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Víctor Serge y el centenario de la “Revolución de octubre 1917”

 

Reseña  del libro Víctor Serge, la conciencia de la revolución

Octavio Alberola


Tanto por las esperanzas emancipadoras despertadas en sus comienzos como por la inmensa decepción provocada por su desarrollo totalitario y su sorprendente e inquietante final, la revolución bolchevique de octubre de 1917 fue –sin ninguna duda- uno de los eventos históricos mayores del siglo XX. Quizás el más decisivo para que la historia del pueblo ruso y de la humanidad fuera la que fue y sea hoy tan desconcertante y amenazadora. Una historia que parece empeñada en la absurda inconciencia de enterrar el ideal emancipador y en la irracional obcecación de realizar –cueste lo que cueste- la “utopía”  capitalista de un mercado mundializado: convertir el mundo en un Supermercado y la Tierra en un planeta de más en más devastado.

Con un tal panorama de fondo, no sorprende que el centenario de la “revolución de octubre 17” concite ya enfrentamientos y suscite expectativas -las más diversas- en torno a las celebraciones ya anunciadas en los cinco continentes. Como tampoco es una sorpresa que los debates del pasado se actualicen y resurjan las polémicas sobre la vigencia o la transformación de la vieja idea de Revolución en el mundo de hoy.

Sería deseable pues aprovechar esta ocasión y la distancia histórica con aquel evento para hacer análisis rigurosos, objetivos, esclarecedores, que nos permitan sacar lecciones para evitar en el futuro nuevos fracasos revolucionarios. Tanto para que el sacrificio de aquellos pueblos no sea estéril como porque la gravedad de la situación actual lo exigen.

En su discurso sobre el estado de la Nación, del 1 de diciembre pasado, Vladimir Putin dijo que  “2017 marca el 100 aniversario de las revoluciones de Febrero y Octubre. Este es un buen momento para mirar al pasado sobre las causas y la naturaleza de estas revoluciones en Rusia. No sólo los historiadores deberían hacer esto. La sociedad rusa en general necesita un análisis profundo, honesto, objetivo de estos eventos”. No obstante, el actual Presidente de Rusia (la ex URSS) advirtió ya a los ciudadanos rusos que no pueden “arrastrar hasta nuestros días las divisiones, los odios, las afrentas y la crueldad del pasado”, y que no deben olvidar que son “un pueblo unido. Un solo pueblo”, y que “Rusia solo hay una”…

Que un tal análisis sea una necesidad para la sociedad rusa no parece discutible, como tampoco debería serlo para las demás sociedades que siguen bajo la férula del “socialismo” de Estado o del capitalismo. La razón de esta necesidad es una obviedad: para todos los explotados del mundo es vital saber por qué, tras el triunfo de la revolución, ésta pudo transformarse en un monstruo totalitario y acabar restaurando el capitalismo más explotador y predador. Es una obviedad, claro, en la medida que los explotados sigan deseando emanciparse y estén dispuestos a seguir luchando por conseguirlo.

Evidentemente, ése no es el caso del Presidente de la Rusia actual. Que Putín reconozca esa necesidad para la sociedad rusa, en un discurso, no significa que él y su régimen vayan a permitir, y aún menos a fomentar el análisis “profundo, honesto, objetivo” de aquellos eventos. Sabemos lo que Putín busca y lo que él entiende por “un pueblo unido”, “un solo pueblo” y “Rusia solo hay una”, como también sabemos lo que eso significa para la oligarquía, que se constituyó a partir de la que se pretendía “revolucionaria” antes y que está en el Poder hoy en Rusia.  

No obstante, por haber reaparecido la lucha de clases en la ex patria del proletariado, es muy posible que algunos intenten hacer esta tarea crítica en Rusia y que lo hagan de manera profunda, honesta, objetiva, aunque clandestinamente, o casi…  ¡Como en los tiempos en que la crítica era considerada una disidencia “contrarrevolucionaria”! Pues, aunque la Rusia de hoy no sea la URSS, con la Checa y los campos de concentración de Stalin, es un hecho que las “libertades democráticas” son, con Putin, cada vez más retóricas…

En todo caso, de lo que sí podemos estar seguros es de que esos análisis no trascenderán a la sociedad rusa actual, por estar los medios de “información” tan o casi tan controlados por el Poder como durante el estalinismo. De ahí que, mientras se realizan y nos llegan tales análisis, sean bienvenidas todas las contribuciones críticas sobre ese evento, provengan de donde provengan.

De ahí que sea de apreciar la publicación, por la editorial LAERTES, S.A., de un libro colectivo sobre la vida y los combates políticos de Víctor Serge No solo por haber sido Víctor Serge uno de los primeros revolucionarios en narrar la tragedia de la primera revolución socialista triunfante de la historia ,devorándose a sí misma, sino también por no haber buscado explicaciones simples a esa trágica deriva y haber tratado de recuperar, para el futuro, las potencialidades revolucionarias perdidas. Un esfuerzo de crítica profunda, honesta, objetiva, que debe incitarnos a continuarla a cuantos y cuantas seguimos considerando el socialismo, de libertad y de crítica, como la única alternativa -racional, justa y sostenible- al sistema capitalista y su barbarie.

En este sentido, el libro colectivo, Victor Serge, la conciencia de la  revolución, coordinado por el historiador Pelai Pagés y el activista social Pepe Gutiérrez-Álvarez, me parece ser una valiosa contribución a la celebración del primer centenario de la revolución de octubre de 1917. Tanto porque los autores de este libro la consideran una “revolución traicionada que define en buena medida una de las características del siglo XX”, como en su tiempo la consideró Albert Camus, como porque el objetivo  de los coordinadores -“recoger una visión amplia y plural sobre la personalidad y la obra” de Víctor Serge- me parece un objetivo loable, justificado y de una gran actualidad. No solo por su implicación ”hasta la médula de sus huesos” en esa revolución sino también por haberse mantenido, en todas las circunstancias que le tocó vivir, fiel al socialismo “o mejor dicho, una determinada versión del socialismo”.  

Efectivamente, desde que Víctor Serge llegó a Rusia, poco después del triunfo de la Revolución bolchevique, hasta morir en México en 1947, su vida estuvo dedicada a luchar por ese socialismo con libertad. Tanto cuando militó en el anarquismo como cuando se convirtió al bolchevismo y luego criticó el estalinismo, Víctor Serge defendió siempre “la necesidad de transformar la sociedad a favor de los más débiles”, y, por ser coherente con tal ideal, acabó siendo repudiado por las “distintas ortodoxias, tanto desde la derecha como de la izquierda”.

Una coherencia con el ideal, que le hizo comprometerse “con la realidad inmediata que le tocó vivir”, y que, sin duda, debe revindicarse en estos tiempos de renuncia y de acomodamiento, con el capitalismo de mercado más puro y duro, hasta en el seno de las organizaciones y partidos que siguen proclamándose anticapitalistas, antiimperialistas y revolucionarias.  

Por su coherencia, que le llevó a morir en México en la pobreza y amenazado de muerte por los avasallados a las directivas de Moscú, Víctor Serge fue la conciencia desoída de la revolución rusa traicionada por los que se sirvieron de ella para auparse en el poder, tras imponer un férreo unanimismo corporativo en el partido. Un unanimismo que acabó acallando todas las voces críticas; pero que acabó también acallando la revolución. ¡Ay de los “críticos” en los partidos! No obstante, sin ellos no hay conciencia, ni en los partidos ni en la revolución.

En este sentido y mientras haya “revolucionarios” con tal ambición unanimista, dispuestos a sacrificar la revolución por el poder, serán necesarios los revolucionarios críticos. Por ello la vida y la obra de Víctor Serge seguirán siendo de actualidad.  

Esta es la razón que me hace considerar oportuna y muy útil la lectura del libro Victor Serge, la conciencia de la  revolución; pues no cabe la menor duda de que Víctor Serge fue una de las conciencias más lúcidas y honestas “de todas las revoluciones existentes en su momento”, como lo piensan y lo han escrito Pelai Pagés y Pepe Gutiérrez-Álvarez, coordinadores de esta interesante obra colectiva .   

Octavio Alberola

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