalismo sempiterno. Un sistema que ha transformado, en muchas ocasiones por la fuerza, como hemos mencionado, la naturaleza humana, condenando a la extinción a toda una gama de costumbres y experiencias para reemplazarlas por las suyas propias. Este déficit democrático es la base del colonialismo bancario que se está adueñando, mediante la globalización económica, de esta parte del mundo, y a la vez, de todo.

¿Somos cómplices de lo que nos deja indiferentes?

Desde un punto de vista formal, y aun estructural, el sistema nos propone como premisas: la liquidación del pluralismo; la tendencia a un pensamiento único junto con una ideología oficial de Estado: rigorismo moral que rechaza la decadente protesta social; culto al dinero y obediencia ciega al materialismo y desde luego odio a la disidencia, a toda desviación del pensamiento políticamente correcto. Si somos indiferentes, somos cómplices.

No es cierto, como señala V. Navarro, que la necesidad de cuadrar las cuentas públicas implique que haya que recortar los servicios públicos y los programas de transferencias que benefician a los sectores más vulnerables de la población. En la práctica, esto, no logra reducir en absoluto las desigualdades de renta preexistentes, como ha quedado demostrado. Bajo la manida palabra CRISIS –talismán verbal de corte economicista que oculta más que revela- late una colosal quiebra de alcance global y coyuntural que afecta a muy distintas facetas del presente: política y religión, moral e ideología, educación y costumbres. Afirmando que cualquier época crítica suele tener su correlato discursivo, recordemos a la época de Pericles o la del período prebélico Alemán o Francés, antes indicados.

Las locomotoras económicas europeas, junto con los bancos privados, parece que estén haciendo pactos secretos entre bastidores. Los bancos que han provocado la crisis aprovechan la necesidad financiera de los gobiernos prestándoles grandes cantidades de dinero. Eso sí, a costa de imponerles condiciones severas a través de reformas muy profundas basadas, sobre todo, en recortar el gasto social y los salarios para que la mayor parte posible de recursos se dirigiera a retribuirles a ellos. Salvar a los bancos privados europeos acreedores de la deuda pública, es la premisa de los gobiernos nacionales (Grecia es el ejemplo).

Por eso, los referendos producen pavor a los dirigentes; y ello, porque eso que llaman construcción europea se ha hecho siempre a partir de lo que las élites pensaban que necesitaban los ciudadanos. Los más grandes proyectos constitucionales han sido aprobados en muchos países sólo con votaciones en los parlamentos. Este orden mundial posee la fórmula de la anexión o la colonización bancaria para las partes de su territorio que aún no están preparadas para autogobernarse económicamente. La idea en sí, la que de los fuertes protejan a los débiles, no es nueva. Los imperios son claro ejemplo de ello. Los colonizados son vistos como un medio para llegar a un fin y nunca como un fin en sí mismo, y su bienestar está totalmente subordinado a los intereses bancarios y capitales. Es evidente que la propuesta de la alternativa autoritaria son los conceptos neoliberales, lo que, insisto, demuestra que estas injustas leyes del mercado siguen caracterizando nuestras sociedades.

Aunque también es indiscutible que en la coyuntura actual subyace una profunda y prolongada recesión del sistema capitalista mundial, y así debe interpretarse la doble crisis política y de civilización de la que somos espectadores “indiferentes”, en muchos casos. Por otra parte, las dudas que plantea esta situación ha despertado, entre la sociedad, la desconfianza y la indignación, en los sistemas representativos parlamentarios, reflejándose, entre otras cosas, en una creciente desafección por parte de los ciudadanos hacia la clase política tradicional y en un pesimismo generalizado.

Una solución pasa por la abstención en las elecciones de cada país, dando la espalda a los políticos que se llenan los bolsillos a expensas de los más vulnerables, mediante la colonización bancaria. La antipolítica es la oposición contra el exagerado poder de las clases políticas y de las estructuras políticas. La antipolítica es el arma que defiende al ciudadano de la demagogia de los Estados colonizados por la banca. En la crisis actual, para solventar los problemas que provoca la disfunción del sistema representativo no hay que buscar objetivamente la solución en el reforzamiento del papel del Estado, sino en el reforzamiento de la sociedad civil, de sus capacidades colectivas, autónomas, descentralizadas y desburocratizadas. Por eso, hay que evitar la injerencia de los políticos mediante la abstención electoral. En la economía de mercado donde estamos sumergidos, es necesario ser conscientes de que en el marco histórico actual, a escala mundial, se crean o recrean sin cesar acumulaciones de poder, de monopolio de poder y de saber, espacios de desigualdad que es preciso corregir permanentemente.

Según Scott Fitzgerald, la prueba de una inteligencia de primera categoría reside en tener en mente a la vez dos ideas contradictorias y, a pesar de todo, ser capaces de actuar. Así por ejemplo, habría que saber que las cosas no tienen remedio y, sin embargo, se debería estar dispuesto a cambiarlas.

Para concluir, parece que nos queda la sensación de que, aunque el sistema capitalista no puede evitar las crisis, dispone del gen de la supervivencia. Parece que incluso que la crisis forma parte de su modo de funcionamiento, que se desarrolla y desarrolla sus fuerzas productivas, objetivamente inagotables, a través de los periodos de crisis. Aunque la demostración más absoluta de su poder, es que no existe una crisis final que le derrote. El sistema capitalista no sucumbirá a las consecuencias de una de esas crisis cíclicas, que habrá aprendido, en función de su superioridad mundial, a controlar parcialmente, a corregir y reorientar, a no ser que acabemos con la colonización bancaria mediante el rechazo a los dirigentes políticos que nos han llevado hasta esta situación, amparados por las instituciones gubernamentales públicas y las economías privadas. Un primer paso: la abstención.

Julián Zubieta Martínez

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