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Del último Sánchez al primer Zapatero

 

Artículo de opinión de Rafael Cid

Rafael Cid


A pesar de los inauditos esfuerzos del Grupo Prisa por hacer creer que el acercamiento entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias es poco menos que un crimen de lesa majestad, llegando a reinterpretar perversamente sus propias encuestas, lo cierto es que el acuerdo entre este último PSOE y Unidos-Podemos puede ser algo más que un futurible. Por esa vía de alta velocidad los días del gobierno de Mariano Rajoy podían verse seriamente comprometidos. No digo acabar porque aún no salen las cuentas. Para el pistoletazo final se necesitan más apoyos. Pero nunca se termina nada sino antes no se han dado los primeros pazos.

Además, hay factores que actúan como lanzadera en esa dirección que añaden el caldo de cabreo preciso para pasar de la intriga al sorpasso del duopolio dinástico hegemónico. Ahí está la interminable saga de corrupción que afecta al Partido Popular en sus múltiples y diferentes gradientes de poder. Desde el plano municipal al regional y desde el autonómico al estatal. Toda la estructura está carcomida por sus propias termitas y las metástasis siguen incontroladas. Eso, unido a la desigualdad social provocada por las contrarreformas aplicadas en el ámbito laboral y en el magro Estado de Bienestar abonan la probabilidad de que en una coyuntura propicia inplosione la catarsis. Por más que desde Moncloa se celebre el rigodón del crecimiento del PIB y el descenso del paro de aquella manera. Lo que es bueno para Florentino Pérez no tiene que serlo para todos los españoles.

En cierta medida el modelo que activase esta salida de emergencia está en la reciente historia. Cuando en unas circunstancias parecidas y mientras la coral aznarista entonaba el “España va bien”, surgió lo inesperado. Y lo imprevisto no fueron tanto las mentiras del 11-M ni el obsceno  espectáculo del Trio de Las Azores, sino el hecho feliz de que una minoría éticamente activa del pueblo acertara a contagiar su compromiso a amplias capas de la población. Eso dio al traste con una situación que ni los más puestos se hubieran atrevido a plantear. Aunque el crónico “autismo” de los listos del sistema va den su sueldo. Solo saben prever el pasado,  como muchos economistas de cabecera. Lo ocurrido con la crisis del 2008 es la prueba.

Bajo ese palio se inauguró  la primera legislatura de ZP. Un periodo de claros avances en derechos civiles (matrimonio sin distinción de sexo, dependencia, etc.), promesas y grandes expectativas. Ahora es sobre su huella que Pedro Sánchez diseña su relanzamiento reivindicándose con un orgulloso “somos la izquierda”. Pero hay un pero. Porque aquellas iniciales mejoras sociales tuvieron un postrer y amargo desenlace cuando irrumpió la crisis, negada con feroz impostura por Rodríguez Zapatero y su equipo. Y esa es la sombra de sospecha que aún persigue a Sánchez. Resulta difícil creer que, quien siendo diputado sociales en aquellos años y cómplice de la batería de medidas implementadas por el ejecutivo para complacer a la Troika (contrarreforma laboral; de pensiones; artículo 125 de la Constitución; purga Estatut catalán; indulto exprés a banqueros; etc.), esté ahora dispuesto a decir adiós a todo eso. Requiere pasar del auto de fe al acto de fe.

Únicamente una política de hechos consumados que rectificara de la cruz a la firma lo entonces perpetrado dejaría el camino libre para un pacto de gobierno entre PSOE y U-P. Mientras sus respectivas direcciones políticas se limiten a pregonar que hay que echar al PP de las instituciones, y pase de puntillas por revertir los (¡silencio, se rueda!) todos los ajustes estructuras y los recortes llevados a cabo en esa etapa, los barreras para el deshielo seguirán firmes. Si con Zapatero el PSOE fue capaz de ir de la cima a la sima, cabe malpensar que quien fue uno de sus escuderos carezca de credibilidad para anunciar algo nuevo que no sea algo propaganda y tactismo.

Y ahí es donde funciona el complejo mediático-financiero-empresarial de la Marca España, que nunca hace prisioneros. No tanto porque tema que Sánchez permita el desembarco de Unidos-Podemos en el portaviones del Estado, que también, sino porque  no quiere que el secretario general de los socialistas se pliegue ante un Iglesias con veleidades rupturistas (ergo sus titubeos ante el derecho a decidir). A esos poderes fácticos les agradaría que como ya ocurrió en el 2004 Rajoy saliera por piernas de La Moncloa. Pero nunca a costa de entronizar como compañero de viaje a una sedicente izquierda que verbaliza eslóganes hostiles al régimen del 78 (la casta y la trama). Todos los ataques de esos sectores encumbrados van encaminados  a lograr que U-P entre en razón, y como ya sucedió en el pasado con el PCE carrillista, acepte resignadamente (menos da una piedra) las reglas del juego. Entonces todo serían parabienes para un Iglesias subordinado a los intereses de un PSOE que como el hijo pródigo al fin habría encontrado el camino de regreso a la causa común. Begin de begin.

Rafael Cid

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