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El cartero siempre llama dos veces

 

Artículo de opinión de Rafael Cid

Rafael Cid


Hegel por boca de Marx decía que la historia siempre sucede dos veces, la primera como tragedia y la segunda como farsa. Así parece que actúa el president de la Generalitat Carles Puigdemont en su “y tú más” con Mariano Rajoy. Su primera misiva tenía tintes dramáticos y la segunda se acerca a los territorios del sainete. Vine a decir el molt honorable a su colega en La Moncloa, como Humpty Dumpthy en A través del espejo, que calcule cuantos “no cumpleaños” hay en este affaire. Juego de patriotas. Veamos.

La carta del jueves 19 está llena de resiliencias. Frente al Estado central del que se pretende deslocalizar, pero también de ese mandato popular cuyos efectos administra homeopáticamente Puigdemont como Cesar tras el cruce del Rubicón. Su “alea iacta est” empieza a ser una kermés tan vana y sobada que  ni siquiera se justifica para intentar aparecer como víctima del nacionalismo español ante la opinión pública europea y su clientela casera.

Afirma el susodicho empezando el escrito que “El pueblo de Catalunya, el 1 de octubre, decidió la independencia con el aval de un elevado porcentaje de electores”, que, para darle solemnidad urbi et orbi considera superior “al que ha permitido al Reino Unido iniciar el proceso del Brexit y con un número de catalanes mayor del que votó el Estatut d´Autonomía de Catalunya”. Pasemos por alto la torpeza de recordarle la bicha a una Unión Europea (UE) ensimismada en amortizar  el trauma de su retrosecenionismo, y vayamos al meollo del asunto. El reconocimiento palmario de que el 1-O el pueblo soberano catalán ejercicio su legítimo derecho a decidir.

¿Entonces a qué viene erigirse en supremo interprete de ese imperativo categórico ya plasmado de iure y de facto? ¿Cómo explicar desde la perspectiva democrática que pretenda utilizarse como argumentario frente a Madrid semejante trapicheo tomando como rehén el resultado inapelable de las urnas? Porque eso es lo que desliza a continuación Puigdemont con unos arreos de aroma caudillista. Sostiene en el párrafo siguiente: “El 10 de octubre, el Parlament celebró una sesión con el objeto de valorar el resultado del referéndum y sus efectos”. “Valorar” aquí es una exégesis digna de mejor eklesia, y no digamos nada si además, por el mismo precio, se incluye lo de “sus efectos”. ¿Acaso el hecho de que el pueblo haya hablado no incluye ya la asunción de sus efectos? Medios y fines. Causas y efectos.

Pero lo más chocante es cuando a continuación desliza: “y donde propuse dejar en suspenso los efectos de aquel mandato popular”. Con lo que tenemos a un president que no fue elegido más que por sus correligionarios erigido en el Yo Supremo del veredicto del procés. “Propuse” y “dejar en suspenso el mandato popular” son términos incompatibles con un mínimo de coherencia democrática, y sí con las taimadas prácticas de los legatarios del régimen del 78 con los que amenaza competir.

Claro que, como al otro lado están los cancerberos de las esencias patrias. Y como andan dando las últimas puntadas al recosido del bipartidismo dinástico hegemónico para relanzar al PP macizo de la Marca España  y a un PSOE que ha terminado asumiendo la doctrina de la gestora de amargo recuerdo, todo esto será calderilla cuando la represión vuelva  a la carga con el 155 o sus sucedáneos.

Pero el molt honorable president no engaña a nadie más que ese mandato popular, que vuelve donde solía. Lo declara en su despedida al “apreciado Presidente Rajoy”: “Esta suspensión continúa vigente” y “el Parlament de Catalunya podrá proceder, si lo estima oportuno, a la declaración formal de la independencia que no votó el 10 de octubre”. “Podrá” y “si lo estima oportuno”. Como en las guerras de Gila: “oiga, es ahí la guerra: el enemigo al habla”. Todo el poder para los representantes. El pueblo soberano puede esperar.

“Atentamente, Carles Puigdemont y Casamajó”. Final de la cita.

Rafael Cid

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