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Entrevista a Antonio Méndez Rubio: “Estamos ante un fascismo disperso, difuso y ambiental”

 

Nace en Fuente del Arco (Badajoz), en 1967. Desde una Extremadura castigada por la pobreza, su infancia forma parte de las emigraciones de los años setenta, primero en Galicia y luego en la periferia obrera de Valencia. De familia de clase trabajadora, después de experiencias laborales de supervivencia, accede a los estudios universitarios y a realizar un doctorado interdisciplinar en comunicación, filosofía y estudios culturales. Entre 1990 y 2010, participa activamente en diversos espacios de intervención social como Unión de Escritores, Comunidad Ignacio Ellacuría, Asociación de Vecinos Malvarrosa, Foro Social de las Artes o CGT, entre otros. Reconocido como uno de los poetas más destacados de su generación, ha colaborado con distintos medios de información y sensibilización, y ha escrito además sobre crítica cultural los libros Encrucijadas (1997), La apuesta invisible (2003), La destrucción de la forma (2008) y La desaparición del exterior (2012). En el Notícia Confederal le preguntamos sobre la última de sus obras (FBI) Fascismo de Baja Intensidad (Santander, La Vorágine, 2015)

Equipo de Comunicación CGT-PV


¿Qué te ha llevado a escribir una obra como FBI en la que no sólo sostienes que el fascismo no perdió la guerra, sino que ha logrado adaptarse hasta el punto de ser invisible para la mayoría y por tanto ser mucho más eficaz?

La expresión “los nazis no perdieron la guerra” la oí por primera vez en la canción “La dictadura científica acaba de empezar” de Los Niños Estelares. Esa y otras canciones, lecturas, imágenes, noticias de actualidad, comentarios anónimos… han ido formando con el tiempo un ruido en mi cabeza que necesitaba organizar y compartir. A principios de 2015, la librería asociativa La Vorágine, de Santander, me ofreció intervenir en su Escuelita de Desaprendizaje Político, y después publicar como libro esa intervención. Esa invitación me empujó a escribir esta especie de anti-libro: sin unidad, atravesado por voces sin centro, disperso, fragmentario… inspirado en la forma de entender el montaje que había encontrado en dos libros muy importantes en mi formación: “Libro de los pasajes”, de Walter Benjamin, y “El corto verano de la anarquía”, de Hans Magnus Enzensberger. Esa (des)estructura del libro me ayudaba a reproducir mejor la sensación de estar ante (y dentro de) un fascismo también disperso, difuso, ambiental, así como a dar a la lectura una posición abierta, activa, respirable, a la hora de entrar ahí.

¿Cuáles son las claves para reconocer el fascismo?

Puede que lo más a mano que tengamos sea la expropiación de nuestro propio cuerpo. Y en este sentido, ante todo, la conversión normalizada de nuestro cuerpo en autoimagen. El malestar y la soledad, así como la fuerza y el deseo, que arraiga en nuestro “sensorium” corporal, es traducida (por una especie de convertidor cultural, automático) en un anhelo superyoico y narcisista de imágenes de sí mismo. El ansia del “selfie” va en proporción al acorazamiento contra nuestro sufrimiento y nuestra insuficiencia, que quizá sean el mejor lugar desde el que justamente reconstruirnos como un vivir en común, y no como una identificación automática entre vivir y sobrevivir, que es lo que hoy se nos pide y aceptamos de peor o mejor gana. El poder del nuevo fascismo se infiltra precisamente en la reducción del vivir a sobrevivir, y desde ahí propicia que las cosas, como “por sí solas”, conduzcan a una erosión del querer-vivir, o sea, a una anomalía que vivimos como “problema personal”. En gran medida, este daño se intenta evitar mediante una proliferación de imágenes “guays” que supuestamente nos singularizan, pero que a la vez nos introducen en una masa saturada e indiferenciada de estímulos intercambiables.

Esta hiperestimulación, como se sabe, tiende a la adicción. En muchos casos, se encuentra salida en una agresividad muy propia de la “sociedad de masas” contra el otro, o el/la débil. Donde hay masas, hay la premisa de que hemos de seguir a líderes que verdaderamente saben lo que hay que hacer. Y los actos peores se vuelven compulsivos. Tenemos ya informes que registran cómo en torno a la mitad de las personas sin hogar sufren agresiones y vejaciones en la calle, dos de cada tres agresiones con testigos pasivos, y mayormente provocadas por jóvenes que incluyen esa violencia en sus noches de diversión. Se genera así el lado violento de la coraza con la que quisiéramos protegernos de un entorno hostil, pero que acaba volviendo ese entorno más hostil todavía. A gran escala, cuando los débiles constituyen por sí mismos una multitud de personas empobrecidas, entonces el sistema reacciona (como ha dicho una y otra vez la opinión pública a propósito del control fronterizo de refugiados sirios) con métodos “que recuerdan otros tiempos”. Por lo demás, por supuesto, siempre queda la opción de dejar que los inmigrantes mueran por goteo en el Mediterráneo, en lo que podría ser considerado un “holocausto de baja intensidad”, no ya por razones identitarias, o políticas o raciales, pero sí funcionales, o económicas o de clase.

¿Qué papel juega la utopía como concepto para conseguir despertar o abrir los ojos a la posibilidad de un mundo diferente y opuesto al capitalismo? ¿Por qué la industria cultural nos ha alejado de la utopía?

La raíz griega de la palabra “utopía” (u-topos) señala un sin-lugar, un fuera-de-lugar, de cuya capacidad crítica me había ocupado en un breve ensayo hace tiempo, titulado Poesía y utopía (1999). Una nueva política tiene la ocasión de aprender de lo poético a manejarse en/desde un fuera de lugar que a la vez muestra al lugar (de la realidad establecida) sus límites y su redundancia. De esa redundancia, de hecho, se alimentan las ficciones audiovisuales (de Hormigaz a El Show de Truman, de Prison Break a La isla o Home…) que explotan una idea de fuga o salvación en la que el destino utópico (como la Insectopía de la simpática hormiguita que es Zeta) se confunde con la realidad del capitalismo existente. En este sentido amplio (de la poética como creatividad y como crítica del sentido) creo que puede entenderse la propuesta de una “poética política” hecha recientemente por J. Alemán en su ensayo Soledad: común: es decir, la utopía como una experiencia de la crisis, una crisis de la experiencia que convierte la sensación de extrañamiento o de extranjería en motor de creatividad y cambio.

Lo que nos ocurre con esta “crisis” es que inevitablemente es al mismo tiempo una crisis de la conciencia como monitor del entendimiento y la acción. El reclamo tradicional a una “toma de conciencia” ha sido arrasado por el tsunami de la pobreza extrema, del crimen masivo indiscriminado, del terror estructural. Así que hoy día no hay nada más doloroso, y quizá más imposible en sentido literal, que “abrir los ojos”. A la vez, dado que es también imposible mantenerlos todo el tiempo cerrados, el daño y la angustia se están volviendo también ambientales, inevitables, insoportables. La pandemia de la ansiedad y la depresión, la extensión acelerada de nuevas “enfermedades de la normalidad”, o el hecho de que en España, desde la llegada de la “crisis”, se pueda hablar de doscientos intentos de suicidio al día, y de una media de diez suicidios diarios… quiere decir como mínimo que el hecho elemental de estar en el mundo, de parpadear, se ha convertido en una proeza que va dejando vidas en el camino. La quiebra de la conciencia, al tiempo, abre fisuras por las que empiezan a emerger potencialidades que no sabíamos reconocer ni canalizar, ni siquiera asumir, y que ahora sentimos como necesarias y urgentes en lo personal, pero también en lo político. Me refiero por ejemplo al dolor y la rabia. La idea de que lo personal es político, que ya avanzaron algunos movimientos feministas, se ha puesto al orden del día y es ahora un desafío no solo de cara a subvertir la política oficial, sino a reinventar los modos de entender lo político que nos puedan llevar a un mundo más libre y más igualitario.

La razón es lo que nos hace esencialmente humanos. Sostienes que el autoritarismo surge de interiorizar los aspectos irracionales de la sociedad moderna. ¿Es una paradoja hablar del autoritarismo de la razón o ésta en sí misma es antiautoritaria?

A lo mejor lo que nos hace esencialmente humanos es que no tenemos una esencia fija e inmutable, que no estamos condenados a estar en deuda con algo de una vez por todas, de forma innata. Como sugería Engels, lo único que se puede decir con certeza sobre la naturaleza humana es que es social. Que somos animales políticos, como diría Aristóteles, que nos debemos a una vida en común, y que nos comunicamos de una forma hasta cierto punto imprevista, creativa, libre. Cada conversación es irrepetible, y no podemos quitarnos de la cabeza ni del corazón la necesidad de un mundo nuevo, por mucho que haya quienes se hayan fijado la meta de bloquear esta necesidad. En el cine comercial de Hollywood, sin ir más lejos, es más fácil encontrar representaciones del fin del mundo, de que la humanidad se acaba del todo, antes que propuestas imaginativas sobre el final del capitalismo. La industria cultural prefiere el apocalipsis antes que un mundo nuevo. De paso, se nos esconde la obviedad de que la humanidad es justamente lo que está desapareciendo de un mundo como éste. Recuerdo la polémica hace años con una película de realización latinoamericana que apenas insinuaba esta cuestión, y a la que se procuró impedir que premiada en los Óscar; se titulaba Un lugar en el mundo (A. Aristarain, 1992)… En cuanto a “la razón”…. ¿quién la tiene? ¿quién mantiene aún la capacidad de dársela a los otros? Sacudida por la crisis radical de la realidad y por la ceguera inducida a escala masiva, más bien parece que fuera lo que fuera “la razón” se haya quedado reducida a un mero rótulo para identificar a un periódico cuya línea editorial es obsesivamente reaccionaria.

Tu libro pone el acento en la necesidad de superar los problemas radicales que posibilitan el FBI: los mercados, el autismo, el narcisismo, el individualismo, el aislamiento provocado por las nuevas tecnologías y el móvil… ¿Cómo ha de ser la necesaria revolución que acabe con el discurso del amo y la estructura económica sobre la que se sustenta: violenta o pacífica, colectiva o individual, con o sin las nuevas tecnologías…?

En primer lugar, el nivel de destrucción es ya tal que no podemos permitirnos el lujo de excluir ninguna opción, por parcial que sea. ¿Podríamos sustituir las “o” de la pregunta por una “y” más inclusiva? Eso nos ayudaría a repensar mejor nuestras formas de actuar, a ver que actuar y pensar deben ir juntos, y que pensar lo común es de hecho una variante más del hacer en común. Mientras intentamos hacer esta travesía, lo único firme es que la respuesta a una pregunta así ha de ser social, puede que invisible, puede que anónima. Si el fascismo moderno ha aprendido a volverse etéreo y a ser somatizado como una especie de realidad ambiental (ya Marx avisó de que con el capitalismo “todo lo sólido se desvanece en el aire…”) entonces las respuestas, o intervenciones, o interrupciones de ese circuito, empiezan a necesitar asumir también su condición aérea, vibratoria, somática. A lo mejor desde ahí recomienza una (des)movilización no ingenua y no necesariamente representable en imágenes ni convenciones más o menos simbólicas. Me sigue pareciendo oportuna, en este trayecto imposible del tiempo-sin-tiempo, o de un lugar-sin-lugar, la interjección de M. Foucault en un texto suyo poco conocido, que se tituló “Introducción a la vida no fascista” (¡de 1977!): “¡no os enamoréis del poder!”.

Háblanos del sindicalismo… ¿Te parece un instrumento imprescindible y hacia dónde crees que debe caminar?

Me temo que si el sindicalismo fuera imprescindible la llegada de un mundo nuevo sería inviable. Más bien, tras casi ciento cincuenta años de lucha, el capital ha aprendido a hacer inviable el sindicalismo. Eso, desde luego, no impide defender la lucha sindical como una mediación más en la lucha por la justicia social, una mediación necesaria en la (re)construcción de posiciones críticas compartidas. Es de hecho una labor contracorriente impagable. Pero la presión asfixiante del sistema productivo y financiero está desmantelando el sindicalismo y su defensa de la justicia en el trabajo atacando, de hecho, las condiciones básicas del trabajo en la reproducción social. Por otro lado, la utopía libertaria del sindicalismo más desafiante, el que reunió por ejemplo a multitudes en los movimientos revolucionarios anarcosindicalistas del primer tercio del siglo XX, ese pulso utópico se ha visto atrapado en el efecto-pinza activado por la complacencia socialdemócrata de los sindicatos más influyentes o mayoritarios. En lo que puede ser su último texto antes de suicidarse ante la inminencia de ser capturado por el fascismo, hacia 1940 (Tesis de filosofía de la historia), ya W. Benjamin anotaba que la socialdemocracia había cortado los nervios de la mejor fuerza revolucionaria. Y que en la escuela socialdemócrata las clases más humildes desaprendieron “tanto el odio como la voluntad de sacrificio. Puesto que ambos se alimentan de la imagen de los antecesores esclavizados y no del ideal de los descendientes liberados”. Pero, ya entrando en el siglo XXI, hasta la proyección de este ideal emancipatorio para nuestros descendientes se ha visto precarizada y esclerotizada por la dictadura del nuevo fascismo tecno-mercantil y consumista. De ahí que la precariedad se haya convertido también en un espacio desde el que devolver el golpe letal y legal sobre nuestra ansia común de un mundo mejor. Claro que por “precariedad” no me refiero aquí a elegir un trabajo peor si puede conseguirse uno mejor. Me refiero a algo así como decirle al capitalismo: “No me das miedo. No puedes volverme más precario/a de lo que ya soy”.

Utopía en movimiento. ¿Qué opinas sobre el título que hemos elegido para esta nueva edición de las Jornadas Libertarias?

Un acierto, como el dedo en la llaga. La potencia utópica, así como su raíz en la impotencia y la desesperación actual, solamente puedo concebirla como un proceso, una disponibilidad para el avance, para incitar nuevas trayectorias compartidas, por provisionales o paradójicas que puedan ser. Como decía Galeano, más un camino que un horizonte. Un camino no trazado en ningún mapa: contra un “fascismo de baja intensidad”, una inseguridad de intensidad máxima que no nos deje quedarnos indiferentes o inmóviles. Aun así, quizá tendría cuidado con la llamada al movimiento dentro de un espacio totalizado, encapsulado como (anti)social, gracias precisamente a su reclamo omnipresente hacia la aceleración intensiva y la “movilización global” (López Petit). Es razonable introducir en esa discusión un componente de cortocircuito, de desmovilización, como de hecho ha planteado el Institut de Démobilisation en su ensayo colectivo Tesis sobre el concepto de huelga (2014). Aquí se reelabora polémicamente la idea obrerista de huelga para adaptarla a un contexto post-industrial y global: “la huelga provoca el hundimiento; no necesita ir a tomar nada afuera. Y si la violencia viene de forma natural a la huelga siempre es por parte del Estado”. Si así fuera, si “la huelga se instala en el interior de las cañerías para reventarlas”, entonces esta abierta y provocativa noción de “huelga” podría colaborar en la corrosión de una realidad que se pretende total, totalitaria, sin exterior.

Esta pregunta es de parte de cualquier joven con inquietudes que está fundamentando su formación ética y política, o de cualquier adulto que se sienta desnortado. ¿Cuáles son las obras y autores imprescindibles para conformarse una cultura antifascista?

Hay jóvenes que me han ayudado a mí, sabiéndolo o no, a clarificar ideas y conocer puntos de vista antifascistas que no conocía. También gente de cualquier edad. En este librito “Fascismo de baja intensidad” se recogen lecturas que han tratado el asunto de forma atenta y profunda, preparándonos para articular una crítica radical dispuesta a enfrentarse al presente, y no a vivir de seguridades que venían sin tocarse desde un pasado cada vez más remoto y más idealizado. Es importante estar alerta, antes que nada, contra la facilidad (¡tan rentable!) de mensajes anti-fascistas al estilo de La lista de Schindler y similares, donde la demonización del fascismo clásico se hace a costa de ocultar y reforzar la vigencia del nuevo fascismo industrialista y capitalista. Estar alerta aunque solamente fuera por la claridad con que nos avisó Pier Paolo Pasolini (apenas días antes de morir brutalmente asesinado) de cómo el nuevo fascismo funcionaría mejor como anti-fascismo. Es especialmente clarificador el film La cuestión humana (2007), de N. Klotz, por la forma en que se plantea cómo el management empresarial, la cultura del coaching y el poder psicoterapéutico toman ahora el relevo aniquilador del fascismo clásico. Están ahí películas de valor pedagógico como La ola (D. Ganzel, 2008) o antes Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxelles (Ch. Ackerman, también de 1975) o El espejo (A. Tarkovsky, 1975) o, músicas como las de Cage o Zappa, o Laibach o Pixies, el teatro de Brecht o Beckett, la poesía de Paul Celan o Alejandra Pizarnik… Pensando en lecturas juveniles, o incluso infantiles, que quizá ahora necesitamos más que nunca, recuperaría las historias de Pippi Calzaslargas (A. Lindgren, 1945-1956), que son todavía un saludable antídoto contra el realismo inercial y la obediencia ciega. Las peripecias de una niña que puede llegar a decir que “la policía es lo mejor del mundo, aparte de las fresas con crema” me parece que todavía se merecen una oportunidad.

¿Quieres añadir algo más?

Daros las gracias por querer escuchar, por vuestra tarea constante.

Equipo de Comunicación CGT-PV

Publicada en “Notícia Confederal” Octubre 2015

http://www.cgtpv.org/Descarrega-Noticia-Confederal-Octubre-2015.html

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