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¿Es el Covid-19 el momento constituyente que no logró el 15-M?

 

Artículo de opinión de Rafael Cid

Rafael Cid


“Antes que todas las cosas, en un comienzo, fue el infinito Caos.” (Hesiodo)

“Llamamos afines a aquellas naturalezas que al encontrarse se aferran con rapidez las unas a las otras y se determinan mutuamente” (Goethe en <<Afinidades electivas>>)

Sí, hay alternativas, aunque duelan. Y dentro de las alternativas, también hay grados y rangos. Los dotados de espíritu revolucionario, verán en la pandemia la gran oportunidad para desahuciar al capitalismo mondo y lirondo. Tarea enorme, ciclópea, que necesitaría el concurso de gigantes y visionarios. Hoy todo el orbe es inequívocamente capitalista. Salvo casos marginales, como Cuba y Corea del Norte, que en todo caso requerirían una taxonomía ambivalente. Así que el vuelco del sistema realmente existente llevaría a una acción profunda y transformadora a escala global seguramente no exenta de convulsiones, réplicas y contragolpes. Sabemos por la historia del estalinismo que el <<socialismo en un solo país>> es una amputación que deriva en gangrena, y la capacidad real de concitar a todos los agentes internacionales para revertir el ciclo  histórico de los último dos siglos se antoja altamente problemático.

Otra posibilidad (si Mahoma no va a la montaña…) es adoptar una actitud beligerante y crítica contra el poder político que evite una salida en falso. Como lamentablemente pasó con la crisis del 2008, mutualizando responsabilidades y privatizando méritos. Estos últimos predicados o construidos artificialmente desde las entrañas del régimen. Dicha actitud no acabaría con el sistema pero tampoco lo legitimaria, y en su defecto permitiría crear una masa recalcitrante específica capaz de evitar que los ultras capitalicen los múltiples efectos de la crisis. En las antípodas del dicho <<el que mucho abarca poco aprieta>>, la medida podría abrir una ventana de oportunidad sin la incertidumbre del desafío abismal del desenlace anticapitalista, ni el riesgo letal del continuismo bajo troquel populista.

Pero lo esbozado en el paso precedente no sería, en el caso español, un itinerario exclusivo,   un quieto parao. Debería servir para auspiciar algo nuevo. El comienzo de un momento constituyente que reemplace en puridad al régimen vigente. Al statu quo surgido en momentos excepcionales para garantizar el dominio de una democracia de mínimos al servicio de un economicismo de máximos. De esta manera, a rebufo de la dinámica puesta en marcha para reeditar unos nuevos Pactos de La Moncloa de logrera manera, cabría monitorizar una constitución de nueva planta en línea con la tradición de nuestro mejor republicanismo federal. Y exigentemente adaptada a las prioridades y retos venideros. Un porvenir por-venir.

Se trata, pues, de decidir entre dos tipos distintos y distantes de rupturismo a carta cabal. El uno ilimitado, de ambición universalista, revolucionario y dilatado en el tiempo y en el espacio. El otro, más modesto, contenido y conservador, reformista en las formas aunque radical en el fondo. Posiblemente más próximo a las sensibilidades de una población que ha sufrido en poco más de una década la doble afrenta de una crisis económica y una pandemia,  administradas ambas a su favor por una clase dirigente (política, económica e institucional) enfebrecida por la corrupción, el nepotismo y la incompetencia. Esa emergencia solo sería operativa si calara en el imaginario de la gente, cuestionando su habitual confinamiento mental ante el cambio. Lo que implica ganar las calles y  articular redes para la acción comunicativa que, con la prudencia y el coraje cívico necesarios para cohesionar fuerzas exponencialmente, culmine en un vendaval constituyente. Entonces viviríamos acorde con nuestras auténticas posibilidades.

Lo que ocurre es que ahora, a todas las dificultades de siempre hay que añadir otras contingencias surgidas de la experiencia política reciente. Tenemos que luchar contra el dragón pero también despojarnos de Blancanieves y Caperucitas, promesas nacida al calor de la anterior ola de indignación que al hacerse institución han patologizado nuestra frustración. De entrada, el actual gobierno integrado por PSOE y Unidas Podemos, la estrella coronada, con su descabellada militarización de la crisis ha contribuido al achicamiento de las capacidades de la sociedad civil. Ya no caben subterfugios, atajos o cantos de sirena. Sabemos que la <<ley mordaza>> que iban a derogar <<sí o sí>> se utiliza para reprimir a los desobedientes; que los ERTEs, igualmente denunciados justamente por infames, son puestos de ejemplo  ante Europa como protección del empleo por la actual ministra de Trabajo. Por no hablar de la <<ley mordaza digital>> aprobada por ese Ejecutivo, que permitirá la biovigilancia por el flamante Estado medicalizado, o la supresión de las partidas de 5.0000 millones de euros destinadas a políticas activas de empleo a las comunidades (precisamente aquellas competencias que torpemente reclamaba Iglesias tiempo atrás para compartir el banco azul con Sánchez), que dejará aún más inerme el territorio (local, municipal, autonómico) donde la política se vive cara a la gente. ¡No da más! Aunque los bienintencionados aplausos, minutos de silencio y duelos virtuales sirvan a veces para censurar los hangares repletos de ataúdes  (como hacía el Pentágono durante las inmorales  guerras de Vietnam y de Irak), mientras los medios del consenso (públicos, privados y asimilados, como el CIS de Tezanos) llenan sus portadas con las impactante imágenes de las fosas comunes en Nueva York para sembrar alucinantes asimetrías ¿Dónde están hoy aquellas asociaciones representativas de la sociedad civil que en agosto del pasado 2009 compartieron ideario con la plana mayor del sanchismo para abordar juntos un programa progresista? Siempre podemos consolarnos con el <<y tú más>>, transfiriendo la responsabilidad que compete al gobierno de la nación al patético Vox, el <<trifachito>> o <<<las tres derechas>>. Aunque, para <<arrimar el hombro>> en pos de unos nuevos Pactos de La Moncloa que disfracen el armazón de un <<partido único>>, sus muchas tachas y furibundos <<no, es no>> decaigan a su embeleso ¡La commedia e finita!

Habrá que empezar, sí, donde lo dejamos. Decíamos ayer. Pero sin lastre, ligeros de equipaje. Y volver a poner movilización donde hoy impera el confinamiento; protesta donde aplanamiento; apoyo mutuo donde distanciamiento social; espíritu crítico donde obediencia debida, sociedad civil donde mentalidad cuartelera; horizontalidad donde jerarquía; cooperación donde competitividad; deliberación donde sumisión;  presencia donde ausencia; proximidad donde aislamiento; democracia donde autocracia; autogestión donde representación vacía; autonomía donde heteronomía; polis donde statu quo; transparencia donde censura; emancipación donde regresión; alegría de vivir donde se vegeta… Impedir, en fin, las maniobras e insidias del poder para que el Covid-19 suponga la Némesis definitiva de lo que en esencia siempre significó el 15-M, aquí y en todas las plazas y calles del mundo que agitaron su ideal sin fronteras ni banderas. Nuestra generación tiene la enorme suerte de mantener en la memoria resistente el imaginario de aquel movimiento al que asirnos como realidad inabarcable. Somos más y solo necesitamos reconocernos como prójimos y necesarios. Si la crisis del 2008 se cebó sobre todo en las clases medias, la de la pandemia y el tsunami económico, que la amplía, diezmará a los más vulnerables en muchos y variados escalones sociales (autónomos, pequeños comerciantes, profesionales, etc.), fagocitando una confluencia multitudinaria de voluntades e inteligencias de largo aliento.

El gran historiador suizo Jacob Burckhardt, en su <<Historia de la cultura griega>>, denominaba sinoiquismo al proceso de afinidades entre grupos y colectivos separados para converger en una polis como superior buen vivir. Y Goethe usó la expresión <<afinidades electivas>> en el título de una de sus novelas más conocidas donde narraba la  misteriosa fuerza de atracción sobrevenida en personas que estuvieron aisladas, humana energía capaz de subvertir las relaciones establecidas. No tenemos necesidad de prescribir una teodicea revolucionaria de arriba-abajo aunque la emergencia sea máxima. La pantalla que inspiró el 15-M aún no ha caducado totalmente. Si un pernicioso <<bichito>>,  en un paraje ignoto,  ha llevado la desdicha y el infortunio a medio mundo en una versión dantesca de la teoría del caos, recojamos el testigo donde desmayó y hagamos que el aleteo rebelde, coral y espontáneo de nuestra dignidad atropellada vuelva a emocionar al globo por encima de la razón instrumental. Para alumbrar <<otro comienzo>, (arché), como pretendía Reiner Schürmann el <<El principio de la anarquía>>. La más alta expresión del orden.

De nosotros depende.

Rafael Cid

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