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Catañoles v.s. espalanes: episodios nacionales

 

Artículo de opinión de Rafael Cid

Rafael Cid


“El oculista me ha recomendado 10 utopías en cada ojo”

(Escrito en un marcapáginas)

Aseguran que en las guerras la primera víctima es la verdad. El contencioso catalán-español, y viceversa, a primera vista no se presenta como una batalla cainita. Todo lo contrario, al menos por parte de los “indignados”, la causa que los identifica está siendo defendida mayoritariamente con las armas de la paz, la razón, la paciencia y la palabra. Mediante un ejemplar ejercicio de civismo democrático. Sin embargo, el conflicto también se vive como una confrontación. Nosotros y ellos (y no me refiero al vergonzoso, infame y chusquero ¡a por ellos!, coreado por quienes en principio tenían la obligación legal en contrario). El signo de la división se aprecia en su percepción, propiciada temerariamente por los medios de comunicación convictos, como una segmentación de bandos en la sociedad civil.

Así, según la catequesis dominante, de un lado estaría un primer bloque formado por los del “No” junto a los del “Así no”, y en la orilla opuesta los del “Sí” y los del “Y por qué no”. Sin más complejidades ni matices, a mogollón. Blanco y negro, y grises fuera. Basta ver los arreos que se atribuyen a cada cuadrilla.

El grupo del “No”+ “Así no” incluiría en su popurrí a:

-El “partido más corrupto de España” y a su gobierno estatal.

-El Ibex 35.

-La Marca España.

-Los que defienden aplicar el artículo 155 de la Constitución.

-Quienes suscribieron al reforma exprés del 135 sobre el pago de la deuda sí o sí.

-El consorcio Prisa y asimilados.

-El PSOE de Pedro Sánchez

- Ciudadanos.

-La izquierda de la clase obrera.

-CCOO y UGT, sección villa y corte.

-Los partidos comunistas de la internacional proletaria.

-Los de ¡a por ellos, oe, oe, oe!

-Los habitantes de las grandes ciudades.

-Los ciudadanos de rentas más bajas.

-Los parados y pensionistas.

-Los charnegos.

-Los que subordinan la pluralidad a la unidad.

-El grupo de 200 profesores de universidad que clama contra el referéndum-trampa, encabezado por el filósofo Fernando Savater, el en otro tiempo famoso ácrata del Panfleto contra el Todo.

-Algunos solventes anarquistas avant la lettre (Amorós, Ibáñez, Alberola, salvo error u omisión)

Y en las antípodas del “Sí” + “Y por qué no”, según el mismo patrón de casting, se situaría la macedonia compuesta por:

-El tejido social rural.

-Los universitarios hijos de papá.

-Mediapro y sus afluentes.

-Los que sostienen al “partido más corrupto de Catalunya” y su govern nacionalista.

-La ciudadanía más próspera económicamente.

-Los que blasonan de siete apellidos oriundos.

-Un sector de curas y obispos que hacen cruzada de la estelada.

-Los hackers prorrusos  

-Muchos alcaldes de pueblos.

-Numerosos colectivos de ganaderos y agricultores.

-El sindicalismo vernáculo.

-La tropa abajofirmante de la carta abierta de 70 intelectuales norteamericanos pro derecho a decidir, presidida por Noam Chomsky, el librepensador que un día creyó en Hugo Chávez y su revolución bolivariana.

-Los que se saltan la legalidad y la constitución.

-Libertarios sin denominación de origen.

-La Federació Anarquista de Catalunya, CNT, Embat, CGT-CAT y CGT, con sus más  y sus menos.

-Partidarios del derecho de autodeterminación.

-Y quienes sienten la pluralidad como crisol de la unidad.

Se mire por donde se mire, esta es una ridícula extrapolación de la realidad, un perfecto disparate. Algo pedestre, donde cualquier parecido con lo existente es pura arbitrariedad. Una babélica estupidez plena de agravios comparativos. Lógicamente, cuando este esquema doctrinario de primeros auxilios y casa-cuartel llegué a trepanar conciencias, sus efectos pueden ser devastadores. Porque de creer esa jeringonza podría considerarse que el Estado español ha mutado súbitamente hacia el malvado abstencionismo.  A río revuelto…

Pero donde se ha vivido con más densidad el impacto del “desafío catalanista” ha sido entre el rico y complejo colectivo libertario. Un movimiento de raigambre autogestionaria que tiene por organizaciones más representativas a las centrales sindicales CNT y CGT, confederaciones de organismos autónomos ambas, cuya principal diferencia en la práctica es que una (CNT) no participa en el electoralismo del mundo laboral, mientras la otra (CGT) si ejercita allí su derecho a decidir, aunque lo haga con restricciones de procedimiento y cautelas respecto a sus consecuencias. En realidad se trata de una trasmigración de las dos almas que han acompañado al anarcosindicalismo desde su aparición en la esfera pública a principios del siglo xx.

Votar o no votar, esta es la cuestión que ha conmocionado al siempre diverso y agitado movimiento libertario ante el procés constituent con chupinazo el 1-O. Bien entendido que este hashtag partía de una  sospecha que precisaba verificación previa: ¿en la presente coyuntura, estar a favor del derecho a decidir, vulgo referéndum, equivale a votar a favor de un gobierno u opción política determinada? ¿O consiste en una manera de facilitar que amplias capas de la población abracen lo que hay de paideia democrática en su cuota de experiencia autogestionaria? Y una última cuestión, buscando una confluencia de fondo entre las anteriores perspectivas: ¿la desobediencia civil, la resistencia antiautoritaria, con riesgo de sufrir cárcel y multas, implica asumir el algoritmo de la sumisión si su operativa es sobre un hecho concreto y no sobre el derecho a decidir de todo, ipso facto?

Estas cuestiones han sido evaluadas con rotundidad por uno de nuestros colegas más talentudo, generoso y comprometido. Hablo de lo aportadp por Tomás Ibáñez en sendos artículos publicados recientemente bajo el título “Perplejidades intempestivas” (el 27-S) y “Perplejidades nº 2 (y algunas certezas) en vísperas del 1º de Octubre” (el 29-S).  Por el rigor y el talante abierto (y no como otros exponentes sobrevenidos que esgrimen la herética del insulto, el desprecio y el supremacismo ideológico para linchar a sus adversarios), su crítica del procés ofrece una espléndida oportunidad para una fecunda reflexión sobre las posiciones avanzadas.

Sostiene Tomás:

“¿Qué ha podido ocurrir para que algunos de los sectores más combativos de la sociedad catalana hayan pasado de “rodear el Parlament” en el verano del 2011 a querer defender las Instituciones de Catalunya en septiembre del 2017?

¿Qué ha podido ocurrir para que esos sectores hayan pasado de plantar cara a los mossos d’escuadra en la plaza Catalunya, y de recriminarles salvajadas, como las que padecieron Esther Quintana o Andrés Benítez, a aplaudir ahora su presencia en las calles y a temer que no tengan plena autonomía policial?”

Formulaciones impecables en su literalidad, en cuanto exponente fiel de una realidad. Lo que no impide enmarcar en su contexto preciso los asuntos enunciados. Evitando caer en la tentación de hacer una interpretación de parte de lo allí expuesto o incurrir en el vicio del presentismo que actualiza en tiempo real acontecimientos y circunstancias de otros momentos. Por ejemplo:

-Parece complicado asegurar, incluso desde la asimetría, que (algunos) sectores que sitiaron el Parlament en 2011 hayan pasado seis años después a defender las instituciones de Catalunya. Tampoco que ese hipotético trasvase suponga indefectiblemente defender indiscriminadamente su arquitectura legal (las instituciones), por lo demás dinamitada con las leyes de Transitoridad y del Referéndum para alumbrar una República donde antes había un fiel vástago de la Monarquía del 18 de julio. 

-En cuanto al tema de los mossos, no duda cabe de que el colectivo policial sigue intacto. Impasible el ademán. Es el mismo hoy que entonces. Pero no así sus mandos políticos. De suyo, uno de los sucesos no documentado en la cita de referencia, la “muerte accidental” de la joven Patricia Heras y las torturas en dependencias policías de miembros del colectivo okupa, hechos narrados en el documental Ciutat Morta, se originaron en 2006, siendo responsable de Interior un miembro del tripartito de izquierda, el dirigente de ICV-EUIA Joan Saura, y alcalde de Barcelona Joan Clos del PSC. Los otros dos casos mencionados (Quintana y Benítez) son atribución directa del gobierno presidido por Arthur Mas, el president que necesitó entrar en helicóptero en el Parlament el 17 de junio de 2011 y fue desalojado del sitial por imposición de la CUP el 9 de enero de 2016.

Pero sin duda desde la perspectiva libertaria lo que puede merecer más interés es la equiparación que se establece entre “votar” y apoyar el “referéndum”. Ibáñez lo expresa sin rodeos en su relación de cargos: “¿qué ha podido ocurrir para que ciertos sectores del anarcosindicalismo hayan pasado de afirmar que las libertades nunca se han conseguido votando a defender ahora que se dé esa posibilidad a la ciudadanía?”.  Y aventura respuestas de indudable calado, como atribuir la coyuntura a “la instalación de la derecha en el gobierno español con sus políticas autoritarias y sus recortes de libertades” y  al “extraordinario auge del sentimiento nacionalista”. Para concluir en la misma línea de convicción que “cuando un movimiento de lucha incluye un importante componente nacionalista (…) las posibilidades de un cambio de carácter emancipatorio son estrictamente nulas”, sentenciando que “esos procesos siempre hermanan a los explotados y a los explotadores en pos de un objetivo que nunca es el de superar las desigualdades sociales”.

De nuevo aquí volvemos al núcleo del debate. “Votar” y “nacionalismo”. Principios que pocos anarquistas abrazarían sin desvirtuarse. Otra cuestión es discernir si esos compañer@s y organizaciones involucrados en el procés desean  “votar en clave nacionalista”, y además si ese “votar” equivale axiológicamente a “elegir” para ser gobernado. Y aquí habrá que admitir la posibilidad de que el planteamiento expuesto peque de rígido, menospreciando que el sujeto político postule el derecho de autodeterminación y su consiguiente dosis de autogestión en una secuencia ética de medios y fines. Algo que hunde sus raíces éticas e intelectuales en Kant, Bakunin y el vigente Pacto Internacional de Derecho Civiles y Políticos (artículo 1), pautas nada despreciables desde una concepción de radicalidad democrática.

Un troquel repetido en algunos de los momentos estelares de la historia del movimiento libertario español, independientemente de la valoración que ellos nos merezcan a cada cual. Cito la movilización electoral de la CNT en 1931 que contribuyó a la caída de la Monarquía y a la llegada de la Segunda República (burguesa, por supuesto), también desde el plebiscito municipalista, e incluso la participación directa de CNT-FAI en el primer gobierno del Frente Popular. Aspectos ambos que para nada impidieron que luego el movimiento libertaria tratara de profundizar el lecho de  libertades y derechos abierto en ese cambio de ciclo político, llegando incluso a combatir al régimen por las armas y la revolución social (Insurrección Alto Llobregat, Casas Viajes, Asturias, etc.). Precisamente, en ese periodo histórico el catalanismo insurgente tenía firmes alianzas con la izquierda de base trabajadora. Como se demostraría a la hora de rechazar el alzamiento franquista de Barcelona, gracias a la unión en las barricadas de las fuerzas a las órdenes de la Generalitat (guardia civil, guardias de asalto y mossos) y los hombres y mujeres del movimiento libertario.

La segundo versión de las “perplejidades” insiste y desarrolla estos conceptos desde el terreno de las certezas. Así, la muy cuestionable utilidad de un “unirreferéndum que solo contempla el derecho a decidir si se expresa en clave nacional”; el sinsentido de “llamar movilización, cosa harto positiva, a llamar acudir a las urnas y a participar en el referéndum”; y la incoherencia de “pretender hacer saltar por los aires la legalidad española (…) si eso se lleva a cabo al amparo de otra legalidad instituida”. ¿Aquella épica sustanciada en la prescripción “la revolución no será televisada”?

Incluso, situándose en el más allá del 1-O, el argumentario pronostica un efecto bumerán desastroso. “El nacionalismo español saldrá reforzado, lo cual podría dar alas a la extrema derecha”, donde líneas arriba quedaba consignado que “lo que es obvio es que el PP ya está ahora mismo notablemente debilitado, tanto en la esfera internacional, como en Catalunya  y en ciertos sectores de la opinión pública”. O sea, un bálsamo de Fierabrás que resucitara al moribundo Mariano Rajoy, que  a pesar de  todo sigue siendo el favorito de la mayoría electoral española.

Concluyo. Creo honestamente que no estamos ante posiciones incompatibles y mucho menos irreconciliables, sino frente actitudes dictadas por análisis discrepantes de la realidad circundante, con toda la complejidad que la valoración del kairós de cada observador conlleva. Estimo que si se facilitara un  debate sereno, solvente y con altura de miras, el resultado de las experiencias confrontadas podría ser de enorme importancia para reafirmar eso que el propio “ponente” Tomás Ibáñez tiene definido como “anarquismo en movimiento”. Y para resumirlo en un par de frases, echaría mano de dos expresiones del escritor portugués Miguel Torga que compendian el meollo del debate. La primera dice: “la única forma de ser libre ante el poder es tener la dignidad de no servirlo”. La segunda: “lo universal es lo local sin muros”. Ambas interrogan a la montaña desde ángulos distintos. Una desde la cumbre y otra a ras de suelo.

Rafael Cid

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