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Alguien voló sobre el nido de Vox

 

Artículo de opinión de Rafael Cid.

Rafael Cid


El discurso político es caprichoso, conmiserativo con los gobernados y complaciente con los gobernantes. Un vaivén de la Ceca  a la Meca cuando los medios de persuasión de masas se alinean a favor del statu quo. Al felipismo le debemos un relato exitoso de ese formato. Durante la transición apadrinó el acercamiento al tardofranquismo para facilitar un Estado de derecho. Lo que entrañaba menospreciar la importancia de la huella asesina de la dictadura. De ahí que ni la memoria histórica ni la ilegalización de los partidos que se reclamaban de aquel siniestro pasado entraran nunca en sus previsiones. Era el peaje para optar al númerus clausus del poder. Todo lo contrario de lo que sucede ahora con el sanchismo. El actual PSOE está tocando a rebato ante la amenaza de un revival de la extrema derecha. El monstruo, ayer dormilón sin mayores cautelas, hoy viene a vernos con sus peores credenciales. Tras 36 años ininterrumpidos de gobierno socialista en Andalucía (los mismos que duró el franquismo), la sobrexposición del Vox en las pasadas elecciones recuerda, por la otra punta y vuelto del revés, a aquel inicio que instauró la monarquía del 18 de Julio a costa de una auténtica refundación democrática. Ayer se improvisó un populismo conservador que denominaron consenso, y hoy se insta un populismo progresista que algunos llaman “alerta antifascista”. A demanda de las necesidades  del régimen imperante.

Toca, pues, explicar cómo hemos llegado a esto. Porque el creacionismo exige tener fe de carboneros, que no es nuestro caso. Alguien dirá que el ultranacionalismo no hace sino ganar posiciones en el mundo desarrollado. Que incluso ha llegado a gobiernos, siendo el caso italiano el ejemplo más elocuente de esta embestida. Que estamos en un ciclo involucionista que ha tomado el revelo al anterior de siglo contrario, el que dinamizó el 15-M, las primaveras árabes y occupy wall street. Y es cierto, con una diferencia sustancial. El ciclo progresista vino precedido de amplias movilizaciones sociales, se le veía venir. El que ahora nos preocupa no  se asiste de agregado social alguno. Salvo, quizá, en el caso de Alemania, que por eso mismo todavía no pasa a mayores. De hecho, la alarma que despiertan los neonazis cuando ganan la calle sirve de aviso a navegantes para justificar un aislamiento en la sociedad civil que neutralice su escalada.

De ahí que lo ocurrido con Vox en Andalucía requiera una atención microscópica. Lo prioritario es seguirle el rastro en su despliegue electoral, por sus hechos les conoceréis. Puesto que ni el partido de Santiago Abascal, ni otros afines, se han visto favorecidos por el viento de cola de un proselitismo ciudadano masivo. FE de las JONS, que con alguna licencia podría considerarse una precuela de Vox, obtuvo 2.392 votos (0,06%) en las elecciones andaluzas de 2012. En los comicios de 2015, ya con Vox en el candelero, los de Abascal sacaron 18.017 votos (0,45%), casi la mitad que el partido animalista PACMA (31.735). Y de ahí, a la chita callando, llegamos al espectacular chupinazo de 2018, cuando Vox multiplica por doce su anterior cota, arrancando 12 escaños y el apoyo de 395.978 electores (10,97%). Para sorpresa del CIS,  que le anticipaba un único diputado y el 3,17% de votos. Tampoco se sostiene como argumento de autoridad la tesis de un desembarco de seguidores del Partido Popular en Vox, por la “blandenguería” de Rajoy ante el conflicto independentista. En los dos últimas consultas celebradas en Andalucía, el  bloque conservador integrado por PP y Ciudadanos solo mermó en  24.250 votos (1.433.156 en 2015 y 1.408.906 en 2018), muy lejos de los casi cuatrocientos mil inopinadamente cosechados por Vox.

Descartados  análisis más propios de la ufología que del sentido común, habrá que buscar indicios de esa patología sobre el terreno. Alguna clave existirá para que un antipático  partido emergente, de tintes xenófobos y misóginos, conquiste en su debut (2018) casi 30.000 votos más que los logrados en su primera comparecencia andaluza (2015) por un veterano del parlamentarismo autonómico, como el liderado por Albert Rivera. Una hipótesis nada desdeñable apunta al diseño de campaña hecha por la presidente da la Junta, Susana Díaz, que mal aconsejada o por propia voluntad enfocó su estrategia en orden a “potenciar” el peligro de la naciente extrema derecha. Su particular “alerta antifascista”, acusando al PP y a Ciudadanos de haberse entregado a los “neofranquistas” de Vox, pudo situar a la startup ultranacionalista en el ojo del huracán en el momento preciso y en el lugar oportuno (una de las regiones de Europa donde el paro estructural es un endemismo de izquierda). De esa guisa, un grupo casi fantasmal (22 concejales de un total de 68.230 a nivel nacional), con un dirigente poco menos que invisible para la percepción general, se convirtió de la noche a la mañana en oscuro objeto de deseo para los medios de comunicación y la dopada opinión pública. Gracias a la estudiada torpeza política de Díaz, la gente de Abascal ha resultado decisiva para conformar el nuevo gobierno en la comunidad y la marca Vox hoy es conocida hasta en el último rincón del país.

Sin embargo, la cebada al rabo. La decepción sufrida por ganar las elecciones y a la vez perder el poder hizo que Susana Díaz pensara que a la segunda iba la vencida. Por eso aprovechó la justa protesta feminista contra las mamarrachadas de Vox para tratar de ponerse la frente la manifestación. El PSOE no solo fletó autobuses gratuitos para asistir a la concentración frente al parlamento andaluz sino que encargó a Canal Sur que promocionara en sus coberturas informativas a los dirigentes socialistas que, situados en primera línea,  jaleaban la repulsa de la ciudadanía a lo expresado en las urnas. Nunca en todos los años transcurridos desde la aprobación de la Constitución un partido legal había promocionado una acción pública contra el veredicto popular. Allí pululaban personas como Rosa Aguilar, la ex alcaldesa de Córdoba por IU (sector PCE) fichada por Díaz para desempeñar distintas carteras en aquella Administración. Así, un miembro del gobierno aún en funciones deslegitimaba de palabra y obra a la oposición victoriosa en buena lid. En la mejor tradición de la política concebida como un duelo amigo-enemigo, que proclamara el ideólogo filonazi Carl Schmitt.

La erótica del poder a veces confunde el onanismo compulsivo con el amour fou. Quizá por eso, Sánchez ha terminado copiando a la cuestionada Susana Díaz, en la creencia de que el adobado tenebrismo de Vox puede operar como bálsamo de Fierabrás en su beneficio.  Le permitiría erigirse en el único referente antifascista (Somos la izquierda), desactivar a la disidencia interna que pide un giro re-centralizador en su PSOE, y pasar por la izquierda a Unidos Podemos como competidor en la misma longitud de onda. El poder por encima de todo. Queda por ver si la pócima funciona en una sociedad a la que el mismo PSOE adoctrinó en el origen de los tiempos en la amnesia y la confraternización  con los esbirros de la dictadura. Una desmemoria cultivada a conciencia que acaba de demostrar su eficacia inhabilitante en los comicios celebrados  Despeñaperros abajo, más allá de la kermesse orquestada por Moncloa con la exhumación de la momia de Franco. Sería dramático que al final lo único que quedara claro es que ha sido la sedicente izquierda la primera en estigmatizar el resultado de unas elecciones democráticas adversas. “Cosas veredes, amigo Sancho, que harán fablar a las piedras”.

Un cestón de necedades y miserias que seguramente servirá de excusa para que, cuando de verdad lleguen los barbaros y su fascismo social, hagan otro tanto y en definitivo peor. Porque Aladinos hay muchos, pero escasean los aprendices de brujo que luego del experimento son capaces de hacer volver a la bestia a su madriguera.

Rafael Cid

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