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Brotes de Galeusca, ristras de españolidad

 

Artículo de opinión de Rafael Cid

Rafael Cid


Será una casualidad o que por una vez en años no hace daño. Porque, en principio, parece difícil disciplinar a tantos jurados distintos en un mismo afán. Pero lo cierto y verdad es que en este año 2019 de conflicto entre el poder central y sus agentes periféricos, naciones sin Estado que reivindican derechos históricos constituyentes, los Premios Nacionales han recaído sobre personalidades de territorios en disputa. El gallego Xosé Manoel Núñez Seixas; el vasco José Irazu Garmendia (Bernardo Atxaga tras tomar los hábitos, Nacional de Narrativa en el temprano 1989); y el catalán Joan Margarit i Consarnau, se han alzado con el laurel en las modalidades de Ensayo, Letras y Miguel de Cervantes (también este es reincidente: el Nacional de Poesía lo obtuvo en 2008). Incluso, y en parecida sincronía con esa legendaria fraternidad entre Galiza, Euskadi y Catalunya (Galeusca por acrónimo), en ese podio también puede entrar Cristina Morales. El último Nacional de Literatura, que aunque <<charnega>> de origen granadino comulga con el autodeterminacionismo incandescente (a la manera de una activista QDS: Que le Den al Sistema).

Como se puede ver, lo curioso no es que desde la Villa y Corte se haya vuelto a agasajar a autores gallegos, vascos o catalanes de reconocido prestigio, talla intelectual y probada singularidad. Algunos son veteranos en eso de los dones otorgados por la <<Marca España>>. Lo que realmente choca es que precisamente en este crucial año de colisión de identidades, el centralismo haya puesto de acuerdo a sus académicos y asimilados en plantilla para recordar que en esas latitudes también existe talento, ética social y valores artísticos. Y sobre todo que a la hora de su reconocimiento lo haya hecho por partida cuádruple, para mayor abundancia. Sin que las posiciones políticas o ideológicas hayan prosperado hasta sus últimos objetivos censores. Quizá todo lo contrario, lo que nos llevaría también a pensar mal, y a lo peor acertar. Sería lamentable que al ejercer su <<derecho a decidir>> los jurados respectivos hubieran creído que el camino más corto para la disuasión identitaria es el halago con confeti y trompetería.

Y si alguien lo pretendió, erró de bulto. Sin ir más lejos a Margarit le ha faltado tiempo para manifestar en la primera entrevista concedida tras recibir el premio que <<España me da miedo desde los Reyes católicos>>.Aunque con presbicia historiográfica. La nación-Estado así denominada por el galardonado no apareció con Isabel y Fernando, sino bajo el marchamo liberal del ceremonial de las Cortes de Cádiz, superando otros espacios políticos donde antes solo cabían reinos y vasallaje. Y la vitriólica Morales, saltando a la mismísima chepa de los distinguidos concesionarios ha espetado: <<Es una alegría que haya fuego en vez de cafeterías abiertas en Barcelona>> Dicho por la aguerrida escritora en plena sarracina de los indignados soberanistas.

En cualquier caso estos desafíos quedan a años luz del corte de mangas que propinó el artista plástico Santiago Sierra en 2010 al saber que las autoridades del ramo se habían permitido elegirle como trofeo estatal. Aquel desplante aún figura en la galería de los horrores del ministerio de Cultura, su otorgante oficial: «Un Estado que participa en guerras dementes alineado con un imperio criminal. Un estado que dona alegremente el dinero común a la banca. Un estado empeñado en el desmontaje del estado de bienestar en beneficio de una minoría internacional y local. El Estado son ustedes y sus amigos. Por lo tanto, no me cuenten entre ellos, pues yo soy un artista serio ¡Salud y libertad!» (sic). Aquello superó todas las previsiones y no se ha vuelto a repetir. No había nada que celebrar. El año de marras, Moncloa, Zarzuela y los pretorianos del Régimen del 78 habían perpetrado un inmoral austericidio en orden descendente, de la oligarquía responsable de la crisis a la mayoría social damnificada, y los fastos coronados llevaban impresa su luctuosa efigie.

Oídas y asimiladas las experiencias anteriores, parece claro que, en estos lares, el dicho << de bien nacido es ser agradecidos>> no es sino un sofisma para la servidumbre voluntaria. Al margen, ciertamente, y como preámbulo necesario, de la cortesía que debe presidir todas las relaciones humanas que de verdad lo sean. Dar y recibir, como gobernar y ser gobernado, es un elemento inapelable de cualquier episodio que se fundamente sobre la equidad. La discriminación positiva que puede anidar en ese cestón de premios hacia gentes tradicionalmente ubicadas al margen de la notoriedad establecida no deja de ser otra muestra más de la discriminación negativa hegemónica. La retórica de los 40 principales, mientras el pensamiento tenga dueño, es y será siempre el escudo con que se blinda la pérfida realidad rampante. De ahí que los Atxaga, Margarit, Seixas y Morales, mal que bien, supongan un atajo hacia la claridad fundante por razones equivocadas.

Tampoco Núñez Seixas es cofrade de este convento. En su libro Suspiros de España, obra en que se justificaba la concesión del Premio, destaca la incongruencia del nacionalismo español, al querer erigirse en el único Dios verdadero del santoral, mientras discute el pan y la sal a otros competidores. Simplemente porque tiene un Estado detrás, y por ello el uso legítimo de la fuerza, el centralismo se identifica con el patriotismo en exclusiva. Planteamiento que le ha servido al autor, catedrático de Historia Contemporánea de Europa en la Universidad Ludwig-Maximilian de Múnich, para poner de manifiesto también la incoherencia de cierta izquierda <<que critica a los nacionalismos periféricos, que dice que España es una nación, y que no es nacionalista>>. A caballo regalado…

Bernardo Atxaga no es nuevo en este gremio, pero su modesta insolencia destaca entre la mojigatería reinante. De hecho, y nada más conocerse el premio, aprovechó los micrófonos de Radio Euskadi para referirse <<al caso Altsasu como un escándalo>>, añadiendo que <<si escribiese algo sería una alegoría de la injusticia de lo que ha sucedido aquí>>. Un soplo de aire fresco después de las toneladas de purpurina gastadas en promocionar la novela Patria de Fernando Aramburu, encomiada como <<fenómeno literario>> por quienes predican que al fin de la violencia en Euskadi deben seguir lustros de contrición y golpes de pecho. Aunque nadie supera el botafumeiro de Javier Cercas, el último Planeta, el Grupo editorial que fichó al ex comisario Villarejo para conspirar contra un empresario rival. Satélite de la <<monarquía republicana>>, el nuevo Gironella del <<¡a por ellos!>> descuella como narrador bregado en barnizar fascistas de la vieja escuela y golosinar golpes trono de la vigente.

El último ditirambo de Cercas a Fernando VI fue durante la concesión del premio de periodismo Francisco Cerecedo el pasado 29 de noviembre. Expresa acción de gracias, en presencia del Rey y la Reina, <<porque el día 3 de octubre de 2017, mientras un grupo de políticos felones intentaban imponernos a la mayoría de nosotros, por las bravas, un proyecto minoritario, inequívocamente antidemocrático y profundamente reaccionario […] usted nos dijo, Señor, que no estábamos solos>>. El discurso <<contra felones>> fue publicado en lugar preferente por el diario El País, institución que encarna como ninguna otra el espíritu de <<pactum subiectionis>> con que se trasteo la Transición. Periódico de referencia hoy presidido por Javier Monzón, ex magnate de la industria armamentista imputado en la trama Púnica. Y así, de tumbo en tumba vamos como los cangrejos, y pasamos de la España de los balcones y las banderas a los belenes patrióticos, como el <<nacimiento>> que exhibe en Madrid el alcalde popular Almeida con la rojigualda en bandolera.

¿Brotes de Galeusca o justicia poética?

Rafael Cid

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