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La enciclopedia del anarquismo ibérico

 

Miguel Íñiguez

Enciclopedia del anarquismo ibérico

Vitoria, Asociación Isaac Puente, 2018

4 vols., 3417 págs. + CD: I, A-F (1014 págs.); II, G-O (-1960 págs.); III, P-Z (-2879 págs.); IV, Imágenes (-3417 págs.); + CD: Bibliografía, Siglas

Diseño y maquetación: Isabel Arenales, Rasgo Audaz, S. Coop. (Valladolid)

Corrección de textos: Fermín Escribano e Ignacio Soriano

Web: navioanarquico.org

Pedidos: asociaciónip@hotmail.com; o Apdo. 191 01080 Vitoria (España)

Precio: 120 € (más gastos de envío)

Ignacio C. Soriano Jiménez


Desde temprano, el anarquismo deseó contar con enciclopedias y diccionarios, pero dificultades variadas daban al traste con ello. Tal vez, ha merecido la pena la espera para que surgiera una obra magna.

Contexto

La polifonía, la fragmentación, la interconexión, la no secuencialidad, lo vital, lo abierto y lo inacabado son los hilos que componen la urdimbre y la trama de este texto; elaborado, por su parte, con lenguaje rítmico, conectivo, plateado, que sumerge en una narración ágil, enlazada, galopante, que nos encarama a su grupa, nos empuja raudamente hasta la siguiente escena y nos deja sin aliento. «Condenada por el tribunal de urgencias de Jaén, en 1934, a cuatro meses por tenencia de armas», «Militó en Hospitalet antes de la guerra. Confirmada la derrota, el exilio galo, luego Argentina, de nuevo Francia con última residencia en Gentilly». Se exprimen las palabras. Apenas una línea y hemos recorrido media vida. Y no es que escaseen las entradas extensas (para regocijo de nuestra curiosidad), no, es que la frescura y el ritmo allegro son notas que atraviesan de principio a fin esta enciclopedia.

El trabajo está libre de condicionantes académicos, realizado desde el convencimiento, sin que falte en él el rigor. «Las personas que vienen en busca de datos históricos no dejan rastro después que les servimos», se lamentaba en 1974 un viejo anarquista exiliado. Algo que aquí no sucede, pues no hay créditos que convalidar ni méritos que adjuntar al currículo. La obra se ha realizado como una tarea, como testimonio de quien ha vivido en tres siglos. Se inicia con la aportación del autor: en el rastreo de libros publicados sobre anarquismo español desde los años setenta del próximo pasado siglo; en el conocimiento de la bibliografía anarquista centenaria; en el manejo de la documentación orgánica y la correspondencia de los últimos sesenta años; en la lectura de las memorias de sus protagonistas (bastantes de ellas inéditas) o de las biografías que les han dedicado; y en el vaciado de buena parte de la prensa libertaria. Después aparece la polifonía (bueno, una de las varias que posee): la aportación desinteresada de personas investigadoras que se mueven en los ámbitos libertarios; la de buena parte de quienes aquí están biografiadas; la de quienes vivieron codo a codo con ellas; y la de quienes les han sucedido –especialmente nietos/as (¿el péndulo generacional?)–, que, aun cuando no compartan el ideal libertario, sí han percibido el sentido de dignidad de sus ancestros. Confeccionado, pues, con la aportación de múltiples manos, según puede verse en los créditos de inicio y en las bibliografías de cada entrada.

La labor necesitaba de una voluntad férrea para ir amalgamando durante los últimos cuarenta años las diferentes voces. Es lo que hace Íñiguez. Como contera, llegó la tarea meticulosa de la maquetadora Isabel ─tamaño folio, a tres columnas, entradas en versalita negrita, etc.─, una vez que había sido realizada la corrección de textos y la normalización de los documentos bibliográficos. ¡Cuántas cátedras universitarias la envidiarán!

No es esta una obra de definición de conceptos ni de reunión del saber a la manera china o platónica de las enciclopedias clásicas, cual son el Gran espejo del mundo (1244) de Beauvois, La gran enciclopedia imperial ilustrada (1726) o la consabida La gran enciclopedia (1751-1780) de Diderot-D’Alembert. En esta línea fue más el Diccionario del anarquismo de Peirats (Dopesa, 1977), y la Antología del anarcosindicalismo de V. García (Ruta-BASE, 1988).  También se centró en conceptos, con autoría colectiva y ámbito internacional, la parte publicada de la Enciclopedie anarchiste, empresa impulsada por Faure desde París, de la que salieron diez volúmenes entre 1925-1935 (quedando lo biográfico y bibliográfico en el tintero). El exilio en México emuló esta hazaña y logró traducir y ampliar dos tomos en la inacabada Enciclopedia anarquista (I, ‘A-C’, 1972; II, ‘CH-E’, 1984), bajo el impulso de B. Cano Ruiz y la colaboración de F. Álvarez Ferreras, V. García, etc. En la actualidad se están formando algunos proyectos enciclopédicos en internet (de los que hablaremos al final).

A diferencia de lo señalado, aquí las entradas son de biografías (incluidas las bibliografías), de publicaciones periódicas, de organizaciones más o menos longevas y de colectivos temporales (agrupaciones, etc.), que en el caso de los congresos y otros comicios van introducidos por el nombre de la ciudad que los acogió. En sus descripciones transcurre la vida del anarquismo y del anarcosindicalismo implantada en España durante ciento treinta y ocho años. Acompaña a cada entrada la cita de las aportaciones, documentos, periódicos, revistas y obras de las que se han extraído los datos, por lo que ya no solo estamos ante una enciclopedia del, sino también ante una enciclopedia sobre el anarquismo español. Es otra de sus polifonías. La ordenación que emplea es alfabética, neutra; no toma partido previo pues no responde a divisiones por categorías o clasificaciones por disciplinas, ni aparecen ordenados los conceptos jerárquicamente en la «gran cadena del ser» –scala naturae– o a partir de la subordinación lógica del árbol de Porfirio.

            Ha habido y hay otros intentos de reunir teorías, vidas y obras en el anarquismo español; en esa línea hay que tomar ya las obras de Lorenzo, Buenacasa, Muñoz, Nettlau, Peirats, Santillán, etc., aunque tienen más de historia que de sistematización; y hay que agradecer los esfuerzos de quienes desde hace un siglo han querido rescatar del olvido a la militancia, caso de S. Gustavo, J. Ferrer, W. Muñoz, A. Fontanillas, S. Berenguer, Gutiérrez Molina, etc. Hay ocasiones en que ha quedado la obra inédita; así sucedió con el diccionario biográfico iniciado por Renée Lamberet en los años cincuenta del pasado siglo desde Francia, aprovechando las relaciones que mantenía con mucha de la militancia exiliada (su compañero era Bernardo Pou), que ahora permanecen en fichas y anotaciones en el Instituto Francés de Historia Social; o el diccionario biográfico de Víctor García. Mucho más diluido resultó el proyecto realizado en la década del sesenta por la CNT exiliada. Algunas, aunque específicas, se han publicado: «Para una monografía de escritores anarquistas españoles», Ruta, 2.ª época, n.º 7 (Caracas, FIJL, 1972), de Peirats. En época reciente, destaca lo realizado en Galicia por Eliseo Fernández y Dionisio Pereira, bastante de ello publicado, entre lo que reseñamos O anarquismo na Galiza (1870-1970) (Santiago de Compostela, 2004). Similar, aunque sin imprimirse, es el trabajo de José Ignacio Orejas sobre Norte y Castilla. Y notable la recopilación que realiza José Vicente Martí Boscá en lo referido a sanidad –batas negras–.

Fuera de nuestro país, encontramos el Dizionario biografico degli anarchici italiani con C. Venza y otros (Bibl. Franco Serantini, 2003-2005); el trabajo aún abierto Os companeiros, de Edgar Rodrigues (Río de Janeiro, 1994-1999, 3 vol. impresos y 4 mecanografiados); Anarchist voices, de Paul Avrich (Princeton, 1995; como Voces anarquistas, FAL, 2004, en traducción de Antonia Ruiz Cabezas); el más específico de «Cinquanta donne per l’anarchia», Bollettino Archivo G. Pinelli, 12 (Milano, 1999); y colgados en internet: Sans patrie ni frontières (Dictionnaire international des militants anarchistes) de Dupuy, o The anarchist encyclopedia, a gallery of anti-authoritarians & poets… Sin olvidar que lo libertario está presente también en obras de referencia general del movimiento obrero, como el Dictionarie biographique du mouvement ouvrier français, de Maitron (Les Éd. Ouvrieres, 1973), el Diccionari biogràfic del moviment obrer als països catalans, dirigido por M. T. Martínez y P. Pagès (Universitat-Abadía de Montserrat, 2000) o el reciente Diccionario biográfico de la izquierda argentina, dirigido por H. Tarcus (Emecé, 2007).

Nacimiento y desarrollo

La Asociación Isaac Puente, radicada en Vitoria ─de ahí su nombre─, se formaliza en 1984, si bien hunde sus raíces en la anterior década, en 1976, época en la que comienzan a contactar con militantes con interés en la historia propia (caso de Fontaura, Peirats, Fontanillas, Berenguer, etc.) y a coleccionar periódicos, libros, folletos y material vario, documentación anarquista que sirvió para elaborar 52 cuadernillos con biografías que editaron a partir de 1983 bajo el título Cuadernos para una enciclopedia del anarquismo español. Estos folletos se reunieron en dos volúmenes en 1998, los cuales podemos hallar (muy escasamente) en alguno de los sindicatos cenetistas.

Paralelamente, la activación de la Fundación Anselmo Lorenzo en la década última del siglo pasado, animó a M. Íñiguez a preparar una edición más elaborada, que pudiera servir de base para eliminar errores (inevitables) y aumentar datos. Nace así Esbozo de una enciclopedia histórica del anarquismo español, editada con ilusión de infantes en 2001. Obras de tanteo, con inevitables errores, pero que mostraron su eficacia de consulta en los centros documentales y sindicatos, y sirvieron de base y reclamo para que pudiera ver la luz la edición corregida y aumentada, que triplicaba su contenido y limaba en notable medida sus datos fuera de lugar, que llevaba por título Enciclopedia histórica del anarquismo español, de 2008, de cuyos tres volúmenes se encargó la Asociación Isaac Puente. Cuando ya cantábamos el «hasta aquí hemos llegado», su autor se sumergió de nuevo en la noche y se jugó un par de dioptrías más frente a la pantalla, para sorprendernos diez años después con la presente Enciclopedia del anarquismo ibérico, ampliada a Portugal, el país vecino, con el que tantas conexiones han existido. ¿El futuro será digital? Pues… sabemos que la base de datos continúa activa.

Es esta secuencia titánica la que ensalza la obra presente por encima de los intentos (valiosos en lo que les afecta) realizados hasta ahora.

Formalización. Personajes

Los criterios de inclusión-exclusión de personajes en proyectos de este cariz no resultan fáciles de establecer o, más precisamente, de aplicar. En este caso, se ha procurado la exhaustividad cuando se trata de recoger la bibliografía (que no la vida) de determinadas personas cuyo contacto con el movimiento libertario ha sido temporal, por lo general como colaboradoras de su prensa, si bien a veces intenso; es así que puede sorprender este detallismo, por ejemplo, en Consuelo Bergés, Alfredo Calderón, Alfonso Camín, Germán Bleiberg, Carmen Conde, Pedro Corominas, Victoriano Crémer, Díaz Caneja, Dorado Montero, Germán Horacio, Fola Igúrbide, Ana María Martínez Sagi, Gonzalo de Reparaz, Eduardo Vicente, Pau Vila o Alejandro Sawa; lo cual debemos recibir como un plus, una sabrosa guarnición que nos ofrecen estas páginas. Excluyen, a su vez, a quienes desempeñan papeles de mera compañía, sin tener voluntariamente implicaciones en sindicatos, prensa, editoriales, etc. A pesar del enorme esfuerzo realizado en nombrar a la militancia anónima, percibido a cada paso, no se nos oculta el olvido en el que quedan muchas de las personas que han dedicado su vida a la Idea; no puede ser de otro modo en un movimiento por el que han pasado más de dos millones de personas, que basa su fuerza en la perseverancia de sus integrantes y en el que el anonimato ha sido una condición deseada por sus protagonistas en muchos casos.

            Una detenida mirada a las páginas de esta obra revela el esfuerzo realizado por incluir las diferentes visiones del anarquismo y anarcosindicalismo en España, independientemente de que el autor participe más de una u otra. Colectivismo, comunismo anárquico y anarquismo sin adjetivos, individualismo, tolstoísmo, las diversas escisiones, etc. se hallan igualmente representadas, lo cual hay que apreciar en lo que es. No quiere ello decir que no se viertan valoraciones ante actitudes o líneas en determinados casos –que sí las hay–, pero se hace de forma clara, sin ambigüedades ni ambages, sin propiciar la confusión.

            Reconocida esta expansión, sin embargo, la enciclopedia tiene un límite, algo que la constriñe: la geografía –del anarquismo ibérico–. Es el pago de lo humano a sus realizaciones, ceñirse al tiempo y al espacio, pero que en buena medida lo desborda. Pues estas páginas son conscientes de que se puede vivir en Soria o Nerva, aprender o enseñar en las escuelas de Tampa, leer o imprimir los periódicos de Rosario, perorar o escuchar en los mítines de Sydney, intervenir en los congresos de Londres, penar en las cárceles de Moscú, escribir en la buhardilla de París; son conscientes, decimos, y así lo muestran algunos de sus personajes errantes, tanto quienes se van como quienes llegan, de que todo forma parte de la misma historia, la de la emancipación, pues tienen una marca común: el internacionalismo.

Encontramos un personaje ubicuo en esta enciclopedia: la correspondencia. Ya sirvió en su momento para conocer los primeros pasos de la Sección Española (FRE) en los libros que nos legaron salidos del copiador de cartas (depositados en la Biblioteca Pública Arús). Lamentablemente han sido destruidas la mayor parte de los siguientes sesenta años, especialmente las personales, si exceptuamos las que publicó la prensa, las que se incorporaron a sumarios judiciales o las que se incautaron en los años treinta. Pero llegó el exilio –en el interior, la cautela aconsejaba pocos escritos; en el exterior, el teléfono resultaba caro para las grandes distancias– y la correspondencia adquirió, junto a periódicos y revistas, un estatus de primera fila, convirtiéndose en los vasos comunicantes –la interconexión– por los que circulaba el flujo de noticias de localidad a localidad, de país a país, de continente a continente. La carta recibida se apreciaba como el sol de la mañana, se leía y se reservaba para compartirla públicamente en día de reunión de las amistades; si era preciso, se enviaba a otro lugar para que fuera leída y retornar de nuevo [una muestra interesante de este material la constituye el volumen Vicisitudes de la lucha]. Claro que este sistema no estaba exento de malentendidos e informaciones parciales; la lentitud del correo, además, exponía a que los acontecimientos evolucionasen más deprisa que la recepción de las noticias.

            Parte de la correspondencia del exilio se utiliza aquí (convenientemente reflejada en la bibliografía de las entradas, a la que hay que sumar las entrevistas), en la que podemos ver las firmas de Felipe Alaiz, Juan Albizuri, Ginés Alonso, Luis Arrieta, Marcelino Benedicto, A. Bernabeu, Domingo Beluche, Luis Benedé, Ginés Camarasa, Cano Ruiz, Andrés Capdevila, Dionisio Carrascal, Francisco Cid, Jenaro de la Colina, Trinitario Colón, Paulino Díez, Dionysios, Antonio Ejarque, Javier Elbaile, Juan Ferrer, Armand Guerra, E. Gutiérrez, J. Gil, Ildefonso González, Dionisio Jiménez, Juanel, Alejandro Lamela, Ignacio Lázaro, Ada Martí, Nereida Martínez, Ángel Moreno, Vladimiro Muñoz, Mariano Ocaña, Daniel Orille, C. Parra, Manuel Pérez, Hermoso Plaja, Suceso Portales, Isaías Rebolleda, Agustín Roa, Francisco Royano, L. Ruipérez, Heliodoro Sánchez, Vicente Sierra, José Tato Lorenzo, Pedro Torralba, Juan Verde, José Viadiu, Fausto Villamor, Manuel Villar, Joaquín Zabaráin, etc. Verdadero arsenal de información que explica muchas actitudes y rumbos, e incluso da a conocer nombres ocultos y seudónimos de épocas anteriores, confiados a la familiaridad del corresponsal. Tal fue su trascendencia, que un conocedor de la misma, Fermín Escribano, la denomina la «Internacional epistolar».

Pero, además, es significativa su presencia porque a partir de los ochenta se produce un intercambio epistolar constante entre militantes de los últimos setenta años y el autor de estas páginas. Quienes las remiten sobrepasan los tres centenares, siendo en significativos casos una actividad continuada en años. Como puede apreciarse, en el presente siglo y en lo tocante a personas de generaciones más jóvenes, se ha trocado la carta con sello acuñado por el mensaje de correo electrónico (algo que, si bien agiliza la transmisión, nos privará en el futuro de documentos en los que apoyar nuestras afirmaciones o elaborar el porvenir, ya que suelen eliminarse). Unas cartas y correos que ya en sus primeras manifestaciones de hace ciento cuarenta años adoptaron el lema de bienvenida: «Salud».

También hay un temblor omnipresente en la enciclopedia: el que escapa de la cárcel. Desde los primeros procesos el presidio ha sido la solución expeditiva tomada por las autoridades hacia el anarquismo. Pocas localidades de alguna importancia se han librado de tener este lugar siniestro en el que se ha vejado la dignidad y minado la salud de numerosa militancia. El penal ha contado con carceleros/as sin entrañas y, algo peor, con mandos sádicos alimentados día y noche por la tortura. Es cierto que en épocas determinadas algunas cárceles reunían tal número de presos que conseguían un cierto régimen propio: con biblioteca, charlas e, incuso, conserje (hubo quien tuvo que dimitir por ofrecerse a trabajar para poner rejas); pero ello no resta lo que conllevaba: pérdida de empleo, situación familiar angustiosa… y, en numerosas ocasiones, percibir a la salida en el ambiente el tácito «algo habrán hecho». Las ergástulas han marcado muchas vidas.

Si hablamos de anarquismo, siempre hay quien esgrime el asunto de la violencia. Sigue dando réditos a los grandes medios de información de masas y a alguna que otra pluma; en ellos se perpetúa la figura del anarquista-destructor –versión demócrata del anarquista-diablo y del anarquista-correa de transmisión de la burguesía, se acude a actuaciones desafortunadas (Sandoval, incluso ya le quieren endosar Paracuellos), se eleva lo particular a lo universal. Y aquí, en la enciclopedia, no se elude el asunto, trata de desentrañarse. En general se rechaza la violencia ideológica –la cultura y la enseñanza es el camino– y se previene contra el peligro de la utilización de la fuerza por sí misma, ya que genera la necesidad de perpetuarla y atrae a quienes se alimentan de ella. Al detenerse en eventos concretos, por un lado aparecen los atentados indiscriminados en los que se nota la mano de las autoridades (Mano Negra, Cambios Nuevos, Caso Scala, etc.). Por otro, los motines en que se desbocan las masas (Jerez, levantamientos, asalto a panaderías, etc.), en los que se pretende derribar un sistema corrupto, hacer la revolución o apropiarse de derechos elementales eliminando la especulación. No faltan, por supuesto, los magnicidios, la ejecución de personas que simbolizan la explotación, la tortura y la muerte. Rematados, en cualquier caso, por una feroz represión desencadenante de nuevas actuaciones. Todo ello en condiciones tales de desigualdad o de opresión que hoy en día no tenemos capacidad de percibir, sin que dudemos de que la violencia más la ha padecido que ejercido.

Hay, en fin, en estas páginas otro personaje sin cuerpo: lo colectivo; ¿quién, si no, mantiene las largas luchas?, ¿quién logra el sustento en las épocas de hambre?, ¿quién puebla las asociaciones y sindicatos?, ¿quién auxilia en las cárceles?, ¿quién recoge, reparte y pega los pasquines?, ¿quién da cobijo a las escuelas y a sus enseñantes?, ¿quién produce pavor a las fuerzas vivas? Es el afán común que se muestra solidario y que, al tiempo, sufre los desgarros de las defecciones y las traiciones. Lo colectivo, sustentado en el deseo de superación personal, llevando al límite lo también presente en otros grupos sociales, constituyendo personalidades de firme criterio y seria autoestima. Es la marca de la casa del anarquismo español: la lucha colectiva, la cual hace permanecer sin mayor problema en el anonimato a gran parte de quienes componen el movimiento libertario. Tal vez ello explique que no se prodiguen en él originales pensamientos y, sin embargo, produzca sólidas realizaciones. Lo podríamos definir como el anarquismo silencioso.

Final

            El recorrido lineal que realizamos (en el Anexo, para que lo lea quien lo desee) por las distintas etapas del anarquismo en España reflejadas en la enciclopedia presenta la particularidad de que se puede acudir a él a voluntad. La no secuencialidad es una característica de toda enciclopedia o diccionario; es como un juego de cartas que podemos mezclar y levantar al azar, que permite las consultas a elección de quien lee, pero que está firmemente relacionado a través de las referencias del texto –los véase, véase además– y de las vidas cruzadas –compañera, hijo, enlace, maestro…–. Cada arroyo tiene sentido en base a la corriente que alimenta.

Lo vital rezuma por los cuatro costados, pues cada nombre de persona, de periódico o revista, de grupo… nos está llevando a lo levantado, a lo hablado, a lo destruido, a lo vivido. Se trata de alejar el acartonamiento. Sin la existencia de todo ello, las cosas no hubieran sido como fueron y la percepción de los valores no sería la que es. Es esta una conciencia que aparece clara en muchos de los personajes aquí biografiados y que se muestra en los documentos consultados.

Según decíamos al comienzo, la enciclopedia se mueve con un lenguaje ágil («hombre de acción y de pluma, inteligente, bondadoso y poco hablador», «le detuvieron, torturaron: arrancaron uñas...»), a lo que hay que añadir su certeza, sus muchas notas de familiaridad, obvias en logradas expresiones: «con dieciocho años vio el mar», «murió de viejo», «militante para todo», «sufre lo suyo a cuenta de un estómago endeble», «desempeñó cargos en CNT a la que amaba y por la que sacrificó su posición», «se integra en el movimiento anarquista, al que dio todo», «abrió un almacén de frutas, con coche y camioneta», «se hicieron casa en Francia», «su entierro, como ella quería, no contó con sotanas ni crucifijos»; que a veces producen escalofríos o encono: «quedó herido de cinco balas», «liberado, se dedicó a cuidar a su esposa enloquecida por su detención», «en largo exilio, entristecido por la muerte de dos hijos», «se lo llevó la silicosis», «fue asesinado por sicarios estalinistas», «le amenazaba, de cogerlo, con hacerse unas botas con su piel», «sus últimos años en la indigencia y en la soledad, recluido en un hospicio», «incapaz de escapar a causa de una herida, un compañero “piadosamente” le disparó en la nuca», «murió en la miseria a poco de salir de la cárcel»; dejando en otras una voz de firme protesta –ante tan destinado colofón–: «y para su ofensa, enterrado con cura», «fue ultrajado por su familia con un entierro católico».

A pesar de estos acercamientos a los personajes, es lógico que la obra no retrate la vida cotidiana de los mismos, aquello que hay quien llama intrahistoria. Es lo que nos dan la biografías y memorias de cada uno de ellos: datos familiares y de relaciones; por ejemplo, saber de Pedro Vallina cuándo se unió a su compañera, cuántas criaturas tuvieron, qué vida llevaban en los destierros, quiénes le acompañaron hasta la muerte en Loma Bonita… Quedan todos esos interrogantes que tal vez algún día puedan contestarse: ¿qué relaciones existían entre los miembros de los grupos?, ¿cómo condicionaban su vida?, ¿hasta dónde llegaban los planteamientos del amor libre en los largos encierros?, ¿por qué hasta mediados del siglo XX quienes se habían criado en ambientes libertarios continuaban este ideario y a partir de esa fecha no sucede así? Preguntas, insistimos, que quedan fuera del ámbito de una obra de estas características y que aquí dejamos apuntadas.

La enciclopedia ha bebido de los estudios dedicados al anarquismo y anarcosindicalismo ─Litvak, Junco, Madrid, Fernández, Nash, Gutiérrez, Aisa, Boscá, Paz, Sanz, Brito, Orejas, Tavera, Gabriel, Solà, Otal, Vega, Vicente, Termes…─ y de las biografías elaboradas sobre personas de su entorno ─Anselmo Lorenzo, Teresa Claramunt, Fermín Salvochea, Félix Martí Ibáñez, Hermoso Plaja, Carmen Paredes, Joan Peiró, Federica Montseny, Diego R. Barbosa, Sebastiana Vitales, Valeriano Orobón, Gaspar Sentiñón, Vicente Ballester, Sánchez Rosa, Ramón Acín, Felipe Alaiz, Isaac Puente, José de Tapia, Penina, etc.─, pero al tiempo deja abierta la puerta para completar lo que se conoce de otras ─González Morago, Soledad Gustavo, Domingo Germinal, Rosario Dulcet, Vicente García Palmiro, Ildefonso González, Antonia Maymón, José Sanjurjo, José Médico, Ana Villalobos, Aquilino Medina, Lola Ferrer, Benito Milla, Enrique Taboada, etc.─, de quienes restaría, además, elaborar unas reseñas bibliográficas. Nos satisfaría conocer las motivaciones de personajes que se muestran enigmáticos, tal Lorenzo Portet o José Elizalde, y desvelar el significado de algunos seudónimos, así Pommercy o Valjean, aunque, tal vez, lo más cuerdo en estos casos sea respetar su voluntaria neblina.

Además de esta apertura –y no es la única que tiene–, la enciclopedia también es una obra inacabada. Lo publicado termina con lo anónimo, y hemos sostenido que el anarquismo español tiene mucho de ello; en buena parte de forma voluntaria, en buena parte forzada. La excepcional organización archivística y policial del país impide una búsqueda minuciosa de información si no hay una programación adecuada. Pero no dudamos de que el futuro irá desvelando nuevas vidas y, sobre todo, datos concretos hoy todavía ocultos, máxime cuando de los archivos se pase a las hemerotecas y se rastree en periódicos no libertarios. Igualmente, el estudio de zonas geográficas no representadas suficientemente aquí, incluidas las de ultramar, así como de localidades aún sin atención sacará a la luz nombres de personas y publicaciones que desconocemos, deseable especialmente en todo lo referido al siglo XIX, poblado de personajes con apenas rostro, pero con una convicción que de haberse visto realizada hubiera abocado a un presente bien distinto del que conocemos.

Tenemos que mencionar el espacio de internet, un mundo virtual ante el que el anarquismo se debate en una contradicción: por un lado, propicia libertad casi total para desenvolverse en ella (de hecho fue potenciado en su nacimiento por lo contracultural y lo libertario); por otro, supone alejarse algo más de lo que ya se ha hecho de la armonía con la naturaleza y, además, se está convirtiendo en eficaz aliado de los fines comerciales. Aquí nos referimos a internet por varias razones. En primer lugar, porque buena parte de las obras que han servido de apoyo bibliográfico a este trabajo se hallan colgadas en este medio, y no son obras minutas (hablamos de tesis, estudios, bibliografías, artículos, memorias…); a lo que se añade la prensa digitalizada consultable de principios de siglo, y los catálogos de bibliotecas y centros que conservan libros y folletos libertarios. En segundo lugar, porque ha sido un medio rápido de transmisión de noticias y comunicación importante a la hora de aportar datos, corregir errores y realizar matices entre el autor y quienes han colaborado. En tercer lugar, porque en él se están intentando otros proyectos enciclopédicos, si bien todavía vacilantes, en progresión evidente.

Cuando los grupos anarquistas editan impresos, lo que pretenden es ofrecer textos esenciales del anarquismo a disposición de quienes leen. La historia nos muestra que es difícil mantener proyectos longevos. Pero con internet cambian las posibilidades. Un grupo cohesionado puede gestionar un sitio web sin demasiados impedimentos, en el que la distribución está resuelta y, además, utilizar tecnología que permite la participación de toda persona que lo desee. Así se ha constituido en el ámbito internacional el proyecto multilingüe Anarchopedia (que ha introducido el símbolo de la A en la estrella negra) con el objetivo de recoger personas y materias, con su consiguiente sección española (http://spa.anarchopedia.org), partiendo de los cuatro postulados de Faure: agrupar los conocimientos; presentarlos metódicamente; exponerlos de manera clara; traducirlos. Por ahora se halla más desarrollada la parte conceptual que la biográfica. Durante unos años ha contado con un aliado, Proyecto Acracia, ocupado en trasvasar los artículos que aparecen en distintos wikis; en él encontramos algunas biografías. Similar panorama en España presenta el sitio de Ateneo Virtual (hospedado en www.alasbarricadas.org), creado en 2002, que indiza su material en categorías, potencia la participación y trabaja con documentación de copyleft. Es de reseñar que estos sitios sufren ataques que los inutilizan, lo cual les lleva a reabrir con medidas de seguridad nuevas. La facilidad de montaje a la que aludimos ha hecho proliferar los sitios anarquistas en internet ─herederos en notable medida de la antigua tipografía─, con distinta fortuna pero con páginas a tener en cuenta (increvables anarquistes, ephemerides anarchistes o efemérides de la mallorquina Estel Negre), que ya necesitan de directorios para moverse en sus aguas, pues son numerosas las creaciones locales, sobre todo con bitácoras. Todos ellos son deudores de la Enciclopedia que comentamos.

Algunas de las personas aquí biografiadas están pasando a la cotidianidad, a formar parte de las sociedades en las que nacieron o se desenvolvieron. El modo más corriente de homenaje es dedicarles una calle; ya lo hizo Granollers con Joaquín Penina en 1931, lo cual continúa ahora Grazalema con Sánchez Rosa, Barcelona con Peiró o Montseny, Moaña con Piñero Otero, Sabadell con Ricetti, Cheste con Ángel Tarín, Torrelavega con Barret, Ponferrada con Pestaña, etc. (No tomamos en cuenta la eclosión que se dio durante el período 1936-1939, alguna de cuyas calles no se renombró durante el franquismo, como la de Anselmo Lorenzo en Madrid o la de Teresa Claramunt junto al puerto de Barcelona.) Pero se cae también en una ironía: deseosas las urbes de contar con celebridades locales, si lo creen conveniente rescatan a aquellas personas que en su tiempo anatematizaron; tomado así, no es extraño que se les descontextualice para poder incluirlas sin sobresaltos –inmersas en la nebulosa de un tiempo incierto, sin circunstancias, privadas de pensamiento– en el pasado común de la localidad. Va siendo corriente, por otro lado, poner sus nombres a centros sociales y ateneos libertarios; así, Gregorio Baticón en Valladolid, Francisco Sabat en Tarrasa o Emilio Tesoro en Venezuela. Mención especial merece la atención popular de que es objeto Salvochea en Cádiz. En todo caso, para un ojo despierto, aparecen símbolos de este mundo diluidos en el entorno, caso de la firma de Joaquín Lucarini en las estatuas del puente de San Pablo en la cuartelera y clerical Burgos o la de Acín en Las pajaritas, de Huesca. Y si se es más perspicaz, se descubre que el conjunto escultórico Las Marías en Santiago de Compostela representa a las hermanas Fandiño.

Es esta una obra de ideología que niega el Poder, que se levanta contra la autoridad (terrena o celestial), contra el militarismo (ha tenido el gesto de poner ejército siempre en minúscula); por ello es una obra abierta, es una obra que no establece un único pasado, pues, como diría Nietzsche, el pasado entendido como algo cerrado ya no puede cambiarse, es un sometimiento al dominio y a la autoridad. No estamos ante una historia con inicio, desenlace y fin, que obedece a una causalidad fija que da sentido a la acción. Estamos más bien ante una exposición cuya identidad reside en la relación del todo con las partes y de las partes entre sí. Y en cualquiera de ellas se halla una encrucijada: aparecen varios caminos (con frecuencia interconectados o imbricados). Precisamente la narrativa que nace paralela al anarquismo a partir de fines del XIX (Joyce, Duras, Grillet, Cortázar…) tendrá este carácter múltiple. Pero además niega el Poder porque quienes integran las entradas de esta enciclopedia han comprendido la afirmación del corredor de fondo de Sillitoe: «Quizá lo que ocurre es que en cuanto uno tiene poder sobre otros queda muerto».

Decir, al fin, que no es la enciclopedia presente una reivindicación de justicia ni un ejercicio de memoria histórica prefabricada al uso actual con cobertura legal incluida. Es esta una exposición, un decir «aquí estamos». Un banquete al que se acude sin que esté presente el invitado principal, al que se alude y rememora constantemente, pero que se encuentra en las calles, en las imprentas, en las casas, en las cárceles, en los trabajos, en las escuelas. Si ha de buscarse en estas páginas un hilo conductor, un continuum que dote de integridad, unidad y coherencia a sus personajes y realizaciones, ese es el de la búsqueda de libertad; la lucha es lo que le da certidumbre, haciendo bueno el viejo proverbio libertario «prefiero morir de pie a vivir de rodillas».

Anexo

La historia que se desarrolla en la Enciclopedia

            La historia aquí narrada comienza en noviembre de 1868. Pasada la mitad del siglo diecinueve, la miseria se extiende a buena parte de la población de España. El campo está sumido en su inveterado retraso tecnológico y vive pendiente del caprichoso vaivén del clima. La ciudad, especialmente si es industriosa, va recibiendo población, en franco crecimiento demográfico, que se arremolina en los arrabales. La burguesía naciente decide mezclarse con la rancia aristocracia para adquirir abolengo y, así, ambas pueden repartirse el producto de las desamortizaciones, esquilmando un poco más los bienes comunales allá donde los había. La Iglesia mira hacia otro lado y se desentiende (hasta fin de siglo en que desarrolla su paternalismo) del obrerismo naciente; se limita a conservar sus privilegios, su patrimonio y algo todavía más preciado: las aulas y el púlpito. Escasa es la infraestructura oficial de enseñanza. Y por si fuera poco, un ejército sujeto a quintas –la contribución de sangre–, que recibe reveses fuera, pero que está presto a reprimir con fuerza dentro; en 1844 se forma la Guardia Civil. Horarios de sol a sol, trabajo infantil, sumisión de la mujer. Nacer pobre es casi quedar condenado a la brutalidad. En definitiva (y aquí los extremos no se tocan): opulencia y pobreza, hartura y hambre, refinamiento y dejadez; injusticia basada en la propiedad.

Pero el siglo diecinueve –el tiempo en el que aparece el anarquismo en España– es también una época de inquietud, que se está quedando sin los dioses tradicionales, una época de cambio en la que fenece el Antiguo Régimen (desvinculación de la tierra, abolición de la jurisdicción propia, libertad de contratación, industria, comercio, etc.). Hijo del Siglo de las Luces, abierto a las posibilidades de la ciencia, creyente en el hombre, impulsor de las técnicas, formulador de ideologías. Cuenta con dos poderosas bazas para extender su ideario y defender sus derechos individuales y sociales: la imprenta y la asociación. La fabricación de papel continuo y la prensa mecánica multiplican la eficacia de la primera. Las formulaciones de utopistas, la rebeldía ante la injusticia, la necesidad de un frente común ante la voracidad del capital y su insensible capacidad represora llevan a la segunda, que ya en 1864 toma cariz internacionalista, desarrollándose en el proletariado urbano y después en el campesinado. Se conforma, así, en buena parte de la población la lucha contra la propiedad, dando nacimiento a una expresión que subyace en las entradas que aquí vemos hasta 1939: la cuestión social.

En los estertores del franquismo se planteó un debate, hoy falto de interés: cuál era la razón por la que en España había arraigado el anarquismo cuando en otros países de Europa, en especial a partir de 1871 con el aplastamiento de la Comuna, declinaba. Las explicaciones dadas –primitivismo, campesinado, etc.– no satisfacían en absoluto. Pero ¿es que hay que buscar una explicación a que los hombres y mujeres de una sociedad se rebelen contra su injusticia?, ¿no es suficiente el potencial manumisor que encierra el ideal anarquista para explicar su implantación?, ¿qué podía hacerse ante la intrínseca corrupción e ineficacia de la política y las instituciones?, ¿no fue acaso el guante que se acoplaba a la mano solidaria de la población? Así pareció suceder y lo hicieron con tres herramientas: la asociación, la propaganda y, en la medida de lo posible, la enseñanza, dando paso a una cultura genuina. Porque, como dejó escrito uno de sus propagandistas, «el pueblo sentía lo que nosotros le decíamos».

Con ello despega la historia narrada en esta enciclopedia, cuando llega Fanelli a España  en noviembre de 1868 y se encuentra con unas mentes receptivas y unas voluntades firmes (le escuchaban con atención sin comprender lo que decía, pues les hablaba en francés y apenas si entendían alguna palabra). En cuatro años su mensaje y métodos se hicieron predominantes; puede decirse que en Córdoba (fines de 1872-inicio de 1873) se celebra el primer congreso anarquista nacional. De aquella época hasta fin de siglo, tenemos exhaustivas entradas en la enciclopedia: González Morago, Farga, Lorenzo, Salvochea, La Emancipación, El Condenado, Revista Social, El Corsario, Acracia, la Mano Negra y un largo etcétera. Pero también nos encontramos ya con la fragmentación: apenas un testimonio de asistencia a un congreso o la firma en un periódico ocultan una vida.

El movimiento obrero se organiza en los centros industriales y en los núcleos rurales, campos ambos donde se entrecruza con frecuencia. Se habla con nuevos términos: ‘huelga’ que sustituye a ‘paro’, ‘burguesía’ y ‘burgués’ que sustituye a ‘dueño’ o ‘amo’, ‘posibilismo’ para las corrientes obreras moderadas, ‘adormideras’ para las políticas, ‘anarquista’ y aun ‘esquirol’; y expresiones: ‘socialismo autoritario’, ‘huelga científica’; todos ellos repetidamente escritos en estas páginas. Las ideas anarquistas aprovechan el asociacionismo existente, imprimiéndole su particular concepto libertario, y desde ahí se expanden hacia ambientes que permanecen aún sin haber escuchado el verbo candente. Por entonces, el obrerismo español suele apoyar el republicanismo federal, el cooperativismo de producción y consumo, además de creer en el poder emancipador de la instrucción. Pero el fracaso del federalismo en 1868-1870, junto al incumplimiento de sus promesas (quintas…) y la actuación parcialista de las autoridades en cuestiones laborales, desembocó en el escepticismo hacia la política, abriendo camino al ideario anarquista (tierra, instrumentos y capital pertenecen a la sociedad, abolición del Estado, igualdad económica, federación, ateísmo, supresión de la herencia). Algo que se reforzó con el aplastamiento de la Comuna en 1871, que llegó a asimilar republicanismo con burguesía.

 Para darse a conocer utilizan la propaganda, la cual deviene en un efectivo instrumento de convicción. Es proverbial la figura del/a propagandista que se acerca a los tajos y habla al personal, especialmente a jóvenes; que recorre a pie las campiñas con su mochila llena de textos, los cuales leerá a la luz de la vela después de la magra cena; que en el anochecer, una vez terminada su jornada, camina varios kilómetros para impartir una charla en alguna localidad vecina; que utiliza el carromato de su oficio para trasladarse continuamente y reforzar los contactos; que sale a los escenarios a representar los cuadros sociales y recitar los monólogos; o se encarama en las tarimas para vocear los últimos atropellos. Son acciones que provienen de una profunda convicción en quien las realiza.

Se muestra la eficacia de periódicos y folletos en tierras peninsulares e insulares. Mucha de su militancia lo ha sido después de leer Memorias de un revolucionario, La conquista del pan, Revista Social o La Anarquía. Con lenguaje sencillo se explica que la organización social existente no es eterna, que se ha ido conformando en la historia, quedando la mayoría despojada de las riquezas y una minoría privilegiada (la que detenta los campos y las fábricas) gozando de su usufructo, sustentada esta por las fuerzas represoras (ejército y guardia civil), la iglesia y la política. Se transcendían con ello los planteamientos republicanos, similares o neutros, que cifraban la lucha obrera primando las mejoras económicas o las cotas de poder político. Para el anarquismo pasaba por el borrón y cuenta nueva. La autonomía, la capacidad de decisión la extendían a todos los campos.

A caballo entre labor propagandística y actividad cultural está el teatro. Podemos decir que fue un elemento de primer orden en el actuar libertario durante cincuenta años. El destacado papel del grupo Avenir (y las precursoras puestas en escena que realizó de Ibsen y Mirbeau en España) ha centrado la atención sobre el mismo y eclipsado el importante papel propagador realizado por grupos teatrales libertarios que recorrían pueblos y barrios los domingos por la tarde desde fines del XIX con obras de lo más diverso. Varias localidades iniciaron su organización sindical a raíz de estas visitas, según se comprueba en Galicia o Aragón. Igualmente, las veladas y sesiones servían para recaudar fondos pro presos, para entablar discusiones o, sencillamente, para cohesionar el grupo en lugares en los que el ambiente de la calle era refractario a las nuevas ideas. No resulta fácil rastrear su rumbo, pero nos han quedado suficientes ejemplos de obras publicadas y noticias de otras muchas que se representaron, escritas por militantes, en actos convocados al efecto. Del mismo modo, se tiene el testimonio de frecuentes sesiones teatrales montadas en las escuelas racionalistas, bastantes de cuyos maestros se aficionaban a la pluma (Barthe, Llaudaró, Carreras, Torres Tribó, Sánchez Rosa, etc.). Y también de la aficción a las tablas de curtidos militantes (Mut, Silvestre, etc.). No debe extrañar lo dicho, pues era esta una costumbre general en occidente para la época, utilizada también por la Iglesia, cuando el cine aún no estaba extendido, que el movimiento anarquista hizo suya en los dos continentes (piénsese en el abultado catálogo de obras de teatro ofrecido por Bautista Fueyo en Buenos Aires).

Ocurre así ya en estos primeros años algo significativo: aumenta el número de esa parte de población condenada a la brutalidad que decide salir de ella y se identifica con el anarquismo. Nace la Idea: no hay predeterminación, la sociedad puede cambiarse, todo el mundo tiene derecho al banquete de la vida, hay que romper las cadenas, luchar por ello es luchar por la dignidad de ser persona. «En economía, colectivistas; en religión, ateístas; en política, anarquistas». Se desprende de ello una convicción: no puede haber cambio social sin educación personal. Es necesaria la enseñanza, son precisas las escuelas (como ya se sentía desde hacía años en los ambientes progresistas). Y en ello va a poner su empeño el anarquismo español, especialmente hasta 1939 (año no solo de la derrota, sino del tiempo en que el Estado se va a hacer cargo de la enseñanza generalizada), impulsando primero las escuelas laicas y después las racionalistas. ¿Cómo, si no, puede explicarse que de los siete condenados a muerte en el proceso de la Mano Negra –y estamos en 1883– cinco de ellos sepan leer? Incluso, uno ejercía de maestro. Algo que no fue nada fácil, por supuesto, y de lo que nos han quedado noticias fragmentarias. Pero se ha de desterrar, sin más, la idea del/a obrero/a decimonónico/a ignorante (al que podía acercarse la política republicana a representar). El movimiento libertario no solo asociaba, también enseñaba.

            El siglo XIX aportaba corrientes que vinieron a enriquecer el caudal libertario. Darwin establece la teoría de la evolución. Feuerbach califica la religión como el opio del pueblo. Nietzsche certifica la superación de la moral. Freud habla de impulsos vitales que escapan a la conciencia. Se pone en candelero la situación de sumisión de la mujer. Se habla de las condiciones insalubres de los lugares de trabajo y de las viviendas. Y, ya al final de siglo, se abre paso el naturismo (la vida en conjunción con el ambiente) y el vegetarianismo (la repercusión de la alimentación en la calidad de vida). Son todas ellas visiones que el anarquismo incorpora, y en muchos casos abandera, consciente de su firme convicción: no puede haber cambio social sin transformación personal. El anarquismo basado en dos términos: naturaleza y armonía (la ciencia es el camino hacia el orden natural). Muchas localidades han tenido acceso por primera vez a la teoría de la evolución gracias a la divulgación anarquista en charlas y revistas.

El edificio antiguo se resquebraja y con él corren peligro de derrumbarse sus pilares básicos. La minoría privilegiada organiza la defensa de sus pertenencias. Moviliza la política, que ilegaliza las organizaciones obreras. Moviliza las fuerzas vivas, que subyugan a las gentes con migajas de subsistencia. Moviliza las fuerzas represoras, que persiguen a los/as propagandistas y los/as encarcelan. Si ello no da resultado, contratan a sicarios que los eliminen, realizan montajes en los que se sirven de chivatos que perjuren e infiltran a agentes desestabilizadores. Los presidios se pueblan intermitentemente de anarquistas (o anarcosindicalistas) cada vez que se produce una huelga o disturbio, o simplemente se anuncia. En buena parte de las biografías de la enciclopedia, el paso por el penal es una acción corriente; al tiempo que la vida de periódicos, escuelas, editoriales… y organizaciones pende en buena medida de la represión.

Caso especial es el papel que juega en ello la religión. ¿Qué partido toma Dios? ¿Para qué sirven sus ministros? En el siglo XIX la Iglesia española, aliada del Poder, tiene en sus manos la educación de la juventud privilegiada y ejerce continua influencia en las costumbres y conciencias de las capas populares, especialmente en las comunidades asentadas, manteniendo el estado de las cosas. Pero las corrientes progresistas se están mostrando anticlericales desde finales del XVIII, creando modos de crítica como la sátira (clero panzudo y burro), que cosecha muy buena difusión (en 1820, por ejemplo, se llegan a distribuir unos 60.000 ejemplares de Lamentos políticos de un Pobrecito Holgazán, de Sebastián Miñano y Bedoya) y hacen de la Iglesia objetivo favorito de las algaradas. Se le recrimina en tres frentes: favorece el oscurantismo, impidiendo el desarrollo de la ciencia, de la tecnología y, en consecuencia, de la sociedad; traiciona el espíritu evangélico al acumular riquezas; predica la sumisión y obediencia ciega ante el destino de cada cual.

Desde un principio el anarquismo se declara oficialmente ateo (si bien no irrumpe en las conciencias), explica el relativismo de las religiones (Las ruinas de Palmira) y ofrece fórmulas que la sustituyen –la justicia, el reparto, la solidaridad, el cielo en la tierra–. Pero las jerarquías eclesiásticas no están dispuestas a ceder su estatus ni los poderes públicos quieren perder un aliado tan eficaz, de ahí que en adelante se va a plantear una lucha frontal que se extiende desde los detalles más nimios y cotidianos de cada vida (nacimiento, casamiento, muerte) hasta temas de gran calado (enseñanza, discursos, propiedades). En todo caso, la Iglesia no es un contrincante fácil. Intensifica su propaganda escrita (periódicos, volatinas, mariposas) y actos (funciones de teatro dominical) con el fin de presentar al anarquista como la reencarnación del diablo. Sus esfuerzos van dirigidos a que la comunidad rechace a quienes no acatan las costumbres católicas: a quienes se niegan a asistir a sus oficios, a bautizar a sus criaturas o a enterrar bajo la cruz a sus muertos. Ahogan socialmente a sus víctimas y, en muchos casos, las hacen emigrar; por ello, donde su influencia es casi nula es en las barriadas que se van formando alrededor de las grandes ciudades pobladas de gente obrera, parte de ella víctima de la vesania del Poder, parte receptiva ante la propaganda anticlerical. Quienes predican comprensión, condenan. (De ahí que la presente enciclopedia clame contra las familias que no respetan la voluntad de quien muere en la Idea y le entierran por el rito católico). Además, los intentos de sindicalismo católico tendrán poco éxito.

Pero al anarquismo español se le presenta otro frente de batalla en su misma acera: el socialismo autoritario (sin olvidar los continuos rifirrafes con el sector republicano, con el que se tienen notables puntos de encuentro). La actitud de La Emancipación a fines de julio de 1872 de hacer públicos los nombres de significados anarquistas bajo la acusación de ser traidores a la Internacional, es una señal premonitoria de los que sucederá en el siglo XX con el marxismo, especialmente con el partido comunista, cuya actuación más desdichada se dará en el arrasamiento de las colectividades de Aragón y en la supresión física de anarquistas, extendida al maquis.

Mira también esta enciclopedia al otro lado del Atlántico, fundamentalmente a la América del Sur –el internacionalismo vernáculo–, pues, coincidiendo con los flujos migratorios de fin de siglo, mucha gente anarquista se estableció en Argentina, Uruguay, Cuba, etc. (Antonio Soto, Juana Rouco, Pedro Esteve, Rosell, Tato…), llevando allí la idea manumisora al alimón con las gentes llegadas de otros lugares (Italia, Alemania…), la cual pronto se convirtió en fuerte movimiento autóctono. Había ocasiones en que las estancias eran cortas, debidas a persecuciones ideológicas momentáneas (Prat, Saavedra, Pallás…) o a avatares profesionales (Ledo…). El fenómeno se invertirá en los años treinta del siglo siguiente, cuando las dictaduras obliguen a repatriarse a quienes les incomodan (Villar, Porta, Santillán, etc.), con excepción de quienes el Poder se cobra la vida (Penina, etc.). Y tendrá su compensación en 1936-1939 cuando la militancia americana acuda en ayuda de la revolución anarquista española (Cimazo, Piacenza, Trufó Rúa, Prince, etc.). Será en la década del cuarenta cuando América de nuevo tiene que recibir al exilio hispano en una larga estancia, para devolver en los setenta y ochenta a quienes sobrevivieron a la misma (Dionysios, Plaja, etc.) y quisieron morir en España.

Tratándose del siglo XIX, no podían soslayarse –y por tanto se refleja en biografías y publicaciones aquí recogidas– los conflictos internos del anarquismo español: la pugna entre quienes prefieren la clandestinidad o la legalidad, entre colectivismo y comunismo antiautoritario, entre anarquismo y sindicalismo, entre el uso de los resquicios legales o el de la violencia en las épocas difíciles. En bastantes ocasiones llegan a agrias disputas y a escisiones (Los Desheredados) que intermitentemente se irán reproduciendo hasta nuestros días, y en menor medida a situaciones difíciles de explicar, pues incluyen la agresión física, al nacer de posturas que rozan el fanatismo. (No hablamos aquí de las actuaciones tajantes ante chivatos o infiltrados, que se explican por sí mismas, las cuales en el siglo siguiente tienen los exponentes de sobra conocidos de Villena y de Melis.)

No obstante las figuras relevantes, las publicaciones periódicas, los hechos significativos, además de los congresos y la relación de asistentes de quienes tenemos noticia, el siglo XIX permanece como una tierra desconocida en muchos aspectos: quiénes eran las gentes que sustentaban las asociaciones y los grupos, qué vida llevaban, cómo llegó el anarquismo a las zonas de Castilla, Extremadura, Galicia…, qué debatían cada día, cómo tomaban decisiones, qué redes de solidaridad tenían establecidas para los casos de necesidad, qué implicaciones tenían las relaciones personales en la configuración de los grupos, qué papel jugaba el hogar –las mujeres– en una organización fundamentalmente de hombres, etc. Fuera como fuese, no cabe duda de que la determinación que proporcionó el anarquismo a la rebeldía de gente que apenas contaba con oportunidades se mostró decisiva, y les hizo traspasar alguna frontera que les mantuvo en pie, con dignidad, buscando y creando una sociedad nueva.

Porque esa fue la herencia que dejaron al siglo XX: una forma de vida propia, separada de la política, del militarismo y de la religión. Que iba adquiriendo hasta sus nombres (costumbre también republicana): Proletaria Libre, Floreal, Germinal, Acracia, Libertad, Progreso, Amor, Palmira, Luz, Camelia, Liberto, Paz Universal, etc. Que se reunía en su día libre (el domingo por la tarde) para charlar, discutir y representar obras de teatro, escritas a veces para estas ocasiones (en un tiempo en que no había radio ni televisión). Que se unía libremente, proclamando el amor libre y participando de ello en las reuniones aludidas. Que erradicaba las costumbres burguesas –alcohol y tabaco– como azotes de los hogares proletarios. Que contaba con su prensa, puesta al día en el modo de confección (la primera fotografía aparecida en un periódico obrero lo fue en La Idea Libre de Madrid en 1896). Que sentía la hermandad hacia personas que nunca había visto y que ni siquiera hablaban su idioma, desechando fronteras y banderas: internacionalismo. Que intentaba mantener sus escuelas. Que incorporaba la educación sexual y extendía la información sobre anticonceptivos, tratando de impedir una onerosa prole. Que entendía el trabajo manual (productor de bienes, no en el sentido burgués de instrumento de enriquecimiento) como una actividad que dignificaba la persona tanto como la intelectual. Que consideraba al salario como una forma de servidumbre. Que tenía una forma peculiar de organizarse negando la autoridad. Que atesoraba, en fin, una gran capacidad de resurgimiento.

El siglo XX es testigo del anarquismo-ave fénix. Es más conocida su actividad que en el siglo anterior y así se refleja en la enciclopedia. En las primeras cuatro décadas se ponen en marcha múltiples experiencias de enseñanza, por las que pasan maestros y maestras dejando huella perenne en buena parte de la militancia posterior; incluso las condiciones de los centros y de los contenidos pretenden ser innovadoras (métodos racionales, supresión de religión, clases mixtas, aulas amplias y luminosas, higiene de las criaturas, salidas a la naturaleza los jueves por la tarde, imprenta en la escuela, Montessori, Pestalozzi, Freinet…), no siempre posibles, sometidos como estaban a la precariedad del paro y la cárcel, y a veces a escasa preparación teórica. Suele destacarse la figura de Ferrer i Guardia y la realización de la Escuela Moderna, y ciertamente hay que valorar su significado, pero no se entendería la irradiación del anarquismo en la sociedad española sin tener en cuenta la pléyade de escuelas, maestros y maestras habida.

También nacen organizaciones que aun hoy en día están en activo: por orden de aparición, la Confederación Nacional del Trabajo (1910), la Federación Anarquista Ibérica (1927), las Juventudes Libertarias y Federación Ibérica de Juventudes Libertarias (1932-1937), Mujeres Libres (1936). El anarcosindicalismo se presenta como una pieza clave en la extensión y mantenimiento del movimiento, amparado en una organización moderna (el sindicato único de ramo frente a la diversificación de las sociedades de oficio) y en la exitosa resolución de muchos conflictos laborales. Su aportación mantiene prensa y escuelas. El carácter obrero manual está presente en todas sus manifestaciones. La organización específica –FAI– supone la concreción de corrientes de antiguo: mantener el espíritu de la Idea, corregir los «desviacionismos» (que en ocasiones resulta patente de corso para copar puestos clave). La organización juvenil suponía la emancipación lógica de la generación emergente del manto de la específica. Mujeres Libres, si miramos alrededor, era una tardía respuesta a los problemas del momento, algo que no extraña si miramos hacia dentro, pues la situación de la mujer ya cuenta con sociedades y prensa libertaria desde el siglo XIX y, además, el ambiente interno del movimiento no parece tan refractario a lo femenino como en la mayoría de entornos.

El siglo XX no descuida la propaganda. Sumado a las aportaciones individuales heredadas de los años anteriores, organiza giras de propaganda impulsadas por grupos y sindicatos, que llegan a los cuatro puntos cardinales peninsulares y, en lo posible, a las localidades insulares. Claramunt, Saavedra, Sánchez Rosa, Villaverde, Ojeda, Viadiu, Orobón, Dulcet… es requerida con frecuencia su presencia en un tiempo en que el solo hecho de programar un acto ya era una prueba de fuerza con los poderes locales. Como en el XIX, cualquier excusa es buena para acabar en la ergástula; la arbitrariedad está permitida y el simple hecho de que coincida el mitin con el anuncio de una huelga es suficiente para encarcelar a quien va de gira (Mariano Castellote, por ejemplo, estuvo diecisiete veces en prisión y solo una vez procesado).

La propaganda en los primeros cuarenta años del XX se sustenta en los numerosísimos grupos que editan sus folletos y periódicos (Cultura Obrera, Luz y Vida, El Sol, El Cráter Social, El Sembrador, etc.) desde La Coruña a Tenerife o Mahón, pero, sobre todo, en la existencia de publicaciones (especialmente Solidaridad Obrera) y editoriales longevas. Estas presentan una particularidad con respecto a las anteriores y es que incorporan el libro como elemento corriente, algo que no estaba al alcance de los grupos, más momentáneos y cambiantes (salvo algunas excepciones como Salud y Fuerza, 1904-1914, con Luis Bulffi, o Plus Ultra, 1933-1939, con Mauro Bajatierra), y por ello centrados en textos cortos y boletines. Biblioteca del Obrero (1910-1936) con Sánchez Rosa y María Villalobos; Tierra y Libertad (1912-1922) con Tomás Herreros y su compañera María, (1930-1939) con el grupo del mismo nombre; Generación Consciente (1922)-Estudios (1928-1939) con Joaquín Juan Pastor y al final con Noja Ruiz; La Revista Blanca (1925-1939) con F. Urales y Soledad Gustavo más F. Montseny; Vértice (1925-1939) con Hermoso Plaja y Carmen Paredes, alimentan hasta 1939 las mentes y las bibliotecas anarquistas sacando a la luz millones de ejemplares de gran variedad temática. Y lo hacen amparándose en una red de distribución interna libertaria basada en paqueteros, corresponsales, grupos, sindicatos y periódicos; algo que permanece oculto a quienes estudian estos hechos desde la documentación al uso (ferias del libro, editoriales de avanzada, etc.).

La época 1936-1939 está suficientemente representada en la enciclopedia; por una parte, porque se produjo una revolución que suponía la culminación de los anhelos de los más de sesenta años anteriores, dando paso a columnas, colectividades, periódicos, etc.; por otra, porque marcaron profundamente muchas vidas e, incluso, su presencia en ella es el único dato que disponemos en numerosos casos –la fragmentación a la que aludíamos más arriba–. La valoración que hace la enciclopedia de estos años no siempre es positiva, pues deja constancia de la deriva a la que llevaron al movimiento libertario buena parte de la militancia representativa que había accedido a cargos durante la contienda. En todo caso, muestra la disposición que había, las realizaciones que se consiguieron y la extensión que tenía el ideal libertario en las capas populares. Se recogen en estas páginas, también, las producciones cinematográficas.

Los años coincidentes con la dictadura franquista van a repartir la mirada de la enciclopedia: por un lado, al exilio; por otro, al interior. El exilio comienza con unas duras condiciones para la mayoría: los campos de concentración en zonas que van a ser escenario de la segunda guerra mundial (Francia y Norte de África), lo que supondrá la muerte para bastantes; quienes consiguen pasaje hacia América (algo más de mil libertarios/as) se asentarán en su mayor parte en México. A la militancia perseguida le acompañará quienes van impelidas por el «trabajo de amar» (fundamentalmente mujeres con sus criaturas). Los años transcurrirán lentos, viva la esperanza en el retorno, alejadas las almácigas, vapuleados por escisiones de ida y vuelta, sacando a la luz los testigos de todo lo que son capaces de hacer ─Cenit, Suplementos Literarios, Solidaridad Obrera, Tierra y Libertad, La Escuela Moderna, etc.─. Años en que buena parte de la militancia mostró una firmeza envidiable, sabedora de su anonimato, viendo cómo los retoños (a quienes habían proporcionado la cultura que creían era el secreto del cambio) no recogían su testigo; tal vez habían sufrido demasiadas amarguras. Por ello, estas páginas tienen un especial valor, extensible al resto de épocas aquí biografiadas.

La situación en el interior de España en los primeros años continúa con su sangría de vidas, buena parte de ellas por las penosas condiciones de cárceles y campos de concentración, y otra parte por los enfrentamientos armados con la guardia civil. Es aquí donde también la enciclopedia tiene voz reivindicativa, puesto que remarca (lo había sido ya por Téllez, entre otros) el valor de la guerrilla libertaria, siempre en la historiografía a la sombra de la comunista, cuando en realidad fue más numerosa y a veces abatida por esta al no acatar las órdenes estalinistas. También estuvieron en primer plano las escisiones y la sensación de que no llegaba el relevo generacional.

Los años a partir de La Transición son, por pura lógica, los menos representados en lo que a biografías se refiere (no así en cuanto a publicaciones periódicas y comicios, bastante completas en ambos casos). Como contrapeso, en ellas apenas existe la noticia única, ya que la cercanía temporal permite conocer en sus líneas maestras las vidas e, incluso, establecer contacto con las personas interesadas. Ha sido una época convulsa, con unos años de eclosión a la salida de la dictadura en los que confluyó en las organizaciones libertarias una amalgama de tendencias que terminaron por dispersarse a partir de los ochenta, quedando en pie el esqueleto de las mismas. Todo ello bajo las insidias del Poder (y el aplauso y connivencia del resto de organizaciones sindicales), el cual se negaba a reconocer la misma representatividad a la organización obrera anarcosindicalista que al resto de centrales a la hora de las negociaciones, y se cebaba en una militancia bisoña e impetuosa (caso Scala, atracos a gasolineras…), la misma que mostraba inexperiencia en las negociaciones de los conflictos, demasiado presionada ideológicamente para acordar mejoras concretas; una combinación fatal en una época en la que no solamente puede vivirse de huelgas. Y, por supuesto, con las escisiones.

 Por otro lado, surgían con fuerza movimientos que adquirían entidad propia (ecologismo, feminismo, etc.), cuando antes convivían subsumidos dentro de las organizaciones anarquistas. La democracia no dio opción: la sociedad neoliberal consumista permite e incita a subirse al carro del bienestar (aunque sin pleno derecho al banquete de la vida), desde el que vivir con cierto desahogo (ya no es necesario emplear la totalidad del sueldo en comida y habitación), pero exige comprometerle el tiempo de la existencia. Se había perdido la batalla planteada cien años antes: no se percibe lo que se produce, sino una cantidad de dinero que nos relega a la servidumbre. Proceso aprovechado para pasar del anarquismo a los despachos o al puesto fijo. Razones había demasiadas y más ante un ambiente interno que no se serenaba.

Por si no fuera suficiente, al contrario de lo que sucedió hacía un siglo, ahora no podía vivirse en un ambiente autóctono: la enseñanza se había convertido en estatal, los periódicos propios fracasaban, la televisión estaba introducida en los hogares, la religión pasó al plano de lo personal, las salas de espectáculos eran comerciales, volvieron los trajes de novia, se impuso el deporte los domingos por la tarde.

Ignacio C. Soriano Jiménez

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